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Omar Torrijos: Patriota y
Pensador Panameño
Manuel Moncada Fonseca
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I. Introducción
La caída de una serie de dictaduras militares latinoamericanas a fines de
los cincuenta, pero sobre todo la de Batista en Cuba en 1959, mostró de
forma irrefutable que el “gorilismo” no representaba una garantía para los
intereses yanquis en la región. De esta suerte, se inició el deslinde
respecto a los gobiernos de este tipo y comenzó a fijarse una línea
favorable a los gobiernos representativos de corte reformista. En este
marco, se engendró la Alianza para el Progreso, en la que, al menos de
palabra, se reconoció la necesidad de cambios dentro del marco burgués
existente. Ante los militares se presentó el dilema de seguir plegados a
la defensa de los intereses oligárquicos y de los monopolios extranjeros,
o emprender la vía de las transformaciones sociales.
En estas condiciones históricas, se transmutan valores en varias
estructuras castrenses de América Latina: La sublevación de unidades
militares de Carúpano y Puerto Cabello (Venezuela, 1962), en apoyo a la
lucha antiimperialista; la participación de militares en el movimiento
democrático (Brasil, durante la presidencia de Goulart); la sublevación
del coronel Francisco Caamaño (República Dominicana, 1965); el arribo al
poder de militares progresistas (Perú, 1968); y el de Omar Torrijos
(Panamá, 1968) (Grigulévich, 1982: 35-36).
II. Breve reseña histórica del problema panameño
El 4 de noviembre de 1903, Panamá, hasta entonces una provincia, se separó
de Colombia. EEUU reconoció de inmediato al nuevo Estado, cuyo primer
gobierno, por medio de un tratado, le cedió no sólo la realización de
trabajos y el derecho para dirigir el Canal entonces en construcción, sino
también y perpetuamente el conjunto de derechos, la potestad total y la
plenitud de poderes sobre la zona canalera, lo que excluía la sesión de
estos derechos a otros estados.
Ante la inminencia de la revisión del Tratado, el 2 de enero de 1955,
muere asesinado el presidente panameño José Antonio Remon, lo que se
atribuyó al imperialismo estadounidense y a la oligarquía panameña. Entre
los involucrados en este crimen estaba J. Ramón Guisado, el
vicepresidente. Apenas asumió la presidencia, se supo que había sido uno
de sus organizadores. Fue destituido y condenado a 8 años de prisión. No
obstante, Panamá siguió en manos de los yanquis y los oligarcas hasta el
año 1968, año en que Omar Torrijos Herrera tomó el poder.
Torrijos nació el 13 de febrero de 1929, en la ciudad de Santiago de
Veracruz, provincia de Veragua, en una familia de maestros. Estudió en una
escuela en la que enseñaban maestros de espíritu revolucionario y
patriótico. Surgió para entonces la Federación de Estudiantes de Panamá (FEP),
de la que Torrijos fue activista. En 1952, comenzó sus servicios en la
Policía Nacional, la que pronto se llamaría Guardia Nacional (GN). Su
labor en esta institución lo hizo conocer la pobreza, el desempleo, el
hambre y la injusticia social reinantes en su país.
Pero lo que en definitiva marcó su formación político-ideológica fueron
los sangrientos sucesos de 1964, provocados por la obstinación yanqui de
negar la soberanía de Panamá sobre la zona del Canal. Un año antes, EEUU y
Panamá firmaron un acuerdo que obligaba al primero de estos países a izar
la bandera de ambas naciones en lugares oficiales. Debido al constante
incumplimiento del acuerdo, estudiantes panameños, celebrando el primer
aniversario de su entrada en vigor, con permiso de las autoridades, izaron
la bandera de su país en una escuela de Balboa, ciudad ubicada en la zona
del Canal. Pero fueron detenidos, apaleados y expulsados de allí por los
yanquis, quienes, por otra parte, rompieron la bandera panameña.
Al conocerse por todo Panamá lo sucedido, por la noche, jóvenes panameños,
portando la bandera de su país, se dirigieron a la línea divisoria de la
zona de ocupación para protestar por la arbitrariedad yanqui. Sin
advertencia de por medio, los recibieron a balazos. No bastando ello, por
dos días consecutivos, la policía y el ejército yanquis, con apoyo de
aviones cazas, dispararon sobre el territorio panameño. Más de veinte
personas perecieron y cerca de trescientas resultaron heridas. Sin
embargo, la agresión imperialista sirvió de caldo de cultivo al movimiento
de liberación nacional destinado a la reintegración de la zona canalera y
del mismo Canal a la soberanía panameña.
Para alcanzar este objetivo, primero había que eliminar la existencia de
gobiernos oligárquicos, mismos que entregaban la suerte de Panamá a los
dictados de EEUU. Así, el 11 de octubre de 1968, la GN encabezada por
Torrijos, apoyándose en amplias masas del pueblo, puso fin a los tiranos
panameños. Rechazando la posición del nuevo gobernante panameño, en 1969,
EEUU trató de apartarlo del poder, alentando al ala derecha de la
oficialidad de la GN a perpetrar un golpe de Estado. Pero Torrijos lo hizo
fracasar.
Torrijos aprobó una nueva Constitución que refrendó el establecimiento de
una Asamblea Nacional, compuesta por representantes de las comunidades. La
iniciativa en el órgano legislativo pasó a manos de los sectores más
marginados de la población (Grigulévich, 1988: 387-388, 390-392, 394).
Como anotaban los comunistas panameños, la GN estaba demostrando que era
una fuerza capaz de renunciar al papel de instrumento de la oligarquía
para colocarse al lado de los intereses populares (Shulgovski, 1982: 93).
El líder panameño logró que el Consejo de Seguridad de la ONU se reuniera
en su país en marzo de 1973, para discutir lo relativo al Canal. El
Consejo, en su mayoría, se pronunció en favor de las exigencias panameñas
y exhortó a Washington a revisar su tratado con Panamá. Pero, aplicando el
veto, EEUU rechazó la resolución propuesta en torno al Canal. Con todo, lo
que no se logró con Nixon, sí se logró con Carter: En septiembre de 1977,
en Washington, se firmaron los acuerdos Carter-Torrijos, según los cuales,
a partir del 31 de diciembre de 1999, el Canal sería devuelto en propiedad
plena e incondicionalmente a Panamá. Restaba sólo la ratificación de
dichos tratados por el Senado de EEUU, lo se logró, con cláusulas y
enmiendas, el 18 de abril de 1978, con sólo dos votos de ventaja (Grigulévich,
1988: 396-397).
En efecto, las fuerzas de derecha de EEUU lograron la inclusión de dos
enmiendas en las negociaciones en torno al Canal que afectaban la
soberanía de Panamá. Una, otorgaba a los barcos de guerra de esa potencia
el derecho al tránsito extraordinario por el Canal en caso de emergencia.
La otra, le permitía la intervención militar bajo el pretexto de defender
el Canal, incluso después de que éste pasara bajo el control de Panamá (Kremieniuk,
Luquin, Rudnev, 1981: 190)
Poco después, un agente de la CIA, Howard Hunt, declaró que si Torrijos no
colaboraba con EEUU debía ser eliminado. Nixon quiso comprarlo con un
millón de dólares. Por rechazar la “oferta”, se decidió asesinarlo. Antes,
para desacreditarlo, se le quiso implicar en narcotráfico. Pero Torrijos
neutralizó la maniobra. Frustró tres planes más para eliminarlo. No
obstante, se vio convertido en víctima de la CIA cuando el 31 de Julio de
1981, el pequeño avión en el que viajaba se estrelló, producto de un
sabotaje. Cierta prensa de EEUU expresó su júbilo ante tan lamentable
suceso. Moisés Torrijos, su hermano, acusó a la CIA por su muerte (Grigulévich,
1988: 398-401).
III. Pensamiento
Contra el colonialismo. Su punto de partida es Panamá, país que,
desde 1903, se vio convertido en un enclave colonial que tuvo como centro
el Canal sobre su propio territorio. EEUU aprovechó la petición de esta
naciente nación centroamericana de defender su Estado, para usurparle sus
derechos soberanos y reservarse el Canal (Torrijos, 1984: 36. En adelante
sólo OT y la indicación de la página correspondiente). Por ello, Torrijos
expresa que lo que había sido una conquista tecnológica de la humanidad,
se convirtió en conquista colonial de su país (OT: 101). Es que el Canal
en manos yanquis comía, a su parecer, “a la carta”, a costa del agua, la
humanidad, el trabajo, el sudor, las tierras, las enfermedades y la muerte
de ciudadanos panameños. EEUU puso el cemento, Panamá todo lo demás (OT:
94).
Torrijos no circunscribe su ataque al dominio colonial y neocolonial sólo
a Panamá, sino a todo país de la tierra. Por eso declara que los panameños
no pueden “aceptar el sometimiento económico de una país sobre otro, ni la
penetración política, cultural, y económica”. Llama neocolonialismo a esta
forma de dominio, a la que define como “un colonialismo disimulado” que se
presenta “a través de la ayuda económica condicionada”, orientada al
control de los pueblos (OT: 21).
Para fundamentar la legitimidad de la lucha anticolonialista –que no es un
mero rechazo a lo externo-, es preciso señalar lo que implica para un
pueblo su condición colonial o neocolonial. Aunque parezca verdad de
perogrullo, el asunto estriba en que esa condición priva de
autodeterminación e identidad a los pueblos. No es gratuito así que
Torrijos plantee que cada nación debe estar en condiciones de escoger
libremente los esquemas que desea, en aras de su propio desarrollo; su
propia receta para la cura de sus males (OT: 21).
Ese deseo de autodeterminación fue lo que, el 9 de enero de 1964, movió a
los panameños a marchar pacíficamente hacia la zona del Canal, para izar
allí la bandera de su propio país. Y por esta muestra de patriotismo, las
ciudades de Panamá y Colón fueron ocupadas por las tropas yanquis,
muriendo por ello muchos panameños, cuyas madres, esposas e hijos fueron
humillados por los invasores (OT: 36-37).
Hablando en la cumbre de los No-Alineados, realizada en Colombo, Sri
Lanka, en agosto de 1976, Torrijos explica la razón del descontento de su
pueblo señalando que su causa mayor es la persistencia de un enclave
colonial emplazado en el territorio de su país, aduciéndose el apoyo al
funcionamiento del Canal. EEUU cuenta en él “con catorce bases militares,
un sistema de política arrogante y agresivo, un sistema judicial y
educativo a la norteamericana, comisariatos y correos”, que sirven “a
cincuenta mil privilegiados aislados por una cerca”, los que, por haber
nacido en ese enclave, ostentan la nacionalidad estadounidense y son
“dueños de todos los beneficios” producidos gracias al tránsito por el
Canal. Y por el uso de este último, a Panamá sólo le pagan un millón
novecientos treinta mil dólares anuales (OT: 35-36).
Considerando esta serie de cosas, pregunta: “¿Qué pueblo del mundo soporta
la humillación de ver una bandera extranjera enclavada en su propio
corazón (...)? ” (OT: 27). Por la misma razón, cuestiona la costumbre de
los estadistas de EEUU de estimar “agresores a todos aquellos que se
defienden de sus ataques” y la de mezclar esto con influencias extrañas o,
incluso, con problemas que ellos mismos generan o toleran, como el
narcotráfico (OT: 32). Rechaza de plano, pues, que tan deportivamente se
califique de “bandoleros” a aquéllos que se miran empujados a tomar las
armas cuando se les cierran las posibilidades de participar pacíficamente
en los asuntos políticos y sociales de su país (OT: 121).
Tampoco acepta el supuesto esgrimido por EEUU de estimar norma de derecho
internacional lo que esta potencia llama sus “intereses vitales” o su
“seguridad nacional”. Más aún, critica la hipocresía de que esta nación se
llame anticolonialista, mientras reduce a Panamá a la condición de colonia
(OT: 23-24) y, sobre todo, el que se arrogue el derecho de actuar, por
siempre, con entera libertad si el Canal se ve amenazado por algo
cualquiera y, además, cuando lo estime necesario (OT: 60). Por eso, no se
le pasa por alto lo que Teodoro Roosevelt le expresara en 1904 a Amador
Guerrero, presidente a la sazón de Panamá: “... no tenemos la menor
intención de establecer una colonia independiente en la zona del Canal” (OT:
101-102).
Aunque Torrijos busca que la lucha de liberación no implique un alto costo
social para su pueblo, manifiesta que el mayor terror del mismo es que la
incomprensión del Congreso de EEUU obligue a su país a recurrir a la
violencia (OT: 94-95). Porque está convencido de que “de no haber un
arreglo satisfactorio” para su nación pasará algo inevitable: “Vendrá por
combustión espontánea una explosión del pueblo panameño”. Y ante esa
perspectiva, declara que a la GN y a él como su Jefe le quedan dos
caminos: “Aplastar esa rebelión patriótica del pueblo o conducirla”,
concluyendo así: “Y yo no la voy a aplastar” (OT: 33).
Tal habría sido la perspectiva real en caso de que EEUU no devolviera su
Canal a Panamá, incumpliendo la promesa de: descolonizarlo; devolverle su
bandera; dejarlo contar con su propios policía, correo y territorio. Tal
perspectiva sólo podía consistir en que una generación ofrendara su vida
para que otras generaciones heredaran “un país libre” (OT: 29-30). Todo
porque en Torrijos existe la convicción de que Panamá no debe convertirse
jamás en “estado asociado, colonia o protectorado” (OT: 25).
Con base en lo arriba expuesto, se comprende a Torrijos cuando expresa:
“... le damos mucha más importancia a la bandera que a cualquier beneficio
económico...”. Esto que parece romántico, no significa renuncia a los
beneficios económicos, ya que éstos, para él, deben necesariamente
llegarle a Panamá, porque el Canal es un paso obligado del mundo entero (OT:
32).
Comprensión del nacionalismo. Para Torrijos el nacionalismo
panameño no debe definirse como odio a otra nación; sino como rechazo al
imperialismo colonial. Acota: “Por eso los árabes, los hindúes, los
africanos, cualquier hispano-americano, puede ser nacionalista panameño”.
No extraña que hable de que se ha logrado que dentro del nacionalismo
panameño militen “muchas naciones” (OT: 51-52) o que exprese: “Nuestro
problema es tan sueco como japonés, tan judío como árabe, tan
norteamericano como panameño (...) nuestro nacionalismo es internacional”.
Igual pasa al decir: “Nosotros no somos antiyankis. Somos
anticolonialistas” (OT: 84-85).
Explicando en el Vaticano la visión materialista y mercantil que las
naciones del mundo tienen del Canal -por preguntar lo que cuesta cruzar
una tonelada, los kilómetros de viaje ahorrados, la ganancia que les
significa su utilización, lo que aporta el Canal a su producto interno
bruto-, Torrijos se queja de que nunca han “siquiera advertido, por qué no
está nuestra bandera ahí. Nunca han preguntado el precio en humillación,
la cantidad en vergüenza, los millones en ultraje”, cosas que su pueblo ha
“tenido que pagar para que ellos crucen de un océano a otro en ocho horas
de distancia y bajo todas las banderas” (OT: 82-83).
Y contra el falso supuesto de que el Canal sólo podía ser defendido por
las tropas estadounidenses expresa: “Que (...) nadie caiga en el error,
grave y peligroso, de pensar que las bases militares ubicadas en las
riveras del Canal son capaces de protegerlo y de garantizar el libre
tránsito por él. Sólo la paz social de la región puede hacer esto” (OT:
127).
La ONU Y los NOAL. Comprendiendo que la lucha de su pueblo debe
contar con el concurso de los demás pueblos de la tierra, Torrijos demanda
que la ONU no limite su papel a la de un simple espectador, ni se conforme
“con el de bombero dentro del drama de la humanidad”, invitándola a que
asuma “un papel más activo en la solución de los problemas reales” que
viven nuestros pueblos (OT: 23). Pero ubicado en circunstancias históricas
distintas por completo a las actuales -en que la ONU es prácticamente nula
y su Consejo de Seguridad se ha vuelto complaciente con el imperio
yanqui-, Torrijos confía en que la existencia de estos organismos
internacionales puede “ganar batallas con votos en lugar de balas” (OT:
42).
Mas es en el Movimiento de Países No-alineados (NOAL) donde él cifra las
mayores esperanzas para la causa libertaria y el progreso real de los
países tercermundistas. Porque sólo en él: se plantea la recuperación de
los recursos naturales, las materias primas y la posición geográfica de
los países que lo integran; la creación de un Banco con sucursales en las
capitales de los NOAL; se han sentado “las bases para diseñar un Nuevo
Orden Económico Internacional” que debe equipar a los NOAL para el
desarrollo; se practica una reciprocidad que complementa “la escasez de
unos con la abundancia de otros” (OT: 47-48).
En el marco de las posibilidades que los NOAL representan para el Tercer
Mundo, Torrijos recuerda los consejos que el Mariscal Tito de Yugoslavia
le daba: “Mire, joven Presidente, en estos tiempos existen mecanismos de
paz que en mí época no existían (...) capaces de propiciar la erradicación
del colonialismo. (...) El Movimiento de los Países No-Alineados es la
organización que (...) le dará repuesta a su problema sin costo social” (OT:
38). Por ello, Torrijos expresa que, para él, Tito es “un punto de
referencia histórica”; un hombre que defiende “la paz con el fervor que
sólo puede tener quien ha hecho la guerra” (OT: 72-74).
Torrijos define a los NOAL como: club de naciones independientes no
“dispuestas a recibir la línea de conducta internacional desde la
metrópolis de una superpotencia” (OT: 72); instancia en la que se produce
“la sindicalización de la pobreza”; la posibilidad de sus miembros de
hacerse oír por los poderosos (OT: 95).
La Conferencia de 1976 en Colombo, a su parecer, sirvió de estímulo a “los
intentos de lograr un acuerdo sobre un nuevo Derecho del Mar y propuso un
sistema financiero y monetario completamente tercermundista”. Esto se debe
materializar “en la creación de nuevas asociaciones de productos de
materias primas estratégicas, en la creación de flotas mercantes, y sobre
todo en la creación de un banco de Asia, África y América Latina como una
empresa eminentemente comercial y multinacional, con sucursales en todos
los países del Tercer Mundo” (OT: 47-48).
Reflejando su fe en los NOAL, Torrijos refiere lo que la señora Sirimavo
Bandaranaike, Primer Ministro de Sri Lanka, respondió en la cumbre de
1976, cuando el movimiento fue acusado de ser una “tiranía de las
mayorías”. Ella expresó que los NOAL nunca había sido eso, sino “el arma
más poderosa contra todas las tiranías del mundo, especialmente del Tercer
Mundo”, que durante cinco siglos ha soportado la tiranía de la pobreza,
del hambre, la malnutrición y la inanición, la enfermedad y la muerte
prematura y, sobre todo, la “de la ausencia total de perspectivas de
felicidad y de esperanza” (OT: 50-51).
Contra la alienación. Torrijos habla de la trampa que se encierra
en el hecho de que se estén “creando demandas para las ofertas, en vez de
ofertas para las demandas. Es decir, gente para las cosas, en lugar de
cosas para la gente” (OT: 62). Critica el protocolo y la cortesía como
inventos destinados a “mantener distanciada a la gente”, y no hay “forma
de establecer una relación humana y sincera sin romper el protocolo” (OT:
64). Acota que en América Latina, la mayoría de las veces, los procesos
electorales han sido tan sólo procesos episódicos en los que se actualizan
los “tiempos romanos de pan y circo, con la diferencia de que estos
sucesos han sido fuertes en circo y débiles en pan” (OT: 162).
Critica a los intelectuales identificados con los opresores achacándoles
una visión limitada “a los metros cuadrados” de una biblioteca. En esta
línea, señala que Paris es “impactante”, pero no le parece “el sitio
indicado para mandar a estudiar a ningún panameño”, porque su gran
personalidad intelectual y científica desnativiza a cualquiera que conviva
largamente en ella. Así se explica que por las calles de Panamá se
observen “muchos egresados de sus universidades añorando la torre Eiffel y
desconociendo lo que es un asentamiento” (OT: 43).
Acusa la deshumanización de la tecnología; el hecho de que comience a
empequeñecer al hombre; señala la facilidad con que el hombre cae “en el
error de admirar demasiado a lo que debería servirnos (...)”. Y expresa
que a los campesinos les asiste la razón en la actitud que adoptan ante su
machete, sirviéndose de él en vez de sometérsele. Y cuando se vuelve
inservible lo deshechan de inmediato. “No son como esos que sirven y
adoran su carro, su ciencia, su arte, su partido”. De la misma Revolución,
expresa que “no es más que la trocha para lograr la auténtica y única
finalidad: el bienestar, la felicidad del panameño” (OT: 44-45).
Consecuentemente, rechaza de plano la idolatría ante la tecnología, que
para él no debe perder nunca su condición de medio o herramienta de
trabajo. El amor a las cosas equivale para él a “boba idolatría”. Y
concluye: “El único santo de devoción debe ser la Humanidad, y todo lo
demás devoto de ella”, incluyendo la Revolución (OT: 61).
Advierte el increíble grado de perfeccionamiento diabólico que tienen los
regímenes oligarcas y las fuerzas antidemocráticas para adoctrinar a los
pueblos, en función de defender un sistema que los explota, y de reprimir
“las aspiraciones de sus padres, de sus vecinos y de su propia clase
social” (OT: 126).
Poniendo los puntos sobre las íes. Sobre los problemas del Cercano
Oriente expresa que ha llegado a comprender que su falta de solución
radica en que “hay demasiados intermediarios”. Llama así a los árabes e
israelitas a “sentarse a solas a resolver sus problemas” puesto que estos
son problemas suyos y no “de quienes quieren capitalizarlos”, porque éstos
desean pelear pero “con sangre ajena, hasta el último judío y el último
árabe (...)” (OT: 64-65). Al presidente Suárez de España le manifiesta que
a Carter no le conviene definir los derechos humanos, puesto que éstos
“son los de nacer, los de tener de qué alimentarse, de no ser torturado,
no ser racialmente discriminado, no ser explotado, y los de ser soberanos
en el propio territorio”. El tema resulta tener muchos filos; porque con
él “se puede golpear pero también ser golpeado”. En todo caso, concluye,
“a Panamá le ha convenido” abordarlo (OT: 77).
Llamando las cosas por su nombre, habla de que el terrorismo, en sí mismo,
no es más que causa aparente, porque la causa real descansa en el terror
social. Las llamadas teorías exóticas son también causa aparente, porque
la real se encuentra acá en “el caldo de miseria” en el que cocinan esas
teorías. Otras causas reales son la inexistencia de escuelas y acueductos,
la ausencia de un programa de desarrollo nacional; la negación de los
derechos del hombre tomado individual o socialmente; el vejamen, el
irrespeto a la dignidad humana, el predominio de un sector social sobre
otro, la tendencia de las fuerzas armadas a convertirse en casta; la
desproporción existente entre la asignación presupuestaria destinada a
educación, carreteras, transporte, etc., y el excesivo gasto bélico. Y no
es si no en la liberación donde Torrijos identifica el remedio a los males
señalados, sin que exista, a su parecer, nada que pueda impedirla (OT:
124).
En contra de las ideas anticomunistas que el macartismo esgrimía, tildando
de “rojo” a todo aquel que propiciara “la erradicación de la injusticia y
el advenimiento de una sociedad más justa y más distributiva”, Torrijos
concluye que dicho color es sano y bueno “porque son buenas y sanas las
aspiraciones y las intenciones de los hombres a quienes se ha teñido con
él” (OT: 126). Y es tajante en la identificación de las alternativas
existentes: “Es o la paz mundial o la extinción de la especie humana” (OT:
65).
Actitud ante la vida. Torrijos expresa su desinterés por los
esquemas de vida europeos, diseñados en función de que uno empuje al otro
en aras de su sobrevivencia. Manifiesta su interés más que en el nivel de
vida, en su calidad; y más que en el desarrollo tecnológico, en el calor
humano (OT: 95). En esta misma línea, anota que se puede vivir sin grandes
conocimientos científicos pero no sin confianza, fe y creencia. Para él,
“la esperanza es mucho más profunda que la experiencia” (OT: 41-42). Más
que escribir la Revolución llama a practicarla (OT: 99). Y lejos de la
actitud del mandatario oportunista que pronuncia discursos adornados para
mantenerse a flote, llama a decir la verdad por desagradable y amarga que
pueda resultar y aunque tras ella venga “una rechifla sonora” (OT: 113). Y
más que preocuparse por ser elegante al expresarse, se interesa por ser
sincero (OT: 59).
El líder panameño no ve la solución de los problemas de convivencia en la
acción de las esferas de poder, sino en la de las personas de más bajo
nivel. De las conflictivas relaciones entre árabes e israelitas señala:
“En el campo de batalla se están matando, en los foros políticos se lanzan
insultos, pero más abajo, en el nivel humano, la convivencia es fácil y
natural. Es en este nivel en el que deben sentarse a conversar” (OT:
67-68).
Pensando en el bienestar de su pueblo plantea que “Patria es sobre todo
esperanza de futuro” (OT: 78). Entiende la Reforma Agraria no sólo como
tierra, sino sobre todo como hombre. Porque la tierra se puede distribuir
una y otra vez, sin que jamás se vaya a ninguna parte, pero al hombre hay
que organizarlo (OT: 160).
Como estadista probo y capaz, aprende de lo que observa en el extranjero.
En la India aprendió “una lección difícil pero profunda”: la necesidad de
conservar las raíces propias y la de alimentarse de su propio suelo, sin
dejarse seducir por el cine, la propaganda, ni la moda para cambiar “su
modo propio, su personalidad histórica”. La india es un país en el que
aprende sobre el nivel de vida pero sobre todo sobre la calidad de vida.
Ella enseña que hay pueblos con alto nivel de vida pero de mala calidad.
“Hay quienes asocian la calidad de vida con la vocación de consumo,
convirtiendo en estatus-símbolo la marca de su carro, su calzado, su
electrodoméstico. Esto eleva el consumo “per capita” pero tiende a bajar
la calidad de la vida. La India tiene una gran calidad. Está muy lejos de
ser un país cocacolizado. Seguramente esto se debe (...) a su religión, su
mística”.
En países como la India descubre una lógica distinta a la occidental,
inclinada a ver las cosas sólo en blanco y negro, o como verdaderas o
falsas. Señala que para esos pueblos “estas cosas son extremos en medio de
los cuales hay (...) un claro-oscuro en el que nosotros no podemos
comprender la totalidad” (OT: 45).
Ante quienes han querido divorciar a Torrijos de un plano auténticamente
revolucionario, debe sostenerse que, en su pensamiento, todo gira
alrededor de la felicidad de las mayorías en todo el orbe. Por eso
refiriéndose a Cuba y Panamá, dice: “Me enorgullece que nuestros dos
Pueblos se encuentran en la misma frecuencia revolucionaria” (OT: 199).
Por lo mismo, declara que la “ victoria no será total hasta que el hombre
que trabaja no le tema al desempleo y el desempleado no le tema al
trabajo” (OT: 80). La misma razón lo lleva a “visualizar al hombre del
futuro al pie de un tractor, con los brazos llenos de los frutos de la
tierra” (OT: 67).
IV. Bibliografía
1. Anatoli Shulgovski. “Nacionalismo y fuerzas armadas. (Décadas de los
sesenta y setenta)”. En El Ejército y la sociedad. América Latina:
Estudios de científicos soviéticos. Redacción “Ciencias Sociales
Contemporáneas”, Academia de Ciencias de la URSS. Moscú, 1982.
2. Grigulevich, Iósif. Luchadores por la libertad de América Latina.
Siglos y hombres. Editorial Progreso Moscú, 1988.
3. Grigulevich, José. “El ejército y el proceso revolucionario en América
Latina”. En El Ejército y la sociedad. América Latina: Estudios de
científicos soviéticos. Redacción “Ciencias Sociales Contemporáneas”,
Academia de Ciencias de la URSS. Moscú, 1982.
4. Kremieniuk, V.A.; Luquin, V.P; Rudnev, V.S. (redactores) EEUU y los
países en desarrollo en los años 70. Redacción Central de Literatura
Oriental de la Editorial <<Nauka>>, 1981. (Obra en ruso).
5. Torrijos, Omar. Papeles del General. Centro de Estudios Torrijistas,
1984.
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