Gioconda Belli                                                                            Páginas Verdes

 Sociedad, Sexualidad y sus Manifestaciones.
Gioconda Belli

 

Nada más revelador sobre la mentalidad de una sociedad que la discusión de cualquier medida que atente a cambiar el estatus de la mujer. Un planteamiento tan elemental como el de reparar la injusticia del trato desigual entre hombres y mujeres, nos devuelve al principio del mundo. Pareciera que, otra vez, estuviéramos en el Paraíso Terrenal, con Eva a punto de darle a Adán la manzana del bien y del mal, esta vez con un público en palco gritando: “No se la des, no se la des”. Como si darle igualdad a la mujer equivaliera al re-lanzanmiento del pecado original con todas sus supuestas secuelas.

Según una cantidad de artículos aparecidos en los medios en los últimos meses, la ley de igualdad de oportunidades conduciría a la sociedad nicaragüense a una cantidad de perversiones. Entre ellas sobresale, además de la despenalización del aborto, la aceptación de la homosexualidad. A esto último me quisiera referir en este artículo.

El argumento de quienes se horrorizan por la homosexualidad, afirma que la atracción por personas del mismo sexo es anti-natural, síntoma de una siquis enferma y de un espíritu pervertido por el libertinaje del mundo moderno.

La homosexualidad, sin embargo, es más antigua que las religiones, ha existido desde que el mundo es mundo y por ende es tan natural como la sexualidad destinada a la procreación. Les haría bien a quienes tanto se asustan de este tipo de amor, el leer a los clásicos de la antigüedad, esos filósofos irreprochables sobre cuyo pensamiento se basa, en gran parte, toda la concepción de moralidad y virtud que profesamos en la cultura occidental . En ese tiempo, el amor entre los hombres era considerado el más alto y verdadero.

En la República de Platón, en el diálogo sobre el amor conocido como El Simposio, escrito en 385-380 a C., Platón pone en boca de Aristófanes la explicación mitológica sobre el porqué del amor entre personas del mismo sexo. En el principio, dice Platón, la naturaleza humana no era como la conocemos ahora. Había tres tipos de seres humanos: unos eran hombres, otros mujeres y otros eran una combinación de lo masculino y femenino.

Estos seres eran de forma esférica. Tenían cuatro brazos, cuatro piernas, dos caras mirando cada cual en dirección opuesta y dos órganos genitales, uno en cada mitad. El macho era hijo del Sol, la hembra de la Tierra y los que eran mitad mujer, mitad hombre, eran hijos de la Luna. Estos seres eran muy fuertes y un buen día decidieron que subirían al cielo y atacarían a los Dioses. Zeus y los otros dioses se dieron cuenta y deliberaron sobre cómo podían castigarlos por este atrevimiento. Después de mucha reflexión, Zeus pensó que tenía en castigo adecuado: para debilitarlos, los cortarían en dos.

Así serían más débiles y más numerosos. Le dio instrucciones entonces a Apolo para que los cortara por la mitad como quien corta una manzana por el centro y le dijo que pusiera la cara hacia el corte para qué, viéndose la cicatriz, escarmentaran. Apolo hizo lo que le dijeron y luego juntó los pliegues y los anudó en el ombligo.

Lógicamente, sigue explicando Platón, cada persona cortada por la mitad suspiraba por su otra mitad y cuando se encontraba con ella, se abrazaban y no querían separarse. Los que habían sido mujeres u hombres, buscaban a su mitad del mismo sexo; los que habían sido mitad mujer, mitad hombre, buscaban a su mitad de diferente sexo.

Y sigue diciendo Platón, y ahora cito textualmente: “El amor une a las dos mitades de naturaleza distinta para restaurar la condición original. Es así que cada uno de nosotros es el par de otro ser humano del que fuimos cortados... aquellos hombres que fueron cortados de una mujer, suspiran por las mujeres. La mayoría de los adúlteros y las adúlteras son de este tipo. Aquellas mujeres que fueron separadas de otras mujeres, no tienen interés por los hombres y más bien prefieren a las mujeres. De aquí vienen las lesbianas. Aquéllos que fueron separados de los hombres, persiguen a los hombres. Estos son los mejores niños y jóvenes, cuya naturaleza es la más masculina de todas”.

Como se ve, cada edad ha tenido o dado sus explicaciones al hecho de que existen seres humanos a quienes les atraen y sólo se enamoran de seres de su mismo sexo. A estas alturas del siglo XXI, tras cientos de años en que las diferentes generaciones han tenido siempre homosexuales y lesbianas en su seno, es ridículo pensar que este es un comportamiento “perverso” o anti-social”. Existe en la naturaleza, entre distintas especies, lo mismo que entre los seres humanos.

Pensar que una ley va a promover este comportamiento es tan iluso como pensar que la censura o las oraciones van a acabar con él. Que yo sepa Dios no se molestó en hacer mandamientos en este particular, ni Jesucristo se molestó en condenar este tipo de amor. Las personas religiosas hoy en día a quienes este comportamiento les parece problemático, pueden guiar su vida como mejor les parezca, como seres libres que son, pero no tienen derecho a erigirse en los jueces de quienes no comparten sus criterios. Cada hombre y cada mujer en nuestro país, independientemente de su opción sexual, es una persona que se merece respeto y que es dueño o dueña, como en toda sociedad democrática y libre, de guiar su vida como mejor considere, de enamorarse de quien se enamore y de profesar o no cualquier religión.

En Nicaragua tenemos una comunidad de homosexuales y lesbianas que son ciudadanos responsables, que cumplen con las leyes, que participan en el desarrollo del país, que son madres y padres amorosos. Hemos tenido y seguiremos teniendo políticos, diplomáticos, artistas, profesionales valiosos cuya otra mitad, la que han encontrado o siguen buscando, es de su mismo sexo.

Vivimos en un mundo donde los países líderes de nuestra civilización occidental condenan la intolerancia contra la libre opción sexual; donde congresistas, filántropos, gente de todas las profesiones, gente respetable e íntegra en su práctica social, es homosexual. La homosexualidad, está demostrado, no corrompe a la sociedad. Lo que la corrompe es el odio, la intolerancia, la actitud intransigente de quienes siguen empecinados en oficiar como sumos sacerdotes de la verdad, en nombre de un Dios que ellos han ajustado a su pequeña, limitada y humana imagen y semejanza. Es esa intolerancia la que conduce a las aberraciones y abusos que han proliferado en el clero católico y contra las cuales nuestros moralistas criollos se han guardado muy bien de pronunciarse.


 

 


 

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