| Rubén Dario | |||
El poeta nicaragüense pasó en Asturias tres veranos en la primera década del siglo XX, en San Esteban de Pravia, La Arena y Riberas de Pravia. Entre los
distintos personajes de diferente época y condición que visitaron
Asturias, figura en lugar destacado el poeta Rubén Darío, no sólo por
su enorme prestigio literario, sino por las páginas afectuosas que
dedicó a nuestra tierra, y también, no las olvidemos, por las páginas
ajenas provocadas por esta estancia asturiana; en primerísimo lugar las
de Azorín. Pero es de justicia destacar el artículo “Rubén Darío y
Asturias”, de Ramón García de Castro, escritor de bien cortada pluma,
poeta pulcro, colaborador frecuente en la prensa e intelectual erudito y
meticuloso, demasiado olvidado (e injustamente olvidado) después de su
muerte, que fue publicado en “Papeles de Son Armadans” No. CXXXVII-VIII.
Más recientemente, por iniciativa del abogado poeta Heradio González
Cano, se recordó a Rubén Darío en los textos complementarios, fueron
recogidos en el volumen misceláneo “Rubén Darío, siempre”. Rubén Darío no vino a Asturias como viajero (es
decir, a recorrerla de cabo a rabo, y a relatar sus impresiones sobre
ella), sino a descansar. “Me he venido a un rincón pequeño,
solitario, sin más camino que ásperas rocas, ni más automóviles que
los cangrejos, ante el caprichoso Cantábrico”, escribe desde San
Esteban de Pravia. Fue un turista que se dejó ganar por la belleza de
la tierra, de las ciudades y de los viejos monumentos, y que, a
diferencia de los turistas o veraneantes al uso, que no viajan para ver,
sino para que los vean, según Nietzsche, reparó en mucho de lo que se
le presentaba al paso, lo registró en su memoria y le dedicó páginas
notables. Asturias, las cosas de Asturias, la Catedral, su paisaje,
etcétera, ocupan un lugar en la obra de Darío, quien, en su retiro
asturiano no sólo se dedicó a reponer fuerzas (demasiado afectadas por
el exceso de cosmopolitismo), sino a escribir, que era lo suyo. Todo el mundo conoce de nombre al gran poeta
Rubén Darío. Pero es posible que muchos no sepan de él más que el
nombre. Amablemente, el poeta acepta contestar a nuestras preguntas y a
referirnos algunos pormenores de su biografía y recordar las
impresiones que recibió durante su permanencia en nuestra tierra. Por
ello iniciamos esta entrevista como ya es habitual en las que yo hago,
preguntándole al entrevistado dónde nació. -Nací en Metapa, antes Chocoyo, en el
departamento de Matagalpa, la antigua Nueva Segovia, el 18 de enero de
1867. Mis padres eran Manual García y María Rosa Sarmiento, y mi
nombre civil completo es Félix Rubén García Sarmiento. -Luego, ¿Rubén Darío es un pseudónimo? -No.
Una de mis tatarabuelos se llamaba Darío y a todos sus descendientes
los conocían en la ciudad de León por “los Daríos”. Mi propio
padre utilizaba el apellido Darío para sus transacciones comerciales
como regente de una tienda de tejidos. En cuanto al nombre de Félix
proviene de mi padrino, el coronel Félix Rodríguez Madregil, que fue
un segundo padre para mí. Entre mis padres se producían con frecuencia
fuertes desavenencia matrimoniales, por lo que se separaron a los ocho
meses de casados. Consecuencia de esto fue que mi madre se fuera a vivir
a Metapa, donde residía su hermana Bernarda, la esposa del coronel, y
que yo naciera allí. Más tarde, mi madre marchó a vivir a San Marcos
de León, en Honduras, y quedó allá definitivamente; yo estuve en
Honduras dos años, hasta que fue a recogerme el coronel Ramírez, y me
llevó a su hogar en León. -¿Y en León nace usted poeta? -
En efecto, mis primeros versos fueron escritos en las ramas de un
jícaro que había en el patio de la casa de León, que se encontraba
situada en la calle Real, en el lugar conocido como las Cuatro Esquinas,
muy cerca de la plaza donde se encuentra la primera composición
poética con el nombre de Rubén Darío aparece en “El Termómetro”,
de la ciudad de Rivas, y es una elegía inspirada por la muerte de don
Pedro Arguello, titulada “Una lagrima”. Aunque anteriormente había
publicado otros versos con los anagramas de Bruno Erdía y Bernardo I:U:
-
O sea, que estuvo experimentado con nombres antes de decidirse por el de
Rubén Darío. ¿Por qué eligió ese? Había
reparado usted en que muy pocos eligen su nombre, sino que la mayoría
lo recibe por azar. Félix Rubén Darío García Sarmiento es nombre
demasiado mudo que la unión de Rubén, mi nombre de pila, con el nombre
de mi tatarabuelo Darío utilizado ahora como patronímico, me sonó
bien. Es un nombre exótico, entre bíblico y persa. -En
cualquier caso, el nombre le trajo suerte, porque le dio a conocer muy
pronto. -
Ya lo creo. Con 14 años ya era conocido en toda Nicaragua. En 1882
inició mi “destino viajero”, aunque el viaje fue corto, a la vecina
república de el Salvador. Pero este viaje me resultó muy provechoso
porque gracias a la métrica de los poetas elásticos. Ambos
conocimientos, a los que permanecí fiel durante toda mi vida, pese a
mis innovaciones métricas, me resultaron sumamente útiles. Por la
literatura francesa empecé a hacerme cosmopolita, pero el conocimiento
de la literatura clásica española impidió que me convirtiera en un
“snob”, como si fuera un argentino que se aboba en París. Pero
no entiendo del todo que usted, que tanto va a París y tanto le gusta
estar allí, y que dedica “Los Cantos de Vida y Esperanza” a
Nicaragua y a la República Argentina, y que escribe el brioso “Canto
a la Argentina”, critique a los argentinos por su afición a París. -Es
que en algunos casos, lo de París, más que afición es vicio. ¿No se
da usted cuenta de que muchas personas no van a Francia, sino a París?
Yo tengo en París conocimientos literarios e infinidad de amigos. Pero
la mayoría de los que van a París, ¿a qué van? A decir que
estuvieron a las orillas del Sena y a dárselas de “snobs”. -
Todavía no hemos llegado a París, Darío. Estamos en El Salvador. ¿Qué
hace después de este primer viaje? -
Retorno a Nicaragua en 1884 y en 1886 marcho a Chile, donde colaboro en
“El Mercurio” de Valparaíso y en “La Época”, de Santiago. Este
viaje tuvo para mí trascendental importancia, por que en Valparaíso y
en 1888 público “Azul”, el libro que me abre las puertas de España
y de Europa gracias a la generosa reseña de don Juan Valera. Para un
joven poeta nicaragüense ser reconocido por un escritor del prestigio
de Valera, fue la llave de oro de la fama. ¿Cuándo
viaja a España por primera vez? -En
1982, como secretario de la delegación nicaragüense en las fiestas del
IV Centenario del Descubrimiento de América; años más tarde fui el
primer ministro plenipotenciario de Nicaragua en España, presentando
las cartas credenciales a S. M. Alfonso XIII el 2 de junio de 1908. -¿Cuando
vino a Asturias? -
En Asturias estuve tres veranos en 1905, 1908 (poco después de haber
presentado mis credenciales al rey) y 1909, siempre en los alrededores
del gran río Nalón. Mis localidades asturianas fueron San Esteban de
Pravia. La Arena y Riberas de Pravia. -¿Cómo
vino a dar a Asturias? -Porque
el veraneo en el Norte, en la costa del Cantábrico, gozaba de gran
prestigio entre los intelectuales de Madrid, gracias, en parte a que la
Institución Libre de Enseñanza llevaba a veranear a su colonia escolar
a San Vicente de la Barquera. De la desembocadura del Nalón y de esa
maravilla que es el poblado de pescadores de La Arena me habló con
entusiasmo Ramón Pérez de Ayala, el cual, cuando ya me encontraba yo
en Asturias, me visitó en mi retiro, en compañía de Azorín. -¿Qué
impresión le causó esa zona de Asturias la primera vez que la vio? -
Fabulosa, inenarrable. La ría me pareció más bien un lago y me
impresionó el viejo castillo en ruinas que se ve desde ella. Ma dije:
“Rubén, de aquí sales hecho un Walter Scott”. -Lo
mismo se le ocurrió a Zorrilla cuando vino a Asturias. También pensó
en Walter Scott. -¿Ve
usted? Se conoce que los poetas vemos de modo parecido. -
Sin embargo, no todo le pareció maravilloso. -¡Claro que me pareció maravilloso todo! De mi
casa se veía a las lanchas de los pescadores luchando contra las olas
enormes y se escuchaban los gritos y los rezos angustiados de las
mujeres. Yo escribí: “Yo no puedo mirar eso”. Que me impresionaría
la galerna no significa que no admire su grandeza. -¿Y qué le pareció Oviedo? -Gran
ciudad. La Catedral me impresionó tanto como la galerna. -Qué me dice de los asturianos? - Tengo especial estima hacia Pérez de Ayala y
hacia Manuel Fernández Juncos, a quien conocí allá en América Latina.
Entrevistó : José Ignacio Gracia Noriega
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