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LA ADMIRABLE OCURRENCIA DE FARRALS

¡Oh, qué gran tipo este Farrals! Todos los que le conocen dicen eso y Farrals oye el elogio con un cierre de ojos y una sonrisa de complacencia.

Farrals es catalán y tiene muy bravas condiciones de su raza. Sobre todo, es intrépido para el negocio. Sólo que se pasa de bruto. Si lo fuese menos, tendría un rollizo capital y lo guardaría con mucho cuidado. Por que son historias eso de que se ha comido millón y medio con su difunta mujer. ¡Son historietas! Por más que él diga que eso pasó en su juventud, ¡son historias!

Los que conocen a Farrasl en París saben que desde hace más de treinta años no se dedica más que a la cotidiana caza del luis. Del luis, nada más que del luis. Si cae algo encima, tanto mejor. ¡Y ese algo suele caer, vaya si suele caer!, Como que el excelente Farrals, que es tan bruto, encuentra siempre, entre los hombres que busca, otro más bruto que él.

¿Qué hace Farrals? Todo. Sabe cosas de boticario y ha inventado específicos misteriosos para lanzar los cuales ha buscado en vano un socio comanditario. Es medio dibujante, medio fotógrafo, medio comisionista, medio librero, medio panadero; y sobre todo, tiene un fino olfato para distinguir la pera como dicen los parisienses, la pera hispano parlante. Pues Farrals, interesado en vagas hojas de publicidad, visita los hoteles en que se alojan ciertas gentes, y luego hace publicar retratos y sueltos que dicen: Ha llegado a París el eminente chocolatero de Sinalva don Fructuoso Mier, y su bella señora. Saludamos y deseamos grata permanencia a tan ilustres huéspedes. Y Farrals no ha perdido su luis. Y si don Fructuoso no cae, caerá otro.

Farrals tiene un humor y ocurrencias singulares. Sucedió, pues, que hace algún tiempo, la mujer de Farrals, que le guisaba bien las patatas, como él dice, y que estaba muy obesa, cayó enferma. Esto no alteró el modo de ser de nuestro personaje, que, al preguntarle cómo seguía su oíslo, no hacía más que contestar: ¡Inconvenientes, inconvenientes, inconvenientes! ¡Mala pécora de Farrals!

Farrals no cree en los médicos, y aunque creyera, ¿qué necesidad tiene de ellos, sabiendo como él sabe, según he dicho, muchas cosas de boticario? Así es que la mujer de Farrals (Dios, verdaderamente, la debe tener en gloria) tuvo que probar todo cuanto los conocimientos de su marido le administraron: bebedizos amargos, bebedizos dulces, bebedizos sospechosos y de todos colores.

-¿Cómo sigue su señora, Farrals?
- La tengo envuelta en ungüentos.
La señora de Farrals, según supimos después los que teníamos noticias de su existencia, soportó con toda resignación los brebajes y las unturas. De obesa que era, se convirtió en un esqueleto. Y Farrals inventaba nuevos remedios y se los aplicaba con una tranquilidad temible. ¡ Pobre señora de Farrals!
Dejamos de ver a ese hombre extraordinario por algún tiempo. 
Y aún poco se le advirtió en los hoteles y casas de hospedaje, 
en donde él daba constantemente caza a su luis consuetudinario.
-¿Qué será de Farrals? -nos decíamos.
Hace pocos días le divisé; más animado que nunca. Había aumentado de vientre, su cara parecía más ancha, y andaba, sobre el asfalto del bulevar, con más desembarazo que el acostumbrado.
-¡ Farrals, cuánto tiempo sin verle!
-¡ Vea usted la cinta negra de mi sombrero! -me dijo-. Pero se ha perdido -agregó-, ¡se ha perdido! ¡A usted que le gusta tanto el buen bocado!
-¿Pero de qué, Farrals, de qué me he perdido?
-¡De las cótelettes! Hace dos días enteré a mi mujer. Fueron varios amigos al entierro. A la salida, les invité a un bouilloncito que conozco, por allí cerca. Y allí nos dieron unas cótelettes de chuparse los dedos. Se ha perdido, le digo, ¡se ha perdido!
¡ Demonios de Farrals!

                                 

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