En
el parlor hay cuatro pequeños escritorios. Todos ellos están
ocupados desde por la mañana por cuatro pasajeros, en cuyas fases se
distingue un signo de raza: se pensaría que son extraídos de la ménagerie
de Drumont.
Cerca,
unos cuantos, conversamos.
-Pronuncie
usted –dice un francés- en voz alta la palabra argent, y verá
cómo, en seguida, todos cuatro vuelven lacabeza.
-Parce-que
l’argent. . . –dije en alta voz.
Todas
las cuatro cabezas de los hombres que escribían se alzaron, y miraron
hacia nuestro grupo. La prueba estaba hecha. Eran cuatro cabezas llenas
de salud fuerte, de un rosado subido; aspectos de aves de rapiña, con
las narices curvas y los ojos de persecución. Esos comerciantes, esos
exploradores de presa, se veía que estaban poseídos por su demonio
ancestral, y que antes que en la sinagoga, tenían su culto en la banca,
en las casas áureas de francfort, de Viena, de Berlín, de París, de
Londres. Eran cuatro gerifaltes enviados por las grandes aguiluchos y
gavilanes de Europa a buscar caza en América.
Y
cada cual, en la conversación, expresó su reflexión, o contó su anécdota,
o dijo su cuento humorístico.
-Hay
uno muy conocido –dijo alguien-. Una vez, iban en un pequeño barco
que llevaba una carga de naranjas, como pasajeros un negrito y un judío.
Sobrevino una fuerte y amenazadora tempestad. Y fue preciso, después de
mucho bregar con el tiempo, aligerar la carga.
El
patrón echó al agua las naranjas. Luego un banquito de madera. Luego
al negrito. Luego al israelita. Y sucedió que una vez pasada la
tempestad fue pescada en la costa una gran bestia marina. Y al abrirle
el vientre, se escondió al judío, sentado en el banquito, y vendiendo
las naranjas al negro.
-A
la verdad, estas gentes fueron obligadas por la necesidad a hacer que se
cumpliesen las profecías y que Israel fuese dueño del mundo, con todo
y ser abominado y perseguido. Se les miró peor que a los leprosos, se
les abominó, se les echó en todas partes, se les condenó al ghetto, a
la esclavitud, y aun a la
hoguera. Se les prohibió la tierra. Ellos encontraron entonces su campo
en el dinero; fueron avaros y hábiles, y Shylock afiló su
indestructible cuchillo. Y a medida que la civilización ha ido
avanzando, el poderío de esa raza maldecida, pero activa y temible, se
ha ido aumentando, a medida que ha ido en crecimiento la rebusca del
oro, la omnipotencia del capital, y la creación de una aristocracia
cosmopolita, de universal influencia, cuyos pergaminos son cheques, y
cuya supremacía ha invadido todas las alturas, halagando todos los
apetitos. He aquí la obra de los halcones de Mammón, de los gerifaltes
de Israel.
Los
cuatro israelitas se habían levantado, y habían dejado, en signo de
posesión, sus cartapacios sobre las mesas de escribir. Se paseaban
fumando gruesos cigarros, hablando en voz alta, haciendo grandes gestos
y ademanes, y caminando a zancadas, con sus largos y anchos pies. Y había
en ellos una animalidad maligna agresiva.