| Cuentos Completos de Rubén Dario Páginas Verdes | ||
Aquel día el
viejo Moisés, estando solo en su tienda, todavía con el sagrado temblor que ponía en
sus nervios la visión de Dios pues acababa de recibir de Jehová una de tantas
leyes del gran Levitico-, sintió una vocecita extraña que le llamaba de afuera . - Entra respondió. Acto continuo, saltó dentro una liebre. La pobrecita venía cansada, echando el bofe, pues a
carrera abierta había comenzado su caminata desde las faldas del Sinai, hasta el lugar en
que, residía el legislador. - ¿Moisés? - Servidor... Con mucho interés, como una liebre que estuviese
comprometida en asuntos graves, comenzó: - Señor, ha llegado a mis orejas que acabáis
de promulgar la ley que declara a ciertos animales puros y a otros impuros. Los primeros
pueden ser comidos impunemente, los segundos tienen para ellos una gracia especial, por la
cual no pueden ser trabajados para el humano estómago. Interesada en la cuestión, espero
vuestra palabra. Y Moisés: - No tengo inconveniente.
Aarón, mi hermano, y yo hemos oído de la divina boca la ley nueva. Sígueme. A las puertas del templo estaba Aarón recién consagrado
pontífice, bello y soberbio como un rey del tabernáculo. La luz hacía brillar la pompa santa, y el sacerdote
ostentaba su túnica de jacinto, su ephod de oro, jacinto y púrpura, lino y grana
reteñida y su luciente y ceñido cinturón. Las piedras del racional se descomponían en iris
trémulos; las palabras bíblicas, el sordio, el topacio, la verde esmeralda, el jaspe, el
zafiro azul y poético, el carbuncio, sol en miniatura, el ligurio, el ágata, la
amatista, el crisólito, el ónix y el berilo. Doce piedras, doce tribus. Y Aarón, con
ese bello traje, hacia sus sacrificios siempre. ¡Qué hermosura! Oyó de labios de Moisés la petición de la liebre, y con
una buena risa accedió así: - Sabed dijo- que el mandamiento del
Señor es: · Los hijos de Israel deben comer estos
animales: los que tienen la pezuña hendida y rumian. · Los que rumian y no tienen la pezuña
hendida, son inmundos, no deben comerse. · El querogrilo es un inmundo. · Y la liebre (aquí la liebre dio un salto).
Porque también rumia y no tiene hendida la pezuña. · Y el puerco, por lo contrario. · Lo que tiene aletas y escamas, así en el mar
como en los ríos, se comerá. · Esto en cuanto a los peces. · De las aves, no se comerá ni el águila ni
el grifo, ni el esmerejón. Lo propio el milano y el buitre y el cuervo y el avestruz
y la lechuza y el laro. Nada de gavilanes. Nada de somormujos y de ibis y cisnes. · Tampoco se comerá el onocrótalo, ni el
calamón, el herodión y el caradión y la abubilla y el murciélago. · Todo volátil que anda sobre cuatro patas será
abdominable como no tenga las piernas de atrás como el brucó, el attaco y el ofiómaco. · Son inmundos los animales que rumian y tienen
pezuña, pero no hundida; y aquellos que tienen cuatro pies y andan sobre las manos. · Además, la comadreja, el ratón, el
cocodrilo, el camaleón, la migala y el topo. Y al concluir pronunció un he dicho que dio
por terminado el extracto de la ley. La liebre meditaba. - Señores- exclamó al cabo de un rato
(¡desgraciada! Sin saber que se perdía, y con ella toda su raza)-, se ha cometido un
crimen atroz. Un israelita, un hijo de Hon, hijo de Pheleth, hijo de Rubén, ha hecho de
un hermano mío un guiso, y se lo ha comido. Aarón y Moisés se miraron con extrañeza. La barba blanca del gran hebreo, moviéndose de un costado
a otro sobre los pechos, demostraba una verdadera exaltación en el anciano augusto.
¡Cómo! Alguno de las tribus que oían por él la palabra de Dios se había atrevido en
ese propio día, a contravenir la más fresca de las leyes! ¡Cómo! ¡No valía nada que
hubiese él recibido las tablas magnas del Eterno Padre, y que hubiese consagrado
pontifice a su hermano Aarón! Ya verían, ya verían. Truenos se habían escuchado sobre
su cabeza escultórica, relámpagos le habían surcado la frente, y ahora, ¿qué? ¡Con
que un israelita! Muy bien. Presto, presto, se buscó al culpable. Se le encontró.
Venía hasta con restos del cuerpo del delito. Como quien dice con cazuela y todo. El
cacharro humeaba mantecoso y despidiendo un rico olor de fritanga, ni más ni menos que
como chez Brinck, en el Hotel Inglés, o donde papá Bounout. El resto de la liebre estaba
ahí. La liebre viva miraba con sus redondos ojos espantados a
los dos hermanos. Aarón interrogaba al acusado, Moisés examinaba en tanto el guiso,
verdaderamente digno de aquel antecesor de Lúculo y de los Dumas. El acusado se defendió como pudo. Explicó su necesidad y
disculpó su apetito, alegando ignorancia de la nueva ley. Había que juzgarle severamente. Quizá hubiera podido ser
lapidado. Mas le salvó una circunstancia, un detalle, que la liebre acusadora contempló
con horror: los dos jueces hermanos probaron el manjar cocinado por el rubenista, y según
cuenta el pergamino en que he leído esta historia, concluyeron por chuparse los dedos y
perdonar al culpable. La consabida clase de animales fue declarada comible y sabrosa. Pero el buen Dios, que oyó las quejas del animal
acusador, se condolió de él y le concedió un cirineo que le ayudase a sufrir su
destino. Desde aquel día de conmiseración se da a las veces gato
por liebre. .Tomado del Libro Rubén Darío, Cuentos Completos, tercera edición de la Editorial Nueva Nicaragua. Regresar | Conozcanos | Tarifas | Articulos
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