| Cuentos Completos de Rubén Dario Páginas Verdes | ||
Todos los niños del hospicio habían ya
rezado después de la taza de chocolate. A los más pequeños les habían persignado las
hermanas de la caridad. En la gran sala, alumbrada por una farola de gas, colocada en un
extremo, flotaba el aliento acompañado del sueño, exhalándose en las camitas que
tenían de nido y de cuna. La hermana Adela vigilaba. ¡La
buena hermana Adela! Al muchacho que tenía descubiertos los piececitos, se los cobijaba
con la sábana blanca. Al que se había acostado con una mano sobre el corazón, se la
quitaba de allí, y le ponía tendido sobre el lado derecho, porque así se duerme bien y
no se tienen pesadillas. A cada cual vigilaba la hermana con gran cuidado; al rubeicito
Jorge, que tenía los cabellos dorados y las más preciosas manos infantiles; al gordiflon
Roberto, una delicia por su gracia; a la dulce perlita Estefanía, que era la que con
lindos dientes reía en el jardín, los brazos al cielo, fresca, tierna y alegre, bajo un
rosal; ¿a cuántos niños más? Ah, a la incomparable Lea, que era pálida y apacible, y
en el juego del recreo la más formal, y rezaba más bellamente, como un pequeño ángel,
con las manos juntas, al buen señor Dios, a la hora de acostarse, cuando su espesa
cabellera negra manchaba con su negrura la cándida camisa de la chiquilla escuelera. ¡Ninguna
como esta adorable pequeña! Era la más amada de las huérfanas inocentes, que vivían en
aquella casa de caridad, bendido kinder-garten de miniaturas humanas, donde las risas
desbordadas, sonaban como canciones locas de pájaros nuevos, en una pajarera encantadora.
El día domingo, cuando iban de paseo todos los chicos del hospicio, llamaba la atención
Lea, seria cuellierguida, sonriente, con una suave e innata majestad de princesa colibrí.
¡Y era de ver a la vuelta, cómo traían sus naranjas dorada, sus ramos de flores del
campo, sus lirios y sus rosas! La hermana Adela queríala mucho, porque no era como otras
que le decían impertinencias: Hermana Adela, ¿por qué teneis la cabeza rapada
como el mozo que nos lleva la leche? Antes bien le decía cosas sencillas y puras:
Hermana Adela, ¿me permitís dar mis violetas a la cieguita que está en la esquina
cantando su canción? Otras veces, cuando iban a la misa, en la capilla, fragante de
incienso, donde estaba el altar flamante, y el órgano místicio y sonoro, y donde el cura
viejo y santo alzaba la custodia, Lea estaba religiosos; el sacerdote vestido con su
casulla de blanco y oro, bebía en un cáliz de oro también. Todos estaban de rodillas
ante él. Lea
decía allí adentro de su cabecita de gorrión recién nacido al sol: La hostia es santa,
blanca y redonda; el padre tiene una corona en la cabeza, como la hostia; el bebe en una
copa de oro; cuando él alza la custodia tres veces sobre su frente, me está mirando el
buen Dios, que me ama, y me ha dado mi cama suave, la leche fresca por la mañana, la
muñeca en el día, el chocolate por la noche: así dice la hermana Adela, ¡Oh buen
Dios!. ¡
Y cuando la plática del señor cura! Era después de la comunión. Allí él, sencillo,
ofreciendo sonrisas, procuraba llegar con su palabra a la comprensión de aquellos
pequeñines: Tenéis todos una madre, hijos míos, aunque os falta la natural. Es una
divina mujer que está allá en el cielo y también en el altar donde digo la misa. Es
aquella que está sobre una media luna, con un manto azul, rodeado de cabecitas de niños
rosados como vosotros, y que tienen alas. Ella es amorosa, es maternal y os bendice. ¡
vuestro p adre es el padre celestial, es el buen Dios!. ¡Cómo
amaban y comprendían ellos al padre celestial a la dulce María Santa, bella
y gloriosa, imaginada por el gran Murillo! Y Lea, sobre todo, se fijaba en el buen
Dios, que estaba allá en la capilla, en un retablo, todo soberbio y venerable; un
gran anciano de barbas blancas, el Padre Eterno, que tenía los brazos abiertos sobre el
mundo, un triángulo de luz en la cabeza, los pies sobre las nuebes, lleno de ternura y de
majestad, ¡como un abuelo!. Cuando
ella iba a su lecho, pequeño y tibio como para que se echase en él una paloma, pensaba
en todos los bienes de que se gozaba por el abuelo del cielo, el de la capilla, el que
había creado el azul, los pájaros, la leche, las muñecas, la casulla del cura, y la
hermana Adela que la persignaba y arrullaba a modo de una madre de verdad. Las
doce. Clara noche. La
hermana se había puesto a rezar: Por la guerra. Porque nos quites ¡oh, Dios mío! Esta
horrible tormenta. ¡Porque cese la furia de los hombres malos! ¡Porque respeten nuestra
capilla, nuestra bandera con su cruz!. La
bandera estaba ya puesta desde el principio de la toma de ciudad, en lo alto del hospicio.
La guerra era la más sangrienta y espantosa que había visto el país, se sabía de
saqueos, de incendios, de violaciones, de asesinatos horrorosos. Las hermanas de la
caridad que dirigían el hospicio habían pedido a los devastadores que se les respetase
con sus niños. Así se les había ofrecido. Habían colocado, pues, su bandera: una gran
bandera blanca con una cruz roja. Cuando
al caer la tarde, la hermana Adela supo la noticia de que había bombardeo, a la hora del
chocolate dijo a todos los chiquillos: Hijos mios, oremos. Siempre oraban antes de comer.
De pronto se empezaron a oir lejanos cañonazos. Todos los niños estaban alegres en la
mesa, menos Lea. A poco le dijo a la hermana: ¿Oye, hermana? Truena. Otra dijo: Es la
guerra. La hermana volvió a ordenar: Niños míos, oremos. A
lo lejos se oían gritos, ruido de gentes en lucha; retumbaba la voz del bronce. Arriba,
en el cielo, en la pureza del azul infinito, una luna clara y argentina, en todo su
esplendor, derramaba su luz; pálida, indiferente, alumbraba las miserias de la tierra. ¡Dios
te salve, María, llena eres de gracia!... Ya se había levantado, a media noche, la
hermana Adela, cuando vio caer la primera bomba en el patio del hospicio. ¡El bombardeo!
Luego esos bandidos, esos herodes, sacrificarían en su furia y en su venganza a los
inocentes. Pasaban con ruido siniestro e infernal, las granadas en el aire. La bandera con
la cruz que estaba sobre el hospicio, era como una pobre y grande ave ideal, delante del
espantoso proyectil del bronce inicuo. Allá, no lejos, se oían estallar las bombas y
vibrar tristemente los ayes de los heridos. Una, ora casa, se envolvía en llamas. El
cielo reflejaba el incendio, Dios te Salve, María ... La hermana Adela fue y vio las
camas de los niños donde en cada una de ellas, alentaba una delicada flor de infancia,
llena de aroma divino. Abrió
una ventana y vió como por la calle iban en larga carrera gentes sangrientas y
desesperadas, soldados heridos que desfallecían, mujeres desmelenadas con sus hijos en
los brazos, a la luz implacable del incendio. Entonces
fue cuando empezaron a caer granadas en el recinto en que dormían los niños. ¡Que
respeto a la bandera santa! ¡Que curz roja! ¡Que la inocencia! Cayó la primera y
saltaron dos camitas despedazadas, dos niños muertos en su sueño. Y siguieron cayendo en
lluvia tremenda las criminales; y la hermana Adela gemía, porque la muerte no viene nunca
así para los pobres inocentes y por eso era como un olvido del cielo para con las rosas
vivas que perfumaban aquellas cunas-nidos. Despertaron los chicos al estruendo y se
pusieron a llorar, en tanto que la hermana oraba con su rosario en la mano. Granada tras
granada, el edificio se iba destruyendo por partes. Al fin se incendió el hospicio. Locas
todas las guardianas y maestras de los niños quisieron salvar a los que pudieron tomar en
brazos, azorados en su súbito despertar, soñolientos y desnudos. La
hermana Adela corrió a la camita de Lea, donde ya la niña estaba de rodillas, orando al
señor anciano de la capilla, que era tan bueno, que hizo el sol y la leche y las frescas
flores de mayo; orado por aquello que no comprendía, por aquella tempestad de fuego, por
aquella sangre, por aquellos gemidos... Oh, el buen Dios no permitiría que
fuese así, como ella se lo r ogase... Pero
al acercarse la hermana Adela, que la iba a socorrer, cayó cerca otra bomba que hirió a
la religiosa, ensangrentando su traje de algodón azul y su corneta de lino blanco. Con
los ojos abiertos en redondo, poseída de algo sobrehumano, la pequeña Lea se alzó de
pronto sobre su colchón, y con una voz que helaría de espanto a un hombre de piedra,
exclamó retorciendo sus bracitos y mirando hacia arriba: -
¡Oh, buen Dios! ¡No seas malo!... Fin.
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