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CUENTO
DE PASCUA |
Una noche deliciosa, en verdad...El
réveillon en ese hotel lujoso y elegante, donde tanta belleza y fealdad cosmopolita se
junta , en la competencia de las libras, los dólares , los rublos, los pesos y los
francos. Y con la alegría del champagne y la visión de blancores rosados, de
brillos, de gemas. La música luego, discreta , a lo lejos...
No recuerdo bien quién fue el que me condujo a aquel grupo de damas, donde florecían la
yanqui, la italiana, la argentina...Y mi asombro encantado ante aquella otra seductora y
extraña mujer, que llevaba al cuello, por todo adorno, un estrecho galón rojo...
Luego, un diplomático que llevaba un nombre ilustre me presentó al joven alemán
políglota, fino, de un admirable don de palabra, que iba, de belleza en belleza, diciendo
las cosas agradables y ligeras que placen a las mundanas.
-M. Wolfhart me había dicho el ministro-.Un hombre amenísimo.
Conversé largo rato con el alemán, que se empeño que hablásemos en castellano y, por
cierto, jamás he encontrado un extranjero de su nacionalidad que lo hablase tan bien. Me
habló de amigos comunes y de sus aficiones ocultistas. En Buenos Aires había tratado a
un gran poeta y a un mi antiguo compañero, en una oficina pública, el excelente amigo
Patricio... En Madrid... Al poco rato teníamos las más cordiales relaciones. En la
atmósfera de elegancia del hotel llamó mi atención la señora que apareció un
poco tarde, y cuyo aspecto evocaba en mi algo de regio y de elegante a la vez. Como yo
hiciese notar a mi interlocutor mi admiración y mi entusiasmo, Wolfhart me dijo por lo
bajo sonriendo de cierto modo:
!Fíjese usted! ¡Una cabeza histórica! ¡Una cabeza histórica!
Me fijé bien. Aquella mujer tenía por el perfil, por el peinado , si
no con la exageración de la época, muy semejante a las coiffures á la Cléopatre, por
el aire, por la manera y, sobre todo, después que me intrigara tanto un
galón rojo que llevaba por único adorno en el cuello, tenía, digo, un parecido tan
exacto con los retratos de la reina Maria Antonieta, que por lo largo permanecí
contemplándola en silencio. ¿ En realidad, era una cabeza histórica? Y tan histórica
por la vecindad... A dos pasos de allí, en la plaza de la Concordia... Sí, aquella
cabeza que se peinara a la circasiana, à la Belle-Poule, al casco inglés, al gorro de
candor, á la queue en flambeau d amour, a la chien couchant,
à la Diane, a las tantas cosas más, aquella cabeza...
Se sentó la dama a un extremo del hall, y la única persona con quien hablara fue
Wolfhart, y hablaron, según me pareció, en alemán . Los vinos habían puesto en mi
imaginación su movimiento de brumas de oro, y alrededor de la figura de encanto y de
misterio hice brotar un vuelo de suposiciones exquisitas. La orquesta, con las
oportunidades de la casualidad, tocaba una pavana. Cabelleras empolvadas, moscas asesinas,
trianones de realizados ensueños, galantería pomposa y libertinaje encintado de poesía,
tantas imágenes adorables, tanta gracia sutil o pimentada, de página de memoria, de
anécdotas, de correspondencia, de panfleto... Me venían al recuerdo versos de los más
lindos escritos con tales temas, versos de Montesquiou-Fezensac, de Régnier, los
preciosos poemas italianos de Lucini . . . Y con la fantasía
dispuesta, los cuentos milagrosos, las materializaciones estudiadas por los sabios de los
libros arcanos, las posibilidades de la ciencia, que no son sino las concesiones a un enig
nb ma cada día más hondo, a pesar de todo . . . La fácil
excitabilidad de mi cerebro estuvo pronto en acción. Y , cuando después de salir de mis
cogitaciones, pregunté al alemán el nombre de aquella dama, y él me embrollo la
respuesta, repitiendo tan sólo lo de lo histórico de la cabeza, no quede ciertamente
satisfecho. No creí correcto insistir; pero como siguiendo en la charla yo
felicitase a mi flamante amigo por haber en Alemania tan admirables ejemplares de
hermosura, me dijo vagamente:
- No es de Alemania. Es de Austria.
Era una belleza austríaca... Y yo buscaba la distinta semejanza de detalle con los
retratos de Kurcharsky, de Riotti, de Boizot, y hasta con las figuras de cera de los
sótanos de museo Grevin...
Es temprano aún -me dijo Wolfhart, al dejarle en la puerta del hotel en que
habitaba-. Pase usted un momento, charlaremos algo más antes de mi partida. Mañana me
voy de Paris, y quien sabe cuándo nos volveremos a encontrar. Entre usted. Tomaremos, a
la inglesa, un whisky and-soda y le mostraré algo interesante.
Subimos a su cuarto por el ascensor. Un valet nos hizo llevar el bebedizo británico, y el
alemán sacó un cartapacio lleno de viejos papeles. Había allí un retrato antiguo,
grabado en madera.
-He aquí me dijo-, el retrato de un antecesor mío, Theobald Wolfhart, profesor de
la Universidad de Heidelberg. Este abuelo mío fue posiblemente un poco brujo, pero de
cierto, bastante sabio. Rehizo la obra de Julius Obsequens sobre los prodigios, impresa
por Aldo Manucio, y publicó un libro famoso, el Prodigiorum ac ostentorum
chronicon, un infolio editado en Basilea , en 1557. Mi antepasado no lo publicó con su
nombre, sino bajo el pseudónimo de Conrad Lycosthenes.
Theobald Wolfhart era un filósofo sano de corazón, que, a mi entender, practicaba la
magia blanca. Su tiempo fue terrible, lleno de crímenes y desastres. Aquel moralista
empleó la revelación para combatir las crueldades y perfidias, y expuso a las gentes,
con ejemplos extraordinarios, cómo se manifiestan las amenazas de lo invisible por medio
de signos de espanto y de incomprensibles fenómenos. Un ejemplo será la aparición del
cometa de 1557, que no duró sino un cuarto de hora, y que anunció sucesos terribles.
Signos en el cielo, desgracias en la tierra. Mi abuelo habla de ese cometa que él vio en
su infancia y que era enorme, de un color sangriento, que en su extremidad se tornaba del
color del azafrán . Vea usted esta estampa que lo representa, y su explicación por
Lycosthenes. Vea usted los prodigios que vieron sus ojos. Arriba hay un brazo armado de
una colosal espada amenazante, tres estrellas brillan en la extremidad, pero la que está
en la punta es la mayor y más resplandeciente. A los lados hay espadas y puñales, todo
entre un círculo de nubes, y entre esas armas hay unas cuantas cabezas de hombres. Más
tarde escribía sobre tales fantásticas maravillas Simon Goulard, refiriéndose al
cometa: Le regard d´icelle donna telle frayeur a plusieurs qu´aucuns en mourorent;
autres tombérent malades. Y Petrus Greusserus, discipulo de Lichtenberg el
astrólogo- dice un autor, que habiendo sometido el fenómeno terrible a las reglas de su
arte, sacó las consecuencias naturales, y tales fueron los pronósticos, que los
espíritus más juiciosos padecieron perturbación durante más de medio siglo. Si
Lycosthenes señala los desastres de Hungría y de Roma, Simon goulard habla de las
terribles asolaciones de los turcos en tierra húngara, el hambre en Suabia, Lombardía y
Venecia, la guerra en Suiza, el sitio de Viena en Austria, sequía en Inglaterra, desborde
del océano en Holanda y Zelanda y un terremoto que duró ocho días en Portugal.
Lycosthenes sabía muchas cosas maravillosas. Los peregrinos que retornaban de Oriente
contaban visiones celestes. ¿No se vio en 1480 un cometa en Arabia, de apariencia
amenazante y con los atributos del Tiempo y de la Muerte? A los fatales presagios
sucedieron las devastaciones de Corintia, la guerra en Polonia. Se aliaron Ladislao y
Matías el Huniada. Vea usted este rasgo de un comentador: Las nubes tienen sus
flotas como el aire sus ejércitos; pero Lycosthenes, que vivía en el centro de
Alemania, no se asienta sobre tal hecho. Dice que en el año 114 de nuestra era,
simulacros de navíos se vieron entre las nubes. San Agobardo, obispo de Lyon, está más
informado. El sabe a maravilla a qué región fantástica se dirigen esas ligeras naves.
Van al país de Magonia, y sólo por reserva el santo prelado no dice su
itinerario.
Esos barcos iban dirigidos por los hechiceros llamados tempestarii. Mucho más podría
referirle, pero vamos a lo principal. Mi antecesor llegó a descubrir que el cielo y toda
la atmósfera que nos envuelve están siempre llenos de esas visiones misteriosas, y con
ayuda de un su amigo alquimista llegó a fabricar un elixir que permite percibir de
ordinario lo que únicamente por excepción se presenta a la mirada de los hombres. Yo he
encontrado ese secreto concluyó Wolfhart-, y aquí, agregó sonriendo, tiene usted
el milagro en estas pastillas comprimidas. ¿Un poquito más de shisky?
No había duda de que el alemán era hombre de buen humor y aficionado, no solamente al
alcohol inglés, sino a todos los paraísos artificiales. Así me parecía ver en la caja
de pastillas que me mostraba, algún compuesto de opio o de cáñamo indiano.
-Gracias -le dije-, no he probado nunca, ni quiero probar el influjo de la droga
sagrada. Ni haschis, ni el veneno de Quincey...
-Ni una cosa, ni otra. Es algo vigorizante, admirable hasta para los menos nerviosos.
Ante la insistencia y con el último sorbo de whisky, tomé la pastilla, y me despedí. Ya
en la calle, aunque hacía frío, noté que circulaba por mis venas un calor agradable. Y
olvidando la pastilla, pensé en el efecto de las repetidas libraciones. Al llegar a la
plaza de la Concordia, por el lado de los Campos Elíseos, noté que no lejos de mi
caminaba una mujer. Me acerqué un tanto a ella y me asombré al verla a aquellas horas, a
pie y soberbiamente trajeada, sobre todo cuando a la luz de un reverbero vi su gran
hermosura y reconocí en ella a la dama cuyo aspecto me intrigase en el réveillon: la que
tenía por todo adorno en el cuello blanquísimo un fino galón rojo, rojo como una
herida. Oí un lejano reloj dar unas horas. Oí la trompa de un automóvil. Me sentía
como poseído de extraña embriaguez. Y, apartando de mi toda la idea de suceso
sobrenatural, avancé hacia la dama que había pasado ya el obelisco y se dirigía del
lado de las Tullerías.
-Madame le dije-, madame...
Había comenzado a caer como una vaga bruma, llena de humedad y de frío, y el fulgor de
las luces de la plaza aparecía como diluido y fantasmal. La dama me miró al llegar a un
punto de la plaza; de pronto, me apareció como el escenario de un
cinematógrafo.
Había como apariencias de muchas gentes en un ambiente como el de los sueños, y yo no
sabía decir la manera con que me sentí como en una existencia a un propio tiempo real y
cerebral. .. Alcé los ojos y vi en el fondo opaco del cielo las mismas figuras que
en la estampa del libro de Lycosthenes, el brazo enorme, la espada enorme, rodeados de
cabezas. La dama, que me había mirado, tenía un aspecto tristemente fatídico, y, cual
por la obra de un ensalmo, había cambiado de vestiduras, y estaba con una especie de
fichú cuyas largas puntas le caían por delante; en su cabeza ya no había el peinado á
la Cléopatra, sino una pobre cofia bajo cuyos bordes se veían los cabellos
emblanquecidos. Y luego, cuando iba a acercarme más, percibí a un lado como una carreta,
y una desdibujadas figuras de hombres con tricornios y espadas y otras con picas. A otro
lado un hombre a caballo, y luego una especie de tablado... ¡Oh, Dios, naturalmente!: he
aquí la reproducción de lo ya visto... ¿En mi hay reflexión aún en este instante? Si,
pero siento que lo invisible, entonces visible, me rodea. Si, es la guillotina. Y, tal en
las pesadillas, como si sucediese, veo desarrollarse -¿he hablado ya de cinematógrafo?-
la tragedia... Aunque por no sé cuál motivo no puedo darme cuenta de los detalles, vi
que la dama me miró de nuevo, y el fulgor color de azafrán que brotaba de la
visión celeste y profética, brazo, espadas, nubes y cabezas, vi cómo caía, bajo el
hacha mecánica, la cabeza de aquella que poco antes, en el salón del hotel, me admiraba
con su encanto galante y real, con su aire soberbio, con su cuello muy blanco, adornado
con un único galón color de sangre.
¿Cuánto tiempo duró aquel misterioso espectáculo? No lo sabría decir, puesto que ello
fue bajo el imperio desconocido en que la ciencia anda a tientas; el tiempo en que el
ensueño no existe, y mil años, según observaciones experimentales, pueden pasar en un
segundo. Todo aquello había desaparecido, y, dándome cuenta del lugar en donde me
encontraba, avancé siempre hacia el lado de las Tullerías. Avancé y me vi entre el
jardín, y no dejé de pensar rapidísimamente cómo era que las puertas estaban abiertas.
Siempre bajo la bruma pálida de aquellas nocturnas horas, seguí adelante. Saldré, me
dije, por la primera puerta del lado de la calle Rivoli, que quizás esté también
abierta... ¿Cómo no ha de estar abierta?... ¿Pero era o no era aquel jardín el de las
Tullerías? Árboles, árboles de obscuros ramajes en medio del invierno... Tropecé al
dar un paso con algo semejante a una piedra, y me llené, en medio de mi casi
inconsciencia, de una sorpresa pavorosa, cuando escuché un ¡ay! semejante a una queja,
parecido a una palabra entrecortada y ahogada; una voz que salía de aquello que mi pies
había herido, y que era, no una piedra, sino una cabeza. Y alzando hacia el cielo la
mirada vi la faz de la luna en el lugar en que antes la espada formidable, y allí estaban
las cabezas de la estampa de Lycosthenes. Y aquel jardín, que se extendía vasto cual una
selva, me llenó del encanto grave que había en su recinto de prodigio. Y a través de
velos de ahumado oro refulgía tristemente en lo alto la cabeza de la luna. Después me
sentí como en una certeza de poema y de libro santo, y, como por un motivo incoherente,
resonaban en la caja de mi cerebro las palabras: !Última hora! ¡Trípoli! ¡La
toma de Pekín!, leídas en los diarios del día. Conforme con mis anhelos de lo
divino, experimentando una inexpresable angustia, pensé: !Oh, Dios! ¡Oh, Señor!
¡Padre nuestro!...
Volví la vista y vi a un lado, en una claridad dulce y dorada, una forma de lira, y sobre
la lira una cabeza igual a la del Orfeo de Gustave Moreau, del Luxemburgo. La faz
expresaba pesadumbre, y alrededor había como un movimiento de seres, de los que se llaman
animados porque sus almas se manifiestan por el movimiento, y de los que se llaman
inanimados porque su movimiento es íntimo y latente. Y oí que decía, según me
ayuda mi recuerdo, aquella cabeza: !Vendrá, vendrá el día de la concordia, y la
lira será entonces consagrada en la pacificación! Y cerca de la cabeza de Orfeo vi
una rosa milagrosa, y una hierba marina, y que iba avanzando hacia ella una tortuga de
oro.
Pero oí un gran grito al otro lado. Y el grito, como el de un coro, de muchas voces. Y a
la luz que os he dicho, vi que quien gritaba era un árbol, uno de los árboles coposos,
llenos de cabezas por frutos, y pensé que era el árbol de que habla el libro sagrado de
los musulmanes. Oí palabras en loor de la grandeza y omnipotencia de Alá. Y bajo el
árbol había sangre.
Haciendo un esfuerzo, quise ya no avanzar, sino retroceder a la salida del jardín, y vi
que por todas partes salían murmullos, voces, palabras del innumerables cabezas que se
destacaban en la sombra como aureoladas, o que surgían entre los troncos de los árboles.
Como acontece en los instantes dolorosos de algunas pesadillas, pensé que todo lo que me
pasaba era un sueño, para disminuir un tanto mi pavor. Y, en tanto, pude reconocer una
temerosa y abominable cabeza asida por la mano blanca de un héroe, asida de su movible e
infernal toisón de serpientes: la tantas veces maldecida cabeza de Medusa. Y de un brazo,
como de carne de oro de mujer, pendía otra cabeza, una cabeza con barba ensortijada y
oscura, y era la cabeza del guerrero Holofernes. Y la cabeza de Juan Bautista; y luego,
como viva, de una vida singular, la cabeza del Apóstol que en Roma hiciera brotar el agua
de la tierra; y otra cabeza que Rodrigo Díaz de Vivar arrojó, en la cena de la venganza,
sobre la mesa de su padre.
Y otras que eran la del rey Carlos de Inglaterra, y la de la reina María Estuardo... Y
las cabezas aumentaban, en grupos, en amontonamientos macabros, y por el espacio pasaban
relentes de sangre y de sepulcro; y eran las cabezas hirsutas de los dos mil halconeros de
Bayaceto; y las de las odaliscas degolladas en los palacios de los reyes y potentados
asiáticos; y la de los innumerables decapitados por su fe, por el odio, por la ley de los
hombres; las de los decapitados de las hordas bárbaras, de las prisiones y de las torres
reales, las de los Gengiskanes, Abdulhamides y Behanzines...
Dije para mí: ¡Oh mal triunfante! ¿Siempre seguirás sobre la faz de la tierra? ¿Y
tú, París, cabeza del mundo, serás también cortada con hacha, arrancada de tu cuerpo
inmenso?
Cual si hubiesen sido escuchadas mis interiores palabras, de un grupo en que se veía la
cabeza de Luis XVI, la cabeza de la princesa de Lamballe, cabezas de nobles y cabezas de
revolucionarios, cabezas de santos y cabezas de asesinos, avanzó una figura episcopal que
llevaba en sus manos su cabeza, y la cabeza del mártir Dionisio, el de las Galias,
exclamó:
-¡En verdad os digo, que Cristo ha de resucitar!
Y al lado del apostólico decapitado vi a la dama del hall del hotel, a la dama austríaca
con el cuello desnudo; pero en el cual se veía, como un galón rojo, una herida
purpúrea, y María Antonieta dijo:
-¡ Cristo ha de resucitar!
Y la cabeza de Orfeo, la cabeza de Medusa, la cabeza de Holofernes, la cabeza de Juan y la
Pablo, el árbol de cabezas, el bosque de cabezas, la muchedumbre fabulosa de cabezas, en
el hondo grito, clamó: -¡Cristo ha de resucitar! ¡ Cristo ha de resucitar!...
-Nunca es bueno dormir inmediatamente después de comer concluyó mi buen amigo el
doctor.
Tomado del
Libro Rubén Darío, Cuentos Completos, tercera edición de la Editorial Nueva
Nicaragua.
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