Por la montaña hagiográfica de los
Bolandistas, por el vergel primitivo y paradisíaco del Cavalca, por los jardines
áureos de Jacobo de Vorágine, aún por el huerto de Croiset, encuentran las almas que
las buscan, flores muy peregrinas y exquisitas.
¡Así las encontrará el vasto espíritu
de Hello!
Como el monje de la leyenda, escuchamos,
si lo queremos, un ruiseñor que nos hace vivir mil años por trino. Oíd cantar al
pájaro celestial, hoy día del patrono de Buenos Aires, y caminando contra la corriente
de los siglos, vamos a Panonia, a Saborie, en tiempos imperiales.
He ahí a Martín, niño del Señor,
desde que sus pupilas ven el sol. Su santidad desde el comienzo de su vida le aureola de
gracia, y el Espíritu pone en su corazón una llama violenta, y en su voluntad un rayo.
Así el Cristo se revela en esa infancia,
que a los diez años siente como nacer un lirio en sus entrañas.
-¡Por Apolo! ¡Por Hércules! grita el tribuno legionario- Este pequeño y vivo
león despedaza mis esperanzas!
Pues el niño fuese del hogar pagano, y buscó la miel y el lino del catecúmeno.
La madre gentil háblale de las rosas que
van a florecer, de las flautas que han de resonar mañana, del alba epitalámica. El
infante no escucha la voz maternal, sonríe porque oye otra voz que viene de una lira
invisible y angélica.
Aún la pluma suave del bozo está
brotando y el adolescente es llamado por la trompeta de la tropa. Voz imperial. Va el
joven a caballo; sobre el metal que cubre su cabeza soberbia, veríais con ojos
misteriosos y profundos el tenue polvo de aurora que el Señor pone, en halo sublime, a
sus escogidos. Va primero entre las legiones de Constancio; luego hará piafar su bestia
por Juliano. Y esos labios, bajo el sol, no se desalteran sino con los diamantes de las
fuentes.
Nada para él de Dionisio; nada de Venus.
Y en aquella carne de firme bronce está incrustada la margarita de la castidad. Las manos
no llevan coronas a las cortesanas; asen el aire a veces, como si quisiesen mortificarse
con espinas, o apretar, con deleite, carbones encendidos.
Amiens, en hora matinal. Del cielo
taciturno llueve a agujas el frío. El aire conduce sus avispas de nieve. ¿Quién sale de
su casa a estas horas en que los pájaros han huido a sus conventos? En los tejados no
asomaría la cabeza de un solo gato. ¿Quién sale de su casa a éstas horas? De su cueva
sale la Miseria. He aquí que cerca de un palacio rico, un miserable hombre tiembla al
mordisco del hielo. Tiene hambre el prójimo que está temblando de frío. ¿Quién le
socorrería? ¿Quién le dará un pedazo de pan?
Por la calle viene al trote un caballo, y
el caballero militar envuelto en su bella capa.
Ah, señor militar, una limosna por amor de Dios!
Está tendida la diestra entumecida y violenta. El caballero ha detenido la caballería.
Sus manos desoladas buscan en vano en sus bolsillos. Con rapidez saca la espada. ¿Qué va
a hacer el caballero joven y violento? Se ha quitado la capa rica, la capa bella; la ha
partido en dos, ha dado la mitad al pobre! Gloria, gloria a Martín, rosa de Panonia.
Deja, deja, joven soldado, que en la
alegre camaradería se te acribille de risas. Lleva tu capa corta, tu media capa. Martín
está ya en el lecho. Martín reposa. Martín duerme. Y de repente truenan como un trueno
divino los clarines del Señor, cantan las arpas paradisíacas. Por las escaleras de oro
del Empíreo viene el Pobre, viene N.S.J.C., vestido de esplendores y cubierto de
virtudes; viene a visitar a martín que duerme en su lecho de militar. Martín mira al
dulce príncipe Jesús que le sonríe.
¿Qué lleva en las manos el rey del amor? Es la mitad de la capa, buen joven soldado.
Y al cortejo angélico dice Jesucristo:
- Martín, siendo aún catecúmeno, me ha cubierto con este vestido.
Martín, cristiano, quiere abandonar las obras de la guerra. Su corazón columbino no ama
las hecatombes. Ama la sangre del Cordero: el balido del cordero conmuévele en el fondo
de su ser más que cien bocinas cesáreas. Se oye el tronar de los galopes bárbaros.
El Apóstata temeroso oye el galope de los caballos bárbaros. Así, reúne el ejército y
señalando el amago de los furiosos enemigos, proclama que es preciso resistir hasta la
victoria: a cada soldado ofrece su parte de oro.
Mas al llegar Martín, Juliano no oculta su sorpresa al ver que el joven militar pide por
el oro la licencia.
Dice Juliano:
- Pésanme tus palabras, pues nunca creí que en ti tuviera nido la cobardía!
Martín responde :
-Asegúreseme hasta el día de la función: póngaseme entonces delante de las primeras
filas sin otras armas que la señal de la cruz y entonces se verá si temo a los enemigos
ni a la muerte.
No llegaron los bárbaros: partieron como un río que desvía su curso. Y Martín entró
de militar de Dios.
En Poitiers está Hilario obispo; con él Martín. Hilario se maravilla de tan puro oro
espiritual. Hilario júzgale llamado a morar altamente entre las azucenas celestes. Es
humilde, es casto, es amoroso.
-Diácono has de ser ya dice Hilario.
Y él se niega a la jerarquía.
-Pues serás exorcista, terrible enemigo del demonio! replícale la santa
voluntad
episcopal.
De tal guisa el Bajísimo tuvo siempre como una de las más poderosas torres de virtud, de
fortaleza y de templanza al bueno y bravo Martín, el de la capa del pobre.
Entre las nieves alpinas. Va Martín, por mandato del Señor, a ver a sus padres, aún
gentiles, y convertirlos al cristo. De las rocas y nieves en donde tienen sus
habitáculos, surgen bandidos: uno va a dar muerte al peregrino; otro le salva la vida.
- ¿Quién eres? pregunta el capitán.
- Hijo de Cristo.
- ¿Tienes miedo?
- Jamás le tuve menos, pues el Señor asiste en los peligrosos.
Y el pregrino de cándida alma y de fragante corazón de rosa, trueca al ladrón en monje.
No puede, ya en Hungría, traer el cristianismo a su madre sí fue por él cristiana. La
semilla de Arrio se propagaba; y árbol ya, florecía: Martín opuso su fuego contra los
arrianos. Se le azota, se le destierra. Échanle de Milán los arrianos. ¿A dónde va?
A una isla del Tirreno, en donde comunica con las aves, se sustenta de yerbas, y tiene con
las olas confidencias sublimes. Las olas le celebraban su cabello en tempestad, su
desdén de las pompas mundanas, su manera de hablar que era como para entenderse con las
olas o tórtolas. Atácole el diablo en la isla envenenándole; y él se salvó de la
ponzona con la oración.
Otra vez en las Galias el santo monje, entre monjes, ejerce su caridad y Dios obra en su
feliz taumaturgia. Volvió a la vida a un catecúmeno. Y, cosa teologal y profunda, que
hace estremecerse a los doctores: suspendió el juicio de Dios, volviendo a la vida a un
suicida, hijo de Lupiciano, caballero de valía.
Luego, hele ahí obispo de tours: el humilde es puesto por la fuerza en la dignidad. Y
entonces acrecieron su fe, su esperanza y su caridad. Y el milagro tuvo una primavera
nueva: dominó su gesto a una encina; a un pobre atacado del mal sagrado de la lepra, dio
un beso de paz y le sanó; todo lo que tocaba se llenaba de virtud extraordinaria y
esotérica. Valentino y Justina supieron cómo Martín podía hacer brotar el fuego de
Dios.
A Canda va, a calmar la iglesia agitada. Llega y su palabra triunfa de las revueltas. Mas
cae en su lecho; con cilicio y ceniza y de cara al Cielo, aguarda el instante
del vuelo a Dios.
-Sobre la ceniza decía- se ve morir un cristiano.
Aún en la agonía quiso el Bajísimo atreverse ante tanta virtud.
Su voz ahuyentó la potestad de las tinieblas. Fueron sus últimos conceptos:
-Dejadme, hermanos míos, dejadme mirar al Cielo, para que mi alma, que va a ver a Dios
tome de antemano el camino que conduce a él.
De su cuerpo brotó luz de oro y aroma de rosas. Severino en Colonia y Ambrosio en Milán
tuvieron revelación de su paso a la otra vida.
Tal es, más o menos, la leyenda de San Martín, obispo de Tours, patrono de Buenos Aires,
confesor y pontífice de Dios, beati Martín confesoris tui atque pontificis, como reza la
oración; a quien la Iglesia romana celebra el 11 de noviembre, y cuya vida detallada
podéis leer escrita en latín por el hagiógrafo Severo Sulpicio.
Tomado del
Libro Rubén Darío, Cuentos Completos, tercera edición de la Editorial Nueva
Nicaragua.
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