Un hombre alegre vende los ataúdes en el
almacén de la calle cercana. Suele decir a los compradores unas bromas muy a tiempo que
le han hecho el más popular de los fúnebres comerciantes.
Ya sabéis que la alfombrilla ha
devastado en medio mes todo un mundo de niños en ciudad. ¡Oh, ha sido horrible!
Imaginaos que la muerte, cruel y dura, ha pasado por los hogares arrancando las flores.
Ese día la lluvia amenazaba caer. Las
nubazones plomizas se amontonaban en la enorme forma de las vastas humaredas. El aire
húmedo soplaba dañino desparramando toses, y los pañuelos de seda o lana envolvían los
pescuezos de las gentes higiénicas y ricas. ¡Bah! El pobre diablo tiene el pulmón ancho
y sano. Se le da poco que una ráfaga helada le ataque, o que el cielo le apedree con sus
granizos las espaldas desnudas y morenas por el sol de verano. ¡Bravo roto! Su pecho es
roca para el mordisco de la brisa glacial, y su gran cabeza tosca tiene dos ojos siempre
abiertos soberbiamente a la casualidad, y una nariz que así aspira el miasma como el
viento marino oloroso a sal, que fortifica el pecho.
¿A dónde va ña Nicasia?
Hela ahí que pasa con la frente baja, arropada en su negro manto de merino basto.
Tropieza a veces y casi se cae, así va andando ligero.
¿A dónde va ña Nicasia?
Camina, camina, camina, no saluda a los conocidos que la ven pasar, y parece que su barba
arrugada, lo único que se advierte entre la negrura del tapado, tiembla.
Entró al despacho donde hace siempre sus compras, y salió con un paquete de velas en la
mano, anudando la punta de un pañuelo a cuadros donde ha guardado el vuelto.
Llegó a la puerta del almacén de cosas mortuorias. El hombre alegre la saludó con un
buen chiste :
-¡ Eh! ¿Por qué con tanta prisa, ña Nicasia? ¡Se conoce que busca el dinero!
Entonces, como si le hubiesen dicho una dolorosa palabra de esas que llegan profundamente
a conmover el alma, soltó el llanto, y franqueó la puerta. Gimoteaba, y el vendedor con
las manos por detrás se paseaba delante de ella.
Al fin pudo hablar. Le explicó lo que quería.
El niño ¡ay!, su niño, el hijo de su hija, ¡se había enfermado hacía pocos días de
una fiebre tan grande!
Dos comadres había recetado y sus remedios no habían hecho efecto. El angelito había
ido agravándose, agravándose, y por fin esta mañana se le quedó muerto en los
brazos. ¡Cuánto sufría la abuelita!
-¡ Ah!, señor, lo último que le quiero dar a mi muchachito: un cajón de aquellos; no
tan caro; debe ser forrado en azul con cintas rosadas. Luego un ramillete de flores. Yo le
pagaré al contado. Aquí está el dinero. ¿A ver?
Ya se había secado las lágrimas, y como llena de resolución súbita, se había dirigido
a escoger el pequeño ataúd. El local era estrecho y largo, como una gran sepultura.
Había aquí, allá, cajones de todos los tamaños, forrados en negro o en colores
distintos, desde los que tenían chapas plateadas, para los parroquianos ricachones del
barrio, hasta los sencillos y toscos, para los pobres.
La vieja buscaba, entre todo aquel triste
agrupamiento de féretros, uno que fuese, para ella, digno del cadavercito amado, del
nieto que estaba pálido y sin vida, en la casa, sobre una mesa, con la cabeza rodeada de
rosas y con su vestido más bonito, uno que tenía en labor gruesa, pero vistosa, pájaros
violeta, que llevaban en el pico una guirnalda roja.
Halló uno a su gusto.
- ¿Cuánto vale?
El hombre alegre, paseándose siempre con su risa imborrable:
- Vamos, que no sea usted avara, abuelita; siete pesos.
- ¿Siete pesos? ... No, no, es imposible. Vea usted: cinco traje, cinco tengo.
Y desanudaba la punta del pañuelo, donde sonaban con ruido falso las chauchas, (Moneda de
veinte centavos) febles.
- Cinco, Imposible, mi señora. Dos pesos más y es suyo. ¡Bien quería usted al nieto!
Yo lo conocí. Era vivo, travieso, diablazo. ¿No era el ruciecito?
Si, era el ruciecito, señor vendedor. Era el ruciecito, y usted le está partiendo el
corazón a esta anciana flaca y dolorida. Era el vivo, el travieso, el que ella adoraba
tanto, el que ella mimaba, lavaba y a quien le cantaba, haciéndole bailar sobre sus
rodillas, de tibias salientes, canturrias del tiempo viejo, melopeas monótonas que hacen
dormirse a los niños. ¡Era el ruciecito, señor vendedor.
- Seis.
- Siete, abuela.
- ¡ Y bien! Ahí le dejaba los cinco pesos que había traído. Después le pagaría los
otros. Era ella mujer honrada. Aunque fura preciso ayunar, le pagaría. El la conocía
bien, se lo llevó.
A trancos rápidos iba la vieja con el cajón a cuestas, agobiada, respirando grueso, el
manto desarreglado, la cabeza canosa al viento frío. Así llegó a la casa. Todos
encontraron que el cajón era muy bonito. Lo veían, lo examinaban; ¡qué precioso!, y en
tanto la anciana estaba besando al muerto, rígido sobre sus flores, con el cabello
alborotado en parte, y en parte pegado a la frente, y en los labios un vago y enigmático
rictus, como algo de la misteriosa eternidad.
Velorio no quiso la abuela. Lo quisiera tener a su niño; pero, ¡no así, no, no, que se
lo lleven!
Andaba de un lugar a otro. Las gentes del vecindario que habían llegado al duelo
charlaban en voz baja. La madre del niño, con la cabeza envuelta en un pañuelo azul,
hacía café en la cocina.
En tanto la lluvia cayó poco a poco, cernida, fina, molesta. El aire entraba por puertas
y rendijas y hacía moverse el mantel blanco de la mesa en que el niño estaba; las flores
a cada ráfaga temblaban.
El entierro debía de ser en la tarde, y ya la tarde caía. ¡Qué triste! Tarde de
invierno, brumosa, húmeda y melancólica, de esas tardes en que los rotos acomodados se
cubren los torsos gigantescos con las mantas ásperas y rayadas, y las viejas chupan el
carrizo de su mate, sorbiendo la bebida caliente que suena con borborigmos.
En la casa vecina cantaban con voz chillona un aire de zamacueca; cerca del pequeño
cadáver, un perro sacudía las moscas con las orejas, cerrando los ojos apaciblemente; y
el ruido del agua que caía a chorros escasos por intervalos, de las tejas al suelo, se
confundía con un ligero chasquido que hacía con los labios la abuela, que hablaba
consigo misma sollozando.
Tras de las nubes de la tarde opaca bajaba el sol. Acercábase la hora del entierro.
Allá viene un coche bajo la lluvia, un coche casi inservible, arrastrado por dos caballos
tambaleantes, hueso y pellejo. Chapoteando en el lodo de la calle llegaron a la puerta de
la casa mortuoria.
-¿Ya? dijo la abuela. Ella misma fue a poner el niño en el ataudecito; primero un
colchón blanco de trapos, como se cuidase de no lastimar, de que estuviese el pobre
muerto con comodidad en la negra tiniebla de la sepultura. Luego, el cuerpo; luego, las
flores, entre las que se veía la cara del niño, como una gran rosa pálida desvanecida.
Se tapó el ataúd.
Señor vendedor, el travieso, el ruciecito, ya va para el camposanto. Siete pesos costó
el cajón; cinco se pagaron adelantados: ¡Señor vendedor, la abuela, aunque ayune, le
pagará a usted los dos que le faltan ¡
Apretaba el agua; del charol del vehículo descascarado y antiguo caía en gotas sobre el
fango espeso, y los caballos con los lomos empapados humeaban por las narices, y hacían
sonar los bocados entre los dientes.
Dentro, las gentes concluían de beber café.
Tac, tac, tac, sonaba el martillo acabando de enterrar los clavos de la tapa. ¡Pobre
viejecita!
La madre debía ir sola al cementerio a dejar al muerto; la abuela le alistaba el manto.
-Cuando lo vayan a echar al hoyo, dale un beso al cajón por mí, ¿oyes?
Ya se va, ya han metido al coche el ataúd, y ha entrado también la madre.
Más y más arrecia la lluvia. ¡Help!, sonó el huascazo (Latigazo) y se fueron calle
arriba los animales arrastrando sobre la tierra su armatoste.
La vieja, entonces, ¡ella sola!, asomó, asomó la cabeza por una de las aberturas de la
pared cascada y ruinosa; y viendo perderse a lo lejos el coche maltrecho que rengueaba de
bache en bache, casi formidable en su profunda tristeza estiró al cielo opaco sus dos
brazos secos y arrugados, y apretando los puños, con un gesto terrible -¿hablaría con
alguna de vosotras, oh, Muerte, oh Providencia? exclamó-con voz que tenía de
gemido y de imprecación:
- ¡Bandida! ¡Bandida!...
Tomado del
Libro Rubén Darío, Cuentos Completos, tercera edición de la Editorial Nueva
Nicaragua.
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