Todas las mañanitas al cantar el alba,
saltaba de su pequeño lecho, como un gorrión alegre que deja el nido haciendo trompeta
con la boca, se empezó a vestir ese día, recorriendo todos los aires que echan al viento
por las calles de la ciudad los organillos ambulantes.
Se puso las grandes medias de mujer que
le había regalado una sirvienta de casa rica, los calzones de casimir a cuadros que le
ganó al gringo del hotel, por limpiarle las botas todos los días durante una semana, la
camisa remendada, la chaqueta de dril, los zapatos que sonreían por varios lados. Se
lavó en una palangana de lata que llenó de agua fresca.
Por un ventanillo entraba un haz de rayos
de sol que iluminaba el cuartucho destartalado, el catre cojo de la vieja abuela, a quien
él, Periquín, llamaba «mamá»; el baúl antiguo forrado de cuero y claveteado de
tachuelas de cobre, las estampas, cromos y retratos de santos, San Rafael Arcángel, San
Jorge, el Corazón de Jesús, y una oración contra la peste, en un marquito, impresa en
un papel arrugado y amarillo por el tiempo.
Concluido el tocado, gritó:
-¡Mamá, mi café!
Entró la anciana rezongando, con la taza llena del brebaje negro y un pequeño panecillo.
El muchacho bebía a gordos tragos y mascaba a dos carrillos, en tanto que oía las
recomendaciones:
-Pagas los chorizos donde la Braulia.
¡Cuidado con andar retozando! Pagas en la carpintería del Canche la pata de la silla,
que cuesta real y medio. ¡ No te pares en el camino con la boca abierta! Y compras la
cecina y traes el chile para el cojín. Luego, con una gran voz dura, voz de
regaño-: Antier, cuatro reales, ayer siete reales. ¡Si hoy no traes siquiera un peso,
verás qué te sucede!
A la vieja le vino un acceso de tos.
Periquín masculló, encogiéndose de hombros, un ¡caspitas!, y luego un ¡ah, sí! El
¡ah, sí! De Periquín enojaba a la abuela, y cogió su cajoncillo, con el betún, el
pequeño frasco de agua, los tres cepillos; se encasquetó su sombrero averiado y de dos
saltos se plantó en la calle trompeteando la marcha de Boulanger:
¡tee-te-re-te-te-te chín!... El sol,
que ya brillaba esplendorosamente en el azul de Dios, no pudo menos que sonreír al ver
aquella infantil alegría encerrada en el cuerpecito ágil, de doce años; júbilo
de pájaro que se cree feliz en medio del enorme bosque.
Subió las escaleras de un hotel. En la
puerta de la habitación que tenía el número I, vio dos pares de botines. Las unas, eran
de becerro común finas y fuertes, calzado de hombre; las otras, unas botitas diminutas
que subían denunciando un delicado tobillo y una gordura ascendente que hubiera hecho
meditar a Periquín, limpiabotas, si Periquín hubiera tenido tres años más. Las botitas
eran de cabritilla, forradas en seda color de rosa. El chico gritó:
-¡Lustren!
Lo cual no fue ¡sésamo ábrete! Para la puerta. Apareció entonces un sirviente del
establecimiento que le dijo riendo:
-no se han levantado todavía; son unos recién casados que llegaron anoche de la Antigua.
Limpia los del señor; a los otros no se les da lustre; se limpia con un trapo. Yo los voy
a limpiar.
El criado les sacudió el polvo, mientras
Periquín acometió la tarea de dar lustre al calzado del novio. Ya la marcha del general
Boulanger estaba olvidada en aquel tierno cerebro; pero el instinto filarmónico
indominable tenía que encontrar la salida y la encontró; el muchacho al compás del
cepillo, canturreaba a media voz: Yo vi una flor hermosa, fresca y lozana; pero dejó de
cantar para poner el oído atento. En el cuarto sonaba un ruido armonioso y femenino; se
desgranaban las perlas sonoras de una carcajada de mujer; se hablaba animadamente y
Periquín creía escuchar de cuando en cuando el estallido de un beso. En efecto, un alma
de fuego se bebía a intervalos el aliento de una rosa. Al rato se entreabrió la puerta y
apareció la cabeza de un hombre joven:
-¿Ya está eso?
-Sí, señor.
-Entra.
Entró.
Entró y, por el momento, no pudo ver nada en la semioscuridad del cuarto.
Sí sintió un perfume, un perfume tibio y «único», mezclado con ciertos efluvios de
whiterose, que brotaba en ondas tenues del lecho, una gran cama de matrimonio, donde,
cuando sus ojos pudieron ver claro, advirtió en la blancura de las sábanas un rostro
casi de niña, coronado por el yelmo de bronce de una cabellera opulenta; y unos brazos
rosados tendidos con lánguida pereza sobre el cuerpo que se modelaba.
Cerca de la cama estaban dos, tres,
cuatro grandes mundos, todo el equipaje; sobre una silla, una bata de seda plomiza con
alamares violeta; en la capotera, un pantalón rojo, una levita de militar, un kepiscon
galones y una espada con su vaina brillante. El señor estaba de buen humor, porque se
fue al lecho y dio un cariñoso golpecito en una cadera a la linda mujer.
-¡Y bien, haragana! ¿Piensas estar todo el día acostada? ¿Café o chocolate?
¡Levántate pronto; tengo que ir a la Mayoría! Ya es tarde. Parece que me quedaré aquí
de guarnición. ¡Arriba! Dame un beso.
¡Chis, chas! Dos besos. El prosiguió:
-¿Por qué no levanta a niña bonita? ¡Vamos a darle uno azote! Ella se le colgó del
cuello, y Periquín pudo ver hebras de oro entre lirios y rosas.
-¡Tengo una pereza! Ya voy a levantarme.
¡Te quedas, por fin aquí! ¡Bendito sea Dios! Maldita guerra. Pásame la bata.
Para ponérsela saltó en camisa, descalza. Estaba allí Periquín; pero qué: un
chillido. Más Periquin no le desprendía la mirada, y tenía en la comisura de los labios
la fuga de una sonrisa maliciosa. Ella se abotonó la bata, se calzó unas pantuflas,
abrió una ventana para que penetrara la oleada de luz del día. Se fijó en el chico y le
preguntó:
-¿Cómo te llamas?
-Pedro.
-¿Cuántos años tienes? ¿De dónde eres? ¿Tienes mamá y papá? ¿ y hermanitas?
¿Cuánto ganas en tu oficio todos los días?
Periquín respondía a todas las preguntas.
El capitán Andrés, el buen mozo recién, que se paseaba por el cuarto, sacó de un
rincón un par de botas federicas, y con un peso de plata nuevo y reluciente se las dio al
muchacho para que las limpiara. Él, muy contento, se puso a la obra. De tanto en tanto,
alaba los ojos y los clavaba en dos cosas que le atraían: la dama y la espada. ¡La dama!
¡Si! Él encontraba algo de sobrehumano en aquella hermosura que despedía aroma como una
flor. En sus doce años, sabia ya ciertos asuntos que le habían referido varios pícaros
compañeros. Aquella pubertad naciente sentía el primer formidable soplo del misterio.
¡Y la espada! Ésa es la que llevan los militares al cinto. La hoja al sol es como un
relámpago de acero. Él había tenido una chiquita, de lata, cuando era más pequeño.
Se acordaba de las envidias que había despertado con su arma; de que él era el grande,
el primero, cuando con sus amigos jugaba a la guerra; y de que una vez, en riña con un
zaparrastroso gordinflón, con su espada le había arañado la barriga.
Miraba la espada y la mujer. ¡Oh, pobre
niño! ¡Dos cosas tan terribles!
Salió a la calle satisfecho y al llegar a la plaza de Armas oyó el vibrante clamoreo de
los cobres de una fanfarria marcial. Entraba tropa. La guerra había comenzado, guerra
tremenda y a muerte. Se llenaban los cuarteles de soldados. Los ciudadanos tomaban el
rifle para salvar la patria, hervía la sangre nacional, se alistaban los cañones el
rifle para salvar la Patria, hervía la sangre nacional, se alistaban los cañones y los
estandartes, se preparaban pertrechos y víveres los clarines hacían oir sus voces en e y
en i ; y allá, no muy lejos, en el campo de batalla, entre humo de la lucha, se
emborrachaba la pálida Muerte con su vino rojo...
Periquín vio la entrada de los soldados, oyó la voz de la música guerrera, deseó ser
el abanderado, cuando pasó flameando la bandera de azul y blanco; y luego echó a correr
como una liebre, pensar en limpiar más zapatos en aquel día, camino de su casa. Allá le
recibió la vieja regañona:
-¿Y eso ahora? ¿Qué vienes a hacer?
-Tengo un peso repuso, con orgullo, Periquín.
-a ver. Dámelo.
El hizo un gesto de satisfacción vanidosa, tiró el cajón del oficio, metió la mano en
su bolsillo... y no halló nada. ¡Truenos de Dios! Periquín tembló conmovido: había un
agujero en el bolsillo del pantalón. Y entonces la vieja:
-¡Ah, sinvergüenza, bruto caballo, bestia! ¡Ah, infame!, ¡ah, bandido!, ¡ya vas a
ver!
Y, en efecto, agarró un garrote y le dio uno y otro palo al pobrecito:
-¡Por animal, toma! ¡Por mentiroso, toma!
Garrotazo y más garrotazo, hasta que desesperado, llorando, gimiendo, arrancándose los
cabellos, se metió el sombrero hasta las orejas, le hizo una mueca de rabia a la
«mamá» y salió corriendo como un perro que lleva una lata en la cola. Su cabeza estaba
poseída por esta idea; no volver a su casa. Por fin se detuvo a la entrada del mercado.
Una frutera conocida le llamó y le dio seis naranjas. Se las comió todas de cólera.
Después echó a andar, meditabundo, el desgraciado limpiabotas prófugo, bajo el sol que
le calentaba el cerebro, hasta que le dio sueño en un portal, donde, junto al canasto de
un buhonero se acostó a descansar y se quedó dormido.
El capitán Andrés recibió orden aquel mismo día de marchar con fuerzas a la frontera.
Por la tarde, cuando el sol estaba para caer a Occidente arrastrando su gran cauda
bermeja, el capitán a la cabeza de su tropa, en un caballo negro y nervioso, parta.
La música militar hizo vibrar las notas
robustas de una marcha. Periquín se despertó al estruendo, se restregó los ojos, dio un
bostezo vio los soldados que iban a la campaña, el fusil al hombro, la mochila a la
espalda, y al compás de la música echó a andar con ellos. Camina, caminando, llegó
hasta las afueras de la ciudad. Entonces una gran idea, una luminosísima, surgió en
aquella cabecita de pájaro. Periquín iría. ¿Adónde? A la guerra
¡Qué granizada de plomo, Dios mío! Los soldados del enemigo se batían con
desesperación y morían a puñados. Se les había quitado sus mejores posiciones. El
campo estaba lleno de sangre y humo. Las descargas no se interrumpían y el cañoneo
llevaba un espantoso compás en aquel áspero concierto de detonaciones. El capitán
Andrés peleaba con denuedo en medio de su gente. Se luchó todo el día. Las bajas de uno
y otro lado eran innumerables. Al caer la noche se escucharon los clarines que
suspendieron el fuego. Se vivaqueó. Se procedió a buscar heridos y a reconocer el campo.
En un corro, formado tras unas piedras, alumbrado por una sola vela de sebo, estaba
Periquín acurrucado, con orejas y ojos atentos. Se hablaba de la desaparición del
capitán Andrés. Para el muchacho aquel hombre era querido. Aquel señor militar era el
que le había dado el peso en el hotel; el que, en el camino, al distinguirle andando en
pleno sol, le había llamado y puesto a la grupa de su caballería; el que en el
campamento le daba de su rancho y conversaba con él.
-al capitán no se le encuentra dijo uno-. El cabo dice que vio cuando le mataron el
caballo, que le rodeó un grupo enemigos, y que después no supo más de él.
-¡A saber si está herido! agregó
otro-. ¡Y en qué noche!
La noche no estaba oscura, sí nublada; una de esas noches fúnebres y frías, preferidas
por los fantasmas, las larvas y los malos duendes. Había luna opaca. Soplaba un
vientecillo mordiente. Allá lejos, en un confín del horizonte, agonizaba una estrella,
pálida, a través de una gasa brumosa. Se oían de cuando en cuando los gritos de los
centinelas. Mientras, se conversaba en el corro. Periquín desapareció. Él buscaría al
capitán Andrés: él lo encontraría al buen señor.
Pasó por un largo trecho que había entre dos achatadas colinas, y antes de llegar al
pequeño bosque, no lejano, comenzó a advertir los montones de cadáveres. Llevaba su
hermosa idea fija, y no le preocupaba nada la sombra ni el miedo. Pero, por un repentino
cambio de ideas, se le vino a la memoria la «mamá» y unos cuentos que ella le contaba
para impedir que el chico saliese de casa por la noche. Uno de los cuentos empezaba:
«Éste era un fraile...»; otro hablaba de un hombre sin cabeza, otro de un muerto de
largas uñas que tenía la carne como la cera blanca y por los ojos dos llamas azules y la
boca abierta. Periquín tembló. Hasta entonces paró mientes en su situación. Las ramas
de los árboles se movían apenas al pasar el aire. La luna logró por fin, derramar sobre
el campo una onda escasa y espectral. Periquín vio entre unos cuantos cadáveres, uno que
tenía galones; tembloroso de temor, se acercó a ver si podía reconocer al capitán. Se
le erizó el cabello. No era él, sino un teniente que había muerto de un balazo en el
cuello; tenía los ojos desmesuradamente abiertos, faz siniestra y , en la boca, un rictus
sepulcral y macabro. Por poco se desmaya el chico. Pero huyó pronto de allí, hacia el
bosque, donde creyó oír algo como un gemido. A su paso tropezaba con otros tantos
muertos, cuyas manos creía sentir agarradas a sus pantalones.
Con el corazón palpitante,
desfalleciendo, se apoyó en el tronco de un árbol, donde un grillo empezó a gritarle
desde su hendidura:
-¡Periquín! ¡Periquín! ¡Periquín! ¿Qué estás haciendo aquí?
El pobre niño volvió a escuchar el gemido y su esperanza calmó su miedo. Se internó
entre los árboles y a poco oyó cerca de sí, bien claramente:
-¡Ay! Él era, el capitán Andrés, atravesado de tres balazos, tendido sobre un charco
de sangre. No pudo hablar. Pero oyó bien la voz trémula:
-¡Capitán, capitán, soy yo!
Probó a incorporarse; apenas pudo. Se
quitó con gran esfuerzo un anillo, un anillo de boda; y se lo dio a Periquín, que
comprendió... La luna lo veía todo desde allá arriba, en lo profundo de la noche,
triste, triste, triste...
Al volver a acostarse, el herido tuvo estremecimientos y expiró. El chico, entonces,
sintió amargura, espanto, un nudo en la garganta, y se alejó buscando el campamento.
Cuando volvieron las tropas de la
campaña, vino Periquín con ellas. El día de la llegada se oyeron en el hotel X grandes
alaridos de mujer, después que entró un chico sucio y vivaz al cuarto número I. Uno
de los criados observó asimismo que la viuda, loca de dolor. Abrazaba, bañada en llanto,
a Periquín, el famoso limpiabotas, que llegaba día a día gritando: -¡Lustren!, y que
el maldito muchacho tenía en los ojos cierta luz de placer, al sentirse abrazado, el
rostro junto a la nuca rubia, donde de un florecimiento de oro crespo, surgía un efluvio
perfumado y embriagador..
Tomado del
Libro Rubén Darío, Cuentos Completos, tercera edición de la Editorial Nueva
Nicaragua.
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