A mi vecina, sollozante, a un extremo del
salón, había recibido ya su reprimenda; más, después del consabido proceso de
familia, se sabía, o se había resuelto, que ella no era tan culpable; ¡ el culpable
principal era «este mozo que parece que anduviese por las nubes, pero que me ha de dar
muchos dolores, de cabeza»!
Yo tenía la mía inclinada; más feliz y
glorioso delincuente, guardaba aún el deslumbramiento del paraíso conseguido: un
paraíso rubio de quince años, todo rosas y lirios, y fruta de bien y de mal, del
comienzo de la vendimia, cuando la uva tiene aún entre su azúcar un agrio de delicia.
Mi padre, un tirano, seguía redoblando
su sermón...
-Porque te juzgas ya un hombre y no eres sino un mozo desaplicado... Parece que anduvieses
viendo mariposas en el aire... ¡Roberto, alza la frente, mírame bien! Te he perdonado
muchas faltas. No eres en el colegio un modelo. Tu profesor de matemáticas te declara un
asno, y yo estoy por encontrar que tiene mucha razón tu profesor de matemáticas. No
hablas casi, y cuando lo haces, hablas solo. El día en que te reprobaron, ha encontrado
tu madre, entre tus libros de estudios, versos y cartitas de amor. ¿Es esto serio? Sin
embargo, lo serio es esto otro. Tú falta de ahora merece el más severo castigo, y lo has
de tener. ¡ A esto te ha llevado el andar divagando y soñando! ¡Bonitos sueños los de
ahora! ¿Acaso estás en edad de cumplir como debe hacerlo un caballero? Yo he de
enseñarte a conocer tus deberes, con el rigor que no he empleado nunca. Yo he de
enseñarte a ser hombre de veras ¿Quieres desde ahora ser hombre? Pues a hacer obras de
hombre en verdad que andar muy lechuguino y enamoradizo y haciendo algo peor que los
versos, no es digno de quien desea ser un gentleman. Versos, y después de los versos, de
los versitos, tenemos ahora esto... ¡Bribón!
Jamás había tronado tanto.
-Es que yo me quiero casar... pude
por fin exclamar, con un modo y voz de Poil-de-Carotte afrentado.
Entonces tras una doble carcajada por lo
que dije, que debía ser muy ridículo, quien se adelantó a perorarme fue mi madre:
-¡Casarte! ¿Con que te vas a casar? ¿Con qué vas a mantener a tu mujer? ¿Es que crees
que puedes remediar la atrocidad que has hecho? ¡Me quiero casar!... ¿Has visto alguna
vez casarse a los chicos de la escuela? Pues tú no eres más que un chico de colegio. Y
tu padre tiene razón: esos mamotretos, esos versos, esos papeles inútiles, son la causa
de todo. Por eso no estudias y pasas el día de ocioso. Y la pereza es la madre de todos
los vicios. Lo que acabas de hacer es obra de la pereza, pues si en algo útil te
ocuparas, no tendrías malos pensamientos... Y lo cierto es que nuestra extremada bondad
para contigo, te ha hecho ir cada día de mal en peor. ¡Al campo debías haber ido, a
trabajar al campo! ¿No quieres seguir una carrera? ¡Al campo! Tu padre pensaba muy bien
cuando te quiso dedicar al comercio... tú te encaprichaste, y después de mucho rogarte
yo, te decidiste al estudio, y me ofreciste ser abogado... ¿Qué has hecho? No eres ni
bachiller. ¡Me quiero casar! ¿Y qué van a comer en tu casa? Porque debes tener casa. El
casado casa quiere. ¡Casado a los dieciséis! ¿Qué vais a comer tú y tu mujer?
¿Versos, flores, estrellas? ...Y me vas a echar al fuego ahora mismo toda esa
papelería... y entrégame las cartas que te haya escrito esa deschavetada... y alístate,
porque te vas al campo, sin remedio, a trabajar a una hacienda, para que seas hombre de
veras... ¿Quieres desde ahora ser hombre? ¡A trabajar como hombre, pues! ¡Bribón!.
Y el paternal trueno: -¡Bien dicho!
Tú lo sabes, divina Primavera, y tú, imperial Aurora, si era yo en realidad el atroz
personaje pintado por las palabras de mis padres. Pues era el tiempo primaveral y auroral
mío, y en mi cuerpo y en mi alma florecía, en toda su magnificencia, la gracia de la
vida y del amor. Mis sueños poéticos habían ya tendido sus palios de azur, sus tiendas
de oro maravilloso. Mis visiones eran mañanas triunfales, o noches de seda y aroma al
claro plenilunar; mi astro, Venus; mis aves, pavones fabulosos o líricos ruiseñores; mi
fruta, la manzana simbólica o la uva pagana; mi flor, el botón de rosa: pues lo soñaba
decorando eminente los senos de nieve de las mujeres; mi música, la pitagórica, que
escuchaba en todas partes: Pan; mi anhelo, besar, amar, vivir; mi ideal encarnado, la
rubia a quien había un día sorprendido en el baño, Acteón adolescente delante de mi
blanca diosa, silencioso, pero mordido por los más furiosos perros del deseo. Sí, yo era
el facineroso de la vida, el bandido del alba; sí, padre y madre míos, teníais razón
de relampaguear delante de mis dieciséis años, pues estaba en la víspera de entrar a
saco a Abril, de hacer la carnicería de Mayo, y de celebrar el triunfo de la juventud y
del amor, la gloria omnipotente del sexo, con todas las vibrantes dianas de mi sangre. Y
en tanto que escuchaba vuestros reproches, bajo la tempestad de vuestro regaño, miraba
flamear como un estandarte real la más opulenta y perfumada de las caballeras rubias; y
pensaba en la roja corola de los dos más lindos labios de niña; tras cuyo cerco de raso
estaba la miel ultraterrestre de la más dulce fruta; y oía la voz amorosa que
primeramente me despertara a la pasión de las pasiones; y bajo mis dedos nerviosos y
avaros todo el tesoro columbino, y el del oro y el del marfil y el del rubí ¡el ala del
cisne, la onda, la lira! No; no era yo, pues, el culpable; no fui más que un nuevo
instrumento de la infinita orquesta; y por furioso, por loco, por sonoro que fuese, no
haría más que el mínimo gorrión de los árboles, o del más pequeño pez de las aguas.
Había que alistarme para partir. Abandonar el paraíso conquistado, mi amoroso trono, mi
ciudad de marfil, mi jardín de flores encantadas, mi jardín de único perfume... y, con
la cabeza baja, triste, parecíame que estuviese en víspera de mi muerte, y mi partida,
el viaje al país de la Muerte.
Porque, ¿qué era todo sino muerte,
lejos de lo que para mí era toda la vida?
Así, quédeme solo en el jardín, mientras mis padres enviaban a su sobrina, «por
razones que luego explicarían», a casa de los suyos.
Quedé abrumado, abandonado de mi suerte,
de mi hermoso ángel de carne, de mis ilusiones, de todo y de todos... ¡Negra existencia!
Y como fuese entonces romántico y cabelludo, no dejé de pensar en una vieja pistola...,
yo sabía en qué armario estaba guardada... escribiría dos cartas: una para mis padres y
otra para... y después...
-¡ pst! ¡pst! ¡pst!
¡Dios mío! Mi buena tía Rosa me
llamaba por una ventana que daba al jardín; me llamaba con un aire que prometía algún
consuelo, en medio de tanta desventura.
-¡Voy, tía!
Y de cuatro saltos bajé al jardín, un
jardincito perfumado de naranjos floridos, y visitado con frecuencia por palomas y
colibríes.
Os presento a mi tía Rosa Amelia, en el tiempo en que había llegado a sus cincuenta
años de virginidad. Había sido en su juventud muy bella, como lo atestiguaba una
miniatura que llevaba al cuello. Sus cabellos ya habían emblanquecido mais oú sont
les neiges dantan?- y su cuerpo había perdido la gallardía de los años amables;
más en su rostro se mantenía una suave frescura de manzana, un tanto pálida; faz de
abadesa aristocrática, iluminada crepuscularmente por una sonrisa melancólica y
fugitiva. Había tenido en su juventud un novio amado, Rosa, cuando era como una rosa, y
entre todas las buenas mozas, princesa. El novio no era del agrado de la familia, y la
boda se agrió para siempre, porque el novio murió. Mi tía, tan linda, se fue
marchitando, marchitando, marchitando... y, seco en el árbol su ramito de azahar, la
pobre mujer vistió santos durante toda su existencia. Le quedó el consuelo de amar, como
hijos a sus sobrinos, de hacer muy bellos ramos de flores y de formar matrimonios,
embarcando en la epístola de San Pablo a todo el que a ella se acercaba.
-ya he oído todo me dijo-, y sé todo lo que ha sucedido. No te aflijas.
-pero es que me mandan al campo, y no
podré verla a ella.
-no importa, muchacho, no importa. ¿Te quiere? ¡Bien! ¿La quieres? ¡Bien! Pues
entonces os casarán, tu tía Rosa lo asegura.
Y después de una pausa, dando un gran
suspiro, continuó de esta manera:
-hijo, no pierdas el más bello tiempo de la vida. Sólo se es joven una vez, y el que
deja pasar la época de las flores sin cortarlas, no volverá a encontrarlas mientras
exista. Mira estos cabellos blancos, ellos son mis antiguos hermosos cabellos negros. Yo
amé, y no pude cumplir con la ley del amor. Así me voy a la muerte con la más larga de
las tristezas. Amas a tu prima y ella te ama; hacéis locuras, os habéis dejado arrastrar
por el torbellino; no es prudente, pero es ello de influjo natural e, indudablemente, Dios
no se ha de enojar muco con vosotros; y confía, Roberto, hijo mío, en que tu tía os
casará. Todavía sois muy jóvenes. Dentro de unos tres o cuatro años os podréis unir.
Pero no hagas caso a tu padre, ¡ámala! Te vas al campo. Yo mantendré el fuego, tú me
escribirás (¡oh!, sublime tía) y yo entregaré tus cartas... ¡Se ríen de ti porque
te quieres casar! Pues te casarás. Vete al campo durante un tiempo; después de lo hecho,
ella será tu mujer. ¡Y ciertamente, está loca por ti!
Esto dicho, partió nuevamente, como
deslizándose, hacia sus habitaciones. Y he aquí la alucinación que tuve. Mi tía
permanecía cerca de mí, pero cambiada por una maravillosa virtud. Su cabello blanco y
peinado, de solterona vieja, se convirtió en una espesa cabellera de oro; su taje
desapareció al surgir el más divino de los desnudos, aromado de sutilísimo y raro
aroma, cual despidiendo una atenué bruma de luz de la sacra carne e nieve; en sus ojos
azules irradiaba la delicia del universo; y su boca misteriosa y roja me habló como una
lengua de lira:
-¡Yo soy la inmortal Anadiómena, la
gloriosa patrona de los cisnes! Yo soy la maravilla de las cosas, cuya presencia conmueve
los nervios arcanos del orbe; yo soy la divina Venus, emperatriz de los reyes, madre de
los poetas; mis pupilas fueron más poderosas que el entrecejo de Júpiter, y he
encadenado a Pan con mi cinturón. La Primavera es mi clarín heráldico, y la Aurora mi
timbalera. Murieron los dioses del Olimpo de Grecia, menos la única inmortal; y todas las
otras divinidades podrán desaparecer, mientras mi rostro alegrará por siempre la esfera.
Triunfa y canta en tu tiempo ¡oh, santa Pubertad! Florece, Mayo; fructifica, Otoño. El
pecado de Mayo es la capital virtud de la Tierra. Las palomas que llevan mi carroza por el
aire se han multiplicado por los cuatro puntos del globo, y conducen mensajes de amor de
sur a norte, y de oriente a occidente. Mis rosas sangran en todos los climas, y embalsaman
todas las razas. Tiempo llegará en que la libertad augusta de los besos llene de música
al mundo. Infeliz del que no gozó del dulzor d su alba, y dejó pudrirse o secarse, flor
o uva, en el tallo o en la viña. ¡Feliz el joven que se llame Batilo y el viejo que se
llame Anacreonte!
En una mula bien aperada, y en compañía
de un buen negro mayordomo, partí a la hacienda. Allá escribí más poesías que nunca,
y tiempo después me alejaba muy lejos. A mi vecina no la volví a ver sino ya viuda y
llena de hijos. Y a mi tía Rosa no la volví a ver jamás, porque se fue al otro mundo
con sus azahares secos.
Permitidme que, a través del tiempo y de la tumba, le envíe un beso.
Tomado del
Libro Rubén Darío, Cuentos Completos, tercera edición de la Editorial Nueva
Nicaragua.
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