| Cuentos Completos de Rubén Dario Páginas Verdes | ||
Mi prima Inés era rubia como una
alemana. Fuimos criados juntos, desde muy niños, en casa de la buena abuelita que nos
amaba mucho y nos hacía vernos como hermanos, vigilándonos cuidadosamente, viendo que no
riñésemos. ¡Adorable, la viejecita, con sus trajes a grandes flores, y sus cabellos
crespos y recogidos, como una vieja marquesa de Boucher! Inés crecía. Yo también; pero no tanto como ella. Yo debía entrar a un colegio, en internado terrible y triste, a dedicarme a los áridos estudios de bachillerato, a comer los platos clásicos de los estudiantes, a no ver el mundo -¡mi mundo de mozo!- y mi casa, mi abuela, mi prima, mi gato un excelente romano que se restregaba cariñosamente en mis piernas, y me llenaba los trajes negros de pelos blancos. Partí... Allá en el colegio mi adolescencia se despertó por completo. Mi voz tomó timbres aflautados y roncos; llegué al período rídiculo del niño que pasa a joven. Entonces, por un fenómeno especial, en vez de preocuparme de mi profesor de matemáticas, que no logró nunca hacer que yo comprendiese el binomio de Newton, pensé -todavía vaga y misteriosamente- en mi prima Inés. Luego tuve revelaciones profundas. Supe
muchas cosas. Entre ellas, que los besos eran un placer exquisito. Tiempo. Mi prima -¡pero, Dios santo, en tan poco tiempo! -se había hecho una mujer completa. Yo delante de ella me hallaba como avergonzado un tanto serio. Cuando me dirigía la palabra, me ponía a sonreírle con una sonrisa simple. Ya tenía quince años y medio Inés. La cabellera, dorada y luminosa al sol, era un tesoro. Blanca y levemente amapolada, su cara era una creación murillesca, si se veía de frente. A veces, contemplando su perfil, pensaba en una soberbia medalla siracusana, en un rostro de princesa. El traje, corto antes, había descendido. El seno, firme y esponjado, era un ensueño oculto y supremo; la voz clara y vibrante, las pupilas azules, inefables, la boca llena de fragancia de vida y de color de púrpura. ¡Sana y virginal primavera! La abuelita me recibió con los brazos
abiertos. Inés se negó a abrazarme, me tendió la mano. Después no me atrevía a
invitarla a los juegos de antes. Me sentía tímido. ¡Y qué! Ella debía sentir algo de
lo que yo. ¡Yo amaba a mi prima! Y estábamos solos, a la luz de una
luna argentina, dulce, ¡una bella luna de aquellas del país de Nicaragua! La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba perfumes tibios que a mí se me imaginaban propicios para los fogosos amores. ¡Cabellos áureos, ojos paradisíacos, labios encendidos y entre abiertos! De repente, y con un mohín: -¡Ve! La tontería... Y corrió como una gata alegre a donde
se hallaba la buena abuela, rezando a la callada sus rosarios y responsorios. Con risa
descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela: Con su reír interrumpía el rezo de la
anciana, que se quedó pensativa acariciando las cuentas de su camándula. ¡Y yo que todo
lo veía, a la husma, de lejos, lloraba, si, lloraba lágrimas amargas, las primeras de
mis desengaños de hombre! -Entonces tornó a reír. Una paloma
voló a uno de sus brazos. Ella la mimó dándole granos de trigo entre las perlas de su
boca fresca y sensual. Me acerqué más. Mi rostro estaba junto al suyo. Los cándidos
animales nos rodeaban... Me turbaba el cerebro una onda invisible y fuerte de aroma
femenil. ¡Se me antojaba Inés una paloma hermosa y humana, blanca y sublime; y al propio
tiempo llena de fuego, de ardor, un tesoro de dichas! No dije más. La tomé la cabeza y
la dí un beso en una mejilla, un beso rápido, quemante de pasión furiosa. Ella, un
tanto enojada, salió en fuga. Las palomas se asustaron y alzaron el vuelo, formando un
opaco ruido de alas sobre los arbustos temblorosos. Yo, abrumado, quedé inmóvil. Era allá, en una ciudad que está a la orilla de un lago de mi tierra, un lago encantador, lleno de islas floridas con pájaros de colores. Los dos, solos, estábamos cogidos de las manos, sentados en el viejo muelle, debajo del cual el agua glauca y oscura chapoteaba musicalmente. Había un crepúsculo acariciador, de aquellos que son la delicia de los enamorados tropicales. En el cielo opalino se veía una diafanidad apacible que disminuía hasta cambiarse en tonos de violeta oscuro, por la parte del oriente, y aumentaba convirtiéndose en oro sonrosado en el horizonte profundo, donde vibraban oblícuos, rojos y desfallecientes los últimos rayos solares. Arrastrada por el deseo, me miraba la adorada mía y nuestros ojos se decían cosas ardorosas y extrañas. En el fondo de nustras almas cantaban un unísono embriagador como dos invisibles y divinas filomelas. Yo extasiado veía a la mujer tierna y ardiente; con su cabellera castaña que acariciaba con mis manos, su rostro color de canela y rosa su boca cleopatrina, su cuerpo gallardo y virginal; y oía su voz, queda, muy queda, que me decía frases cariñosas, tan bajo, como que sólo eran para mí, temerosa quizás de que se las llevase el viento vespertino. Fija en mí me inundaban de felicidad sus ojos de Minerva, ojos verdes, ojos que deben siempre gustar a los poetas. Luego erraban nuestras miradas por el lago, todavía de vaga claridad. Cerca de la orilla se detuvo un gran grupo de garzas. Garzas blancas, garzas morenas, de esas que cuando el día calienta, llegan a la ribera a espantar a los cocodrilos, que con las anchas mandíbulas abiertas beben sol sobre las rocas negras. ¡Bellas garzas! Algunas ocultaban los largos cuellos en la onda o bajo el ala, y semejaban grandes manchas de flores vivas y sonrosadas, móviles y apacibles. A veces una, sobre una pata, se alisaba con el pico las plumas, o permanecía inmóvil, escultural y hieráticamente, o varias daban un corto vuelo, formando en el fondo de la ribera llena de verde, o en el cielo, caprichosos dibujos, como las bandadas de grullas de un parasol chino. Me imaginaba, junto a mi amada, que de aquel país de la altura me traerían las garzas muchos versos desconocidos y soñadores. Las garzas blancas las encontraba más puras y más voluptuosas, con la pureza de la paloma y la voluptuosidad del cisne; garridas, con sus cuellos reales, parecidos a los de las damas inglesas que junto a los pajecillos rizados se ven en aquel cuadro en que Shakespeare recita en la corte de Londres. Sus alas, delicadas y albas, hacen pensar en desfallecientes sueños nupciales; todas -bien dice un poeta- como cinceladas en jaspe. ¡Ah, pero las otras tenían aldo de más encantador para mi! Mi Elena se me antojaba como semejante a ellas, con su color de canela y de rosa, gallarda y gentil. Ya el sol desaparecía arrastrando toda su púrpura opulenta de rey oriental. Yo había halagado a la amada tiernamente con mis juramentos y fras melifluas y cálidas, y juntos seguíamos en un lánguido dúo de pasión inmensa. Habíamos sido hasta ahí dos amantes soñadores, consagrados místicamente uno a otro. De pronto y como atraídos por una fuerza secreta, en un momento inexplicable, nos besamos la boca, todos trémulos, con un beso para mi sacratísimo y supremo: el primer beso recibio de labios de mujer. Oh, Salomón, bíblico y real poeta! Tú lo dijiste como nadie: Mel et lac sub lingua tua. ¡Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes, en los recuerdos que en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz inmortal. Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas en el inefable primer instante de amor.
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