Rubén Dario

 

 

 

REPUBLICA DE COLOMBIA.

 

 

 

 

 

 

Nosotros, decía un eminente argentino, no tenemos un país rico, hemos hecho nuestra riqueza. Países ricos, son ésos que suben al norte en tierras de tesoros, Colombia, por ejemplo”. En efecto, si todo nuestro continente es generoso y rico, Colombia es uno de los países que tienen mayores riquezas en la tierra. Hay que recordar que en ella está la fabulosa región de El Dorado. “Su clima variadísimo –escribía hace poco el señor Luis Cano- y la riqueza insoluble de su suelo atraerán seguramente la inmigración europea, que hasta hoy no ha logrado recibir, a causa de la inestabilidad política y por falta de propaganda exterior y de leyes correspondientes a este objeto. Apenas ahora el Gobierno se preocupa formalmente de provocar una corriente inmigratoria que desde hace mucho tiempo necesita, y que será uno de los factores principales en su proceso de crecimiento. Del mismo modo, parece ya casi suspendido por obra de la paz y de la moralidad gubernativa, el éxodo de nacionales, que constituía una de las características más desconsoladoras de la pasada difícil situación del país. Cierto, esa tierra de leones ha sido de las más agitadas del continente por la fiebre revolucionaria. El hombre que aró en el mar, conocía bien el ambiente de sus empresas. Ha sido Colombia en la América Latina, el país de las más grandes ilusiones políticas y de terribles contiendas, que han debilitado la salud de la república. “Durante toda nuestra vida independiente, ha escrito Pérez Triana, hemos malgastado nuestras energías en pavorosas luchas cruentas, que nos han hecho aparecer ante el mundo como indignos de la independencia que obtuvieron nuestros mayores, y como inhábiles para el aprovechamiento, en bien de nosotros mismos y de la humanidad, de la egregia herencia que nos legaron.” Pero esos son cargos para todas nuestras nacionalidades, con señaladísimas excepciones.

Lo que ha distinguido en todo tiempo a Colombia, ha sido su fecundidad en valores intelectuales. Santa Fe de Bogotá fue tenida, desde antaño, como la Atenas hispanoamericana, aunque tal denominación de haya dado a otras ciudades estudiosas. ¿Hasta qué punto tendrán razón los que afirman que hoy es bastante lamentable para un país nuestro el poseer una capital que sea más o menos nombrada la Atenas de las repúblicas? El progreso, en la América Latina, se dice, se mide por la mayor o menor preocupación por las bellas letras y por el cultivo de la lengua castellana El culto de la gramática, he ahí el enemigo. La capital menos castiza: Buenos Aires. El único presidente que haya decretado sobre el idioma de sus conciudadanos: el doctor Soto, de Honduras. Hay mucho en esto de paradoja. Colombia, no hay duda ha sido un gran cerebro en América; pero ha tenido también un brazo fuerte, un corazón vasto, un cuerpo rico de energías, cuya acción se desvira a causa de haber concentrado más que en otras partes, la influencia nociva de los antiguos filtros españoles. A propósito de una región del interior colombiano, habla don Miguel Triana de “el régimen cuasi feudal, el ensueño aristocrático, la veneración al estandarte real que pudiera decirse nostalgia colonial, el predominio teocrático en la disciplina íntima y el consiguiente desafecto hacia los hombres, las glorias, las ideas y los métodos de la democracia moderna. Así se explica como, en los plenos días de la vida nueva, se oyen protestas contra 89, contra el anhelo de la concordia republicana y contra la igualdad civil, culpando todos esos cánones modernos de inspiración diabólica.” No os imaginéis que ella sea aplicable a toda Colombia ¿ No es allí en donde han surgido, en toda época, espíritus revolucionarios, y en donde se llevara a la práctica un ensueño de romanticismo político, como la famosa constitución de Río Negro, que mereciera, ¡naturalmente! la bendición pontifical de Víctor Hugo? Nada más desdeñable que el jacobinismo; y no seré yo quien censure y desee la completa desaparición de antiguallas, como el respeto a las jerarquías, el predominio de los excelentes, el orden y la disciplina, y, la más antigua de todas, el concepto de Dios. Pero todo eso puede ir y debe ir en la vida moderna, acompañado de ferrocarriles, bancos, industrias, agricultura; esto es trabajo y hacienda pingüe en los estados.

Colombia ha pasado, a costa de su sangre y de su oro, por harto dolorosas experiencias; y si se afirma la dirección de paz y de progreso, y verdadera regeneración que se ha iniciado con la buena voluntad de sus hombres eminentes y el aumento de los caudales públicos, florecerá en una nueva y grandiosa era ¿Qué llegará a ser esa renombrada Bogotá, archivo de cultura y senorío, de la cual cuentan encantos los que han tenido la suerte de visitarla, cuando una a sus tradicionales atractivos, que desde luego tomarán otros aspectos, la vitalidad y el brillo de una ciudad moderna? ¿Qué de ese país predilecto de la abundancia, el día en que se sus energías se empleen, dados, ya al olvido de los intereses partidarios, en la labor de hacer riqueza, civilización y patria grande? En una obra del general Jorge Holguín, se encuentra el siguiente penoso resumen estadístico: “En los setenta y  tres años transcurridos de 1830 a 1903, tuvieron lugar en Colombia:

Nueve grandes guerras civiles, generales.

Catorce guerras civiles, locales.

Dos guerras internacionales, ambas con el Ecuador.

Tres golpes de cuartel, incluyendo el de Panamá.

Una conspiración fracasada, que hacen en total veintinueve calamidades públicas.”

De los informes publicados por los ministerios de Hacíenda y Tesoro en los años correspondientes a 1830, 1840, 1851, 1854, 1861, 1867, 1876, 1885 y 1899 (que fueron los años de las grandes guerras), resulta que, sin computar la destrucción de riqueza ni calcular las pérdidas sufridas por los particulares, desdeñando lucro cesante y daño emergente, y haciendo cuenta únicamente del dinero pagado o reconocido por el Tesoro Nacional, las susodichas guerras constaron aproximadamente:

Nueve guerras, por término medio,

a pesos oro 3.500.000 cada una                                  31.500.000

Catorce guerras locales,

por término medio, a 400.000                                    5.600.000

Dos guerras internacionales...                                        800.000

Dos golpes de cuartel, 23 de mayo

y 31 de julio de 1912...

 Una conspiración de cuartel

encabezada por el general Huertas

en Panamá el 3 de noviembre

de 1903, importe de la concesión

conforme contrato Herrán-Hay,

10.000.000. Anualidades del

ferrocarril, capitalizado en 4.000.000                    14.000.000

Total                                                                51.900.000

Muy pocos son los países del mundo que tengan la desgracia (proporciones guardadas) de registrar en sus Anales inventario tan aterrador y, sin embargo, a pesar de ser tan elevada la cuenta, es muy cierto que, atendido el apasionamiento exacerbación en que han vivido los partidos, las