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María Gallo, nace en León,Nicaragua. Estudió Dibujo, Pintura y
Artes Gráficas en la Escuela Nacional de Artes Plásticas en Managua, de 1969 a 1979.
En 1992 obtiene su Licenciatura en Artes y Letras de la universidad Centroamericana UCA,
participa en los talleres literarios impartidos en la UCA por el escritor Lisandro Chávez
Alfaro y la Poeta Michele |
Najlis. Participa en los talleres de los Centros
Populares de Cultura impartidos por el escritor Franz Galich.
Publica sus primeros trabajos literarios (poemas) en los Talleres de Poesía
Libre, en los años de la Revolución Popular Sandinista y sus primeras narraciones
(cuentos, prosemas y poemas) en la revistas Ideay Pruej y Artefacto. Inicia esta su
primera novela, en 1994 y la concluye en 1999, obra seleccionada por el Centro
Nicaragüense de Escritores para su publicación. |
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Su libro Entre Altares y Espejos |
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¡Ah!
Las campanas de León, me hacen recordar canciones de cuna, regazos de abuela, patios que
guardan en cada rincón un mundo mágico. Suenan como el viento entre las ramas de las
ceibas. Son voces enclaustradas que imitan el vuelo de los pájaros. Tienen un triste
lamento de alma so juzgada que se convierte de repente en un repiqueteo rebelde, liberado.
¡Ah! Las campanas de León |
| suenan a misterios heredados que los llevo para siempre en el alma
grabados. |
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Entre
Altares y Espejos |
Favorecida por la primera claridad del día, Beninga
tomó impulso para levantarse. Sentada, se llevó las manos al pecho, y las cruzó
sobre su corazón que saltaba como nunca, porque jamás había sido dueña de tanta
alegría.
-Gracias a Dios que ya amaneció dijo, ahogándose en sus propios latidos. Me
parecía que nunca iba a ver salir el sol. Gracias Dios mío, por fin llegó este día
glorioso. A vos, San Judas Tadeo, que me has ayudado todo este tiempo de trabajo y larga
espera. Que más te puedo decir, Sanjuditas de mi alma, sólo que me ayudés ahora a
soportar la dicha. No quiero morir de esta emoción. Gracias mil veces. ¡Ay, mi corazón!
¡parece que me va a dar un ataque! ¡Ayudame San Judas!.
La mujer se puso de pie, se tambaleó, con las manos juntas y la cabeza doblada en gesto
de humildad, continuó su monólogo en voz baja, y se le oía musitar de nuevo el
Gracias, gracias, Dios mío.
Se irguió con agilidad impropia de su edad y se encaminó hasta la mesa - altar arrimada
a una esquina de la habitación. Los santos vivían iluminados por una lámpara roja
colocada en el centro de la mesa. Un ropero de tres puertas con espejo reflejaba la vieja
tijera de lona que era su cama, así como un antiguo cofre negro con libros apilados.
Junto a éstos, un costurero abierto, dejaba ver una tela blanca, transpa- rente, bordada
con lentejuelas doradas, cerca, algunos cortes de seda de diversos estampados, agujas para
tejer, hilos de muchos colores, grandes flores rosadas de papel apiñadas en pequeños
ramos desperdigados, hacía que el mueble perdiera su aspecto fúnebre. La luz rojiza de
la lámpara, combinada con el azul de las paredes desnudas, teñían el lugar de un
violeta místico. Sensación magnificada por el efecto de aquel ojo brillante que
desdoblaba la escena.
Una pequeña ventana de persianas de madera era el único respiradero en aquel encierro
que no dejaba escapar el olor a ritual, emanado de las hierbas quemadas en un comal lleno
de brasas todavía encendidas. |
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| Benigna se dejó caer de rodillas frente al altar para
seguir su rezo. Al levantarse comenzó a bailar y a dar brincos, al mismo tiempo que reía
y lloraba. Bailó hasta que del cansancio sólo pudo menear la cabeza. Después estuvo
quieta, tomando el aire necesario para hablar de nuevo. Sé que sos vos, que
volviste. Sé que me tuviste a prueba todo este tiempo, para ver si desconfiaba, ¿verdad?
. Lo conseguimos Judas Tadeo, mi hijito, tu bisnieto, se consagra hoy. Ya es un sacerdote.
Claro, no pudiste ser sacerdotisa pero volviste para ser en Judas Tadeo. Dame una señal,
sólo una es suficiente, abuela. Como desearía que el padre Agapito estuviera vivo. Pero
no importa. De seguro que desde el Infierno, donde debe estar pateando en el perol más
grande, va a ver este día glorioso para vos y para mí. Padre Agapito: ¡Viejo bandido,
mujeriego, usurero, engañador de almas buenas...! ¡ Ay se me hace tarde! Están soñando
las campanas. ¿Quién habrá inventado las campanas? Yo creo que en un principio la
campana debió ser sólo un fierro grande que lo tocaban con un chiquito, como los que
todavía existen en las ermitas y escuelitas olvidadas, allá tierra adentro. Seguro que
así deben haber llamado a la gente, pero como el viento se llevaba el sonido, lo
encerraron para que no se escapara, y así sonara más fuerte. ¿Por qué sonará más
fuerte, encerrado? Bueno, la verdad es que se debe haber oído mejor cuando lo metieron en
una forma tan bonita, igualita a las florecitas que hay en el monte, las que al soplo de
la brisa, parecen bailar y cantar. A lo mejor fue la forma de las flores la que los hizo
pensar en darle un vestido al sonido, y así, él, agradecido, se hizo más fuerte y
melodioso. Pero... ¿Quién sería el primero que hizo más una campana?... y a mi que me
importa todo eso. La verdad es que suenan tan dulce que de seguro deben ser las voces de
espíritus de niños y mujeres que no pudieron cantar en la tierra y ahora cantan allá
arriba. |
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| El cobrador de boletos anunció: ¡Nagarote! Una sacudida de
los vagones seguida de un silbido de la locomotora del tren, hizo que Benigna volviera al
presente. Aunque había nacido en León, sus primeros pasos los había dado en este
pueblo. Su madre se había casado con un nagaroteño que conoció en Managua, donde ambos
habían emigrado en busca de mejor vida. |
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