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Entre aromas y amores he visto la música y olfateado los
colores, el sonido del mirto he escuchado y el amor he visto entrar en mi alma desnuda.
Escuché a mi amada exclamar:
“Amado mío, mírame, hermano mío, tómame quiero entrar a ese tu mundo raro que solo a ti se te permite penetrar”.
Los labios de mi amada son como dos rosas pálidas que el sol ha dejado en sus tallos, su cuello como columna de mármol se inclina hacia delante como si no pudiese soportar el peso del sufrimiento que alberga su alma.
Era el rostro de mi amada que en sublime movimiento me hablaba, eran para mi sus expresiones nubes pasajeras que cobijan la cara del sol y la hacen más bella.
Una mirada con ojos titilantes que revela sufrimiento profundo añade belleza a su rostro, por más tragedia y dolor que refleje.
Mientras que el rostro apagado pasión misteriosa no oculta, no es hermoso, por más armoniosas que sean sus líneas.
La miel no atrae nuestros labios a menos que antes hayamos sentido el dulzor del ámbar de su ambrosia.
Oí que mi amada decía:
“Háblame amado mío, profeta mío, y enséñame que ve en el futuro antes de que ocurra, no dejes que el destino me aparte de tu lado”.
El nigromante le respondió:
Cuando Venus besaba mi alma de cristal, Júpiter escribía la palabra de mi destino en las mansiones del Olimpo.
Y si la vida cruel e insolente nos llegase a separar, veré tu espíritu vagar a mi alrededor como un gorrión sediento, que desesperado aletea sobre el ojo de agua.
!Oh! !Cuan grande ha sido mi amor por ti
La poesía preocupada al aeda reclamó:
“La sed de mi espíritu es más dulce que el jugo de la caña, y el temor que tiene mi alma de perderte más profundo es que el mismo mar.
Pero, óyeme, amado poeta, me paro en el dintel de tu puerta, nada sé que hay dentro de tu morada. Soy como una ciega que camina sin su lazarillo, más lo único que sé es que te amo, que feliz te serviré y con mis pechos te arroparé.
Te daré lo que una triste mujer puede darle al más fuerte de los hombres”
El rapsoda ripostò diciendo:
La sed que llevas en tu pecho, niña mía, es más ligeraque la seda que cubre el velo de tu espíritu y el miedo de tu alma es más valioso que el oro de Salomón.
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Yo apenas soy como el ciego que camina sin su báculo y que reza para no caer.
Mas tú amada, puedes caminar alegremente en tu sendero alfombrado con perfume de sándalo pintado con el dulce sabor de la begonia.
Ella, inconforme hablole al vate clamando:
“¿No me digas que la Vida jugar con mi destino quiere?
¿Es justo apartarse del hombre que amo para que su gloria alcance y yo me dedique a mis afanes de ama de casa?
¿Acaso ya mi vuelo terminó?
¿Será que nuestras almas transformaron la bruma de la noche en un ciclón alocado que nos arrancó de raíz y nos barrió a las profundidades de la tierra como si de aserrín fuésemos?
!No, no, me resisto?
Los momentos que el amor nos mantuvo juntos fueron más grandes que los siglos, y si esta vida la muerte quiere para los dos, ella nos unirá.
Dime amado mío:
¿Qué será después que tú has sido a mi alma ungüento de Quatar y sombra del Líbano, rayo de esperanza en mis ojos, dulce sonata a mis oídos y alas para mi corazón?”
El poeta seguro de su misión a su amada calmó diciendo:
“Seré lo que tu deseas amada mía”.
Ella, mas sosegada díjole:
“Sígueme amado como amas tus melancólicos pensamientos, como un pajarillo recuerda su estanque, como la hierba se yergue al sentir los rayos del sol como la luna enamorada se quiebra al oír el canto quejumbroso de la mar serena y como aquel rey sabio que ama a su pueblo”.
Entonces, el bardo sereno finalizó diciendo a su amada:
“Mi alma arropará la tuya y te amaré como ama un infante en los dulces pechos de su madre te amaré como una rosa cuando se abre en pampa ante los rayos de su sol, de mi alma piadosa haré una residencia para tu belleza, y cantaré tu nombre como un trovador le canta a los héroes de su pueblo escucharé el oleaje de tu alma como el marinero desesperado escucha el canto de la sirena y te amaré como el sacerdote ama el canto de la campana de su iglesia aldeana te recordaré como el extranjero, que como poeta melancólico extraña la lejanía de la tierra que le vio nacer y te recordaré como el rey sin corona que triste en la noche extraña el día de su gloria y como aquel prisionero que un siglo daría por una hora de libertad y como el pastor de los salmos canta los verdes prados y los arroyos de su altiva sierra”
Lolo Morales 1999
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