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MANAGUA:
UNA HISTORIA INCONCLUSA
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El nombre de Managua, Mana-Agua como diríamos en español, parece
corresponder a su toponimia aborigen Mana-ahuac: "junto al agua" según unos, "rodeada de aguas" de acuerdo a otros. Pero también el nombre hace alusión a la historia de sus primitivos habitantes, los que en Acahualinca hace 8,000 años pescaban y cazaban entre sus pantanosas riberas.
Para aquella gente, como también para sus sucesores los indígenas precolombinos, vivir al borde de una sabana seca sólo tenía sentido si se tenía acceso al agua, la cual abundaba en su lago y en el cortejo de sus lagunas volcánicas, así como entre los pantanos costeros de donde no sólo extraían peces comestibles sino también
aprovechaban la húmedad de la ribera para cultivar la subsistencia a lo largo del año.
No es de sorprenderse pues, que cuando el español, Francisco Hernández de Córdoba, conquistó Managua en 1524, esta consistía en una sucesión de chozas y huertos ubicados como "una lengua soga" a lo largo de la costa del lago, extendiéndose hasta Tipitapa, donde residía el cacique. Córdoba tuvo que combatir contra veinte mil flecheros que salieron a la defensa del pueblo, tan poblada se encontraba la población en ese entonces.
En la época colonial Managua siguió siendo una villa de pescadores, un lugar de paso para los que transitaban entre León y Granada y viceversa, quienes pernoctaban y se abastecían de los productos del pueblo. El obispo viajero Morel de Santa Cruz describía Managua en 1752 de la manera siguiente: "su situación es lo más alegre y deleitable que puede contemplarse; tiene a las orillas una laguna que a primera vista parece el mar. Los naturales de Managua defienden como regalía propia el ejercicio de la pesca en las riberas de su pueblo". En ese entonces la villa españolizada de Managua apenas contaba con cuatro mil habitantes.
El pueblo creció en importancia a partir de 1811 cuando fue elevada de la categoría de villa a la de pueblo y luego en 1846 cuando de pueblo pasó a ser nombrada ciudad y sobre todo en 1852, cuando la ciudad fue declarada Capital de la República para dirimir salomónicamente el conflicto entre las viejas ciudades de origen español León y Granada que entonces rivalizaban por ejercer la principal hegemonía política de Nicaragua.
Sin embargo, el verdadero desarrollo de Managua no arrancó sino luego de la
presidencia del General José Santos Zelaya, managüense autóctono, que con sus ideas
liberales modernizó la ciudad y las instituciones del estado.
Durante todo este tiempo Managua siguió creciendo sin alejarse mucho de su lago. Este era un espejo de aguas limpias, tanto que los pobladores se suplían de ellas con fines domésticos, o se introducían en ellas para recrearse y bañarse, costumbre que subsistió hasta 1927, cuando se
construyeron las primeras alcantarillas en la ciudad, erróneamente conducidas y siguiendo el plano inclinado de la ciudad rumbo al algo, iniciándose desde entonces su progresiva contaminación, Tanto los terremotos que sufriera la ciudad en 1931 como en 1972, obligaron a la
reconstrucción de la ciudad, pero sin tener en cuenta la presencia del lago. Así, dando la espalda al Xolotlán, la ciudad ha crecido desordenadamente a partir de entonces, transformando el hermoso lago en una verdadera cloaca, basurero subacuático de desechos y escombros lanzados en sus orillas o acarreados a través de los cauces.
Por otra parte, la expansión de la ciudad hacia las Sierras de Managua, invadida por poblado marginados y barrios improvisados, ha erosionado los terrenos frágiles y pendientes en el piemonte de las mismas, incrementando la deforestación a través de la incesante tala y quema, provocando la erosión en los suelos y aumentado la escurrentía de aguas enlodadas, cuyos efectos combinados se observan durante la estación lluviosa con el aporte de enormes cantidades de sedimentos que además de enturbiar las aguas lacustre las inhabilitan para otros usos.
La deforestación de la cuenta sur del lago de Managua, expone a la ciudad a los efectos desastrosos de futuros aluviones, que como el sucedido en 1876, inundó y destruyó el centro de la ciudad. Managua no sólo es vulnerable a los sismos sino también a la depredación de la naturaleza por parte de sus propios vecinos, cuando el bien particular se antepone al bien de la sociedad, al bien de la nación y cuando no se buscan alternativas permanentes a la presión poblacional desordenada de la ciudad.
Además de los problemas que se presenta en el lago de Managua, el entorno ecológico de la ciudad se ha ido degradando con el tiempo. Hace 60 años el cerro Motastepe , mirador natural de la ciudad, para citar un ejemplo se encontraba completamente cubierto de árboles. Un corredor forestal lo conectaba con la vecina laguna de Asososca y era común observar manadas de monos que desde su cumbre bajaban a la laguna, exactamente por donde hoy es el parque de las Piedrecitas, que entonces se llamaba Parque Los Monos por esa misma causa.
Hoy Motastepe es un árido collado, sin árboles y sin fauna, incendiado durante el verano por garroberos y piromaniáticos, además socavado por la incesante minería de arenas que rebanan sus pies, sin considerar que este cono cinerítico muy desmoronable requiere de protección por su valor escénico, admirable desde su cumbre, como por ser la más eficaz esponja que infiltra agua en el cuenco subterráneo de la laguna de Asososca.
A sus pies se encuentra la laguna de Nejapa, en otros tiempos muy visitada por las propiedades medicinales de sus aguas: hoy convertido en un charco de agua sucia que al igual que la laguna de Tiscapa es receptáculo de lodos y basuras que les acarrean los cauces dirigidos a sus respectivos por planificadores que parecen enfermos incurables de hidrofobia lacustrina.
Managua, a orillas de un extenso lago, como ninguna capital de América lo está, bordeado de interesantes lagunas y
antiguos conos volcánicos, es una de las pocas ciudades del istmo y del continente donde la naturaleza se recreó en el paisaje y la premió con multitud de árboles por doquier, desde las ceibas y guanacastes de troncos centenarios, hasta la lluvia florar de doradas cañas fístolas y corteses, que junto con los robles, chilamates, genízaros, talchocotes, etc., adornan, perfuman y dan color a nuestra ciudad, atemperando con su fronda y sombra el riguroso clima de la ciudad, aliviando a su vez la visión desolada y pobre de nuestras viviendas marginadas.
En Managua de fértiles suelos, donde sol hinca sus rayos verticales en el propio suelo y donde las esperadas lluvias hacen renacer de verdor los campos mustios, la ecología se sobrepone a la tendencia desarborizante y contaminadora de sus habitantes. Sociedad no es sinónimo de Suciedad. No obstante, la batalla se irá perdiendo en la medida que la población crezca en pobreza, ignorancia o en la simple indiferencia, ahí donde la advertencia y previsión ambiental no tenga eco; donde la educación popular no enfatice la importancia y necesidad de vivir armonía con el medio ambiente.
Cada año se vuelven más comunes los cortes de agua y de energía en la ciudad, los polvasales, humaredas y la agobiante suciedad de las basuras que nos enferman y ahogan por todas partes. A menudo se culpa de ineficientes a las instancias del gobierno nacional y municipal, pero nadie reconoce que somos nosotros mismos los habitantes de esta ciudad y de esta tierra los que con nuestro comportamiento maltratamos y destruimos las bases mismas del desarrollo, que se fundamenta en el cuido permanente de la naturaleza y la sustentabilidad de sus procesos ecológicos. Seguimos arruinando la ciudad, la nación entera en aras de un desarrollo ficticio e inalcanzable que sólo ha contribuido a postponer nuestras mejores opciones de vida y de progreso futuros.
Continuamos pensando que Managua y por ende Nicaragua nos pertenece, sin que nosotros pertenezcamos a ellas y nos obliguemos por tanto a cuidarlas y conservarlas.
Es por esa preocupación y responsabilidad que este conjunto de personas, amantes de la ciudad, de su geografía, historia y ecología, de su desarrollo y desafío, sin mayores ni menores pretensiones políticas o convicciones religiosas, hemos aceptado la invitación que nos hiciera el Sr. Herty Lewites, alcalde de todos los Managuas, para constituir esta Comisión Ambiental Municipal Ad Honoren, que no sólo espera aportar a la ciudad sus mejores ideas y experiencias al respecto, sino lograr éxitos y realizaciones, mayores que otras comisiones y proyectos que aún siendo buenos, nunca llegaron a realizarse, a pesar de contar con recursos técnicos y financieros, como es el caso aún pendiente de la recuperación de nuestro principal patrimonio natural, el lago Xolotlán.
Obviamente en la última década Managua ha cambiado, hay nuevas calles, boulevares, comercios, como otras ciudades en continuo y franco progreso. Pero el progreso, como el desarrollo tiene que ser integrador y completo en beneficio de todos y para siempre.
Cierto presidente de una nación muy civilizada enfrentó en una ocasión la disyuntiva de aprobar la realización de una importante obra de progreso, ante la protesta de los conservacionistas. Los bandos parecían irreconciliables, hasta que el presidente de pronunció de la siguiente manera: "si este conflicto puede resolverse, apoyaré definitivamente la obra de progreso, pero si no existe solución quiero dar por sentada mi aprobación por todo aquello que me permita seguir escuchando el trino de los pájaros, contemplar el color de las flores, beber el agua limpia, respirar el aire puro. La economía, para ser sustentable en sí misma y poder engendrar beneficios a la sociedad, tiene que basarse en una ecología bien manejada.
Sr. Alcalde Lewites, vamos por el progreso, comenzando a liberar a la ciudad de sus charcales, polvasales, humasales y basurales y nuestro medio ambiente citadino sea circundado por el verdor exuberante de su fecundo trópico, con un lago limpio, una ciudad aseada y de aire respirable. Por tanto, juntemos la facilidad con el placer de vivir en Managua, para que vuelva a ser esa población "alegre y deleitable" como la vió Morel de Santa Cruz hace 250 años.
Adelante, Sr. Alcalde, porque la ciudad es de todos y para todos. |
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