Napoleón Chow Páginas Verdes |
LOS INTELECTUALES Y SU RELACIÓN CON EL PODER.
El uso del término intelectual, como sustantivo y no como adjetivo, es relativamente reciente: desde el siglo XVII en Inglaterra y a finales del siglo pasado en Francia. Pero - para para explicar un primer significado de intelectual- la existencia de personas que sienten una intensa necesidad de conocimiento sobre el universo de los símbolos, los conceptos, los colores, y el cosmos y la religión siempre ha estado presente desde hace mucho, incluso en las comunidades más primitivas. Teólogos, literatos y filósofos, pintores, arquitectos y compositores musicales no surgieron precisamente ayer. Por otra parte, la sociología ha ensanchado de tal manera el concepto de intelectual que prácticamente este término se refiere a toda persona que usa predominantemente su mente y no sus manos en su quehacer diario. Por consiguiente, en estudios sociológicos sobre los intelectuales, estos se equiparan a los profesionales, en su mayoría egresados de universidades. Veremos al final de este trabajo que, tomando en cuenta la moderna sociedad de masas, esta estrategia sociológica arroja ciertas luces y tiene sentido en algunos aspectos y presenta problemas en otros. A lo largo de la historia, muchos intelectuales han sido amigos y consejeros individuales de los poderosos. Sin embargo, también los intelectuales han estado al servicio del poder como grupos o estratos útiles por sus habilidades para las necesidades y funciones que todo gobierno debe llenar. Por ejemplo, los mandarines en las distintas dinastías Chinas, y, modernamente, por la necesidad de profesionales y científicos que una civilización comercial, industrial y capitalista requiere. Es por eso que podemos clasificar como intelectual, o intelectuales, a los pintores del complejo de Altamira, en el período Magdaleniense, que de manera tan magistral expusieron visualmente la relación, sugerentemente religiosa, de los humanos con los animales y, de paso, la naturaleza. También, la antropología nos detalla que las tribus tienen sus shamans, curanderos religiosos, que interpretan para los miembros de la tribu la presencia y las exigencias de los espíritus. En todo caso, la historia nos ilustra la presencia de sacerdotes residiendo en los templos, en Nesopotania, en Egipto, en la India y la China, ejerciendo funciones que insoslayablemente deben ser clasificadas como intelectuales, tanto en la burocracia como en la interpretación religiosa y el escudriñamiento de los cielos. El personaje de José en el antiguo, con su capacidad de interpretar sueños sobre vacas gordas y flacas, una versión antigua sobre los ciclos económicos, se puede considerar como una especie de intelectual con habilidades prácticas al servicio de un faraón. Algunos modernos economistas, al auscultar el futuro de la economía, están ejerciendo las mismas funciones que el José bíblico, aunque, claro está, con mayores probabilidades de equivocarse, como en el caso de Jeffrey Sachs, de Harvard, y la Rusia post-socialista. Hoy, a la luz de la historia, podemos afirmar que el motor decisivo de la especulación intelectual fue inicialmente el religioso. Mitos y alegorías, relatos de viajes y búsquedas, poemas e himnos, fueron varios de los medios literarios para la expresión de estas inquietudes. El Rig-Veda, el Mahabarata, las escrituras del pueblo hebreo, la aparición del Buda, Confucio y Lao-Tze en el siglo VI, y, por supuesto, los escritos cristianos, tanto el Nuevo Testamento como los de los padres griegos y latinos, todo ello nos indica cuan universal e imperioso ha sido el interés por penetrar la dimensión misteriosa de Dios y la religión. Como la vía para llegar a dominar el mundo del conocimiento era la educación que preparara para el dominio de la lectura y la escritura, y la aritmética para poder llevar cuentas, para la agrimensura y la astronomía, y como esta educación no estaba a la mano del pueblo sino de sectores privilegiados, desde sus inicios el mundo del intelecto tuvo relaciones inevitables con el poder político-militar -desde sus inicios, no hay duda, y aun hoy día. Escribas y sacerdotes tuvieron sus funciones en la constelación del poder. Además de las funciones prácticas de administración, las más pertinentes para nuestro interés actual sobre los intelectuales eran la de explicar y la de legitimar. Griegos y Romanos
Por razones que tuvieron que ver, en gran parte, con la ausencia de una pesada y poderosa burocracia religiosa que obligara a pensar uniformemente, los griegos comenzaron a reflexionar sobre la esencia de la naturaleza, sin necesidad de recurrir a explicaciones religiosas. Uno de ellos, Demócrito, acertó con su respuesta de la naturaleza atómica de la realidad, pero por supuesto, carecía entonces del instrumental adecuado para probarla. Otro, Parménides, ,utilizó la terminología griega de entonces para describir lo que los hindúes denominaron Brahman: es decir un ser intemporal, no visible a ojos humanos, no cambiante, perfecto, a quien nada se le podía ni añadir ni quitar, origen de todo el universo. A finales del siglo V, el gran siglo de Pericles, después de la condena y muerte de Sócrates, Platón y Aristóteles marcaron indeleblemente los rumbos de la filosofía, se puede decir que hasta nuestro días. No fue sino hasta la ilustración, en los siglos XVII y XVIII, que la rebelión contra el pasado intelectual se dió, sobre todo con Descartes y, por supuesto, con Bacón. Sin embargo, todavía en el siglo XX, uno de sus filósofos más importantes, Alfred North Whitehead, de Harcard, ha dicho que toda filosofía modernas, fundamentalmente, un comentario a la obra de Platón. Platón quiso asesorar al tirano de Siracusa a redactar una constitución. No logró su intento y se dedicó a continuar dirigiendo su Academia. Aristóteles, si hemos de dar crédito a la tradición, tuvo por pupilo al joven Alejandro, quien posiblemente, a sus doce o trece años, no debió haber tomado muy en serio a su preceptor. Por su parte, Aristóteles ni siquiera se percató del enorme significado cultural de la conquista de Persia por Alejandro. Fue Platón quien propuso la idea de que el filósofo, por su conocimiento, debía ser también rey. En la historia ha habido tres personas que pudieran considerarse como filósofo-reyes. Akenatón en Egipto, a quien le fue mal al tratar de imponer el culto a la divinidad solar. Asoka, el emperador indio de la dinastía Mauria, unos dos siglos antes de Cristo, fue más exitoso, posiblemente no tanto por filósofo budista sino por sus dotes ejecutivas y su espíritu tolerante y compasivo (cualidades que, aunque apreciables, no son exclusivas de filósofos). Sabemos que Maco Aurelio, el autor de las Meditaciones, fue filósofo y también emperador de los Rmanos. Pero su gestión política, si bien parcialmente efectiva, no fue ejemplar que se diga. Y en la elección de su sucesor, fue desastroso. De manera que la propuesta de filósofos-reyes no parece haber sido muy viable en la historia. De los intelectuales romanos y su relación con los emperadores lo que debe notarse es que a uno de ellos, virgilkio, se le encomendó la creación de una obra literaria enfatizando el origen troyano de Roma y legitimando su inevitable destino imperial. La Eneida fue el resultado. Otro, Séneca, filosofo estoico, asesor infortunado de Nerón, fue obligado a quitarse la vida por su lunático emperador. Un final que ni siquiera tiene la dignidad de tragedia. No obstante, ¿que podemos decir de aquellos jefes de estado que si bien no califican como filósofos-reyes, sí han tenido una educación o formación intelectual considerable: por ejemplo, Benjamin Disraeli, William Gladstone, Francois Guizot, Woodrow wilson, Jahawarlala Nehru, y, todavía en estos días, Vaclac Havel. De todos ellos podemos decir que no es mucho lo que los distinguió de otros jefes de estado menos cultos; todos cometieron errores políticos que supuestamente no deben cometer hombres de su erudición. ¿Qué significa esto? Sencillamente, que las personas de cultura y erudición no pueden esperar de su capital cultural las respuestas adecuadas a una situación específica, sobre todo las que conllevan fuertes contrastes de conflicto y ambivalencia. El instinto político acertado -de corto plazo, porque no existe político que pueda controlar el largo plazo (en todo caso, como decía Keynes, en el largo plazo todos estaremos muertos)- tanto para conservar o aumentar el poder como para iniciar políticas ilustradas, es una cualidad más de voluntad, carácter y sentido común que de mera inteligencia y erudición. La claridad intelectual puede ser que ayude un tanto, pero no asegura un buen gobierno. El cristianismo, el Renacimiento y la Reforma protestante
En el Cristianismo, los intelectuales fueron los teólogos. Pero en una situación social en la que la Iglesia tenía el monopolio de la salvación y de la educación, podemos imaginar las limitaciones de los cristianos pensantes. Sabemos que la Iglesia tuvo problemas con sus filósofos y teólogos adscritos a las universidades, sobre todo las de París y Oxford. San Bernardo logró la condena de Abelardo, y Santo Tomás de Aquino, estuvo parcialmente en entredicho, sobre todo por su atrevida utilización de Aristóteles, un filósofo pagano, como modelo metodológico para la explicación de la fe. Guillermo de Ockham, atacó las pretensiones de poder secular del Papa, y fue llamado a la corte de Avignon para ser condenado por hereje. No podemos dejar de mencionar al humanista Giordano Bruno, enviado a la hoguera por sus atrevidas especulaciones cósmicas y a Galileo, quien tuvo que recurrir a la incómoda prudencia de negar lo que había escrito para evitar un castigo radical. Demás está decir que Copérnico escapó a la inquisición porque su libro, donde postulaba un universo no geocéntrico, se publicó póstumamente.
La revolución tecnológica de la imprenta, la cultural del Renacimiento y la religiosa de la Reforma Protestante provocaron cambios que afectaron el panorama cultural -y consecuentemente, el político- de Europa. La imprenta democratizó la recepción de libros y folletos. El Renacimiento introdujo el concepto del genio y situó al artista (Da Vinci, Miguel Angel, Rafael, Tiziano) en una posición de prestigio antes dominada por lo literatos. Asimismo, el Renacimiento contrapuso a los Humanistas (Petrarca, Marsilio Ficino, Picodella Mirandola, Lorenzo Valla, etc) frente a los mimados del Papado que eran los escolásticos de las universidades. Los humanistas prefirieron la historia y la literatura a la sequedad de la escolástica en decadencia (¿cuántos ángeles pueden bailar en la punta de uan aguja?) -que por supuesto no era la escolástica de Santo Tomás de Aquino, esta última retomada y remozada por Jacques Maritain en el siglo XX. El Renacimiento en las Bellas Artes -la pintura y la arquitectura y la música- tuvo por mecenas a reyes y Papas, quienes quisieron adornarse de la gloria visual de la nueva estética. Aquí no hubo conflictos mayores entre poderosos y artistas. Donde si los hubo fue con motivo del terremoto religioso-nacionalista que fue la Reforma Protestante., Desde entonces en Italia, y un poco antes en España, el uso de la Inquisición por motivo de seguridad nacional y suspicacias religiosas de las cuales nadie podía estar inmune -ni San Ignacio de Loyola, ni San Juan de la Cruz, ni Santa Teresa de Jesús- se convirtió en un arte temible. La Revolución científica, la Ilustración
Con la explosión de la Revolución Científica y su secuela, la Ilustración, los intelectuales y los científicos utilizaron sus más letales armas contra el absolutismo de la monarquía francesa y contra lo que se consideró la intolerancia religiosa del Cristianismo, sobre todo el Catolicismo galicano estrechamente ligado a la Corona. Dos escritores habían usado su talento para darle solidez intelectual a la monarquía absoluta. Primero, Bossuet, defendiendo brillantemente, con razones histórico-religiosas, el derecho divino de Luis XIV. Y segundo, el todavía más brillante argumento en defensa de una monarquía absoluta de Hobbes. El Leviatán (el estado), según éste, es un monstruo, pero un monstruo necesario de nuestra propia creación voluntaria para evitar una vida insegura, brutal y efímera. En la Ilustración, una serie de autores marcan la entrada al mundo moderno del pensamiento político moderno. Locke, Adam Smith, Voltaire, Montesquieu, Rousseau y la Enciclopedia. Todos estuvieron contra algo, y ese algo tenía que ver con las políticas de estado, o, como Rousseau, contra el estado de la sociedad. Locke escribió contra Hobbes y la monarquía absoluta, y defendió la nueva monarquía constitucional de Guillermo de Orange y María, la hija de Jacobo II. La ideología de Locke quedó estampada en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Adam Smith esgrimió sus mejores argumentos contra el mercantilismo de la época y en pro de la libertad de empresa. Voltaire fue anticatólico, admirador del sistema político inglés y enemigo de la monarquía absoluta francesa. Y Rousseau fue, con su concepto de la voluntad general, el precursor intelectual de las democracias socialistas plebiscitarias, donde no hay mayorías sino unanimidad. El siglo XIX produjo dos movimientos culturales y políticos, que aunque claramente distintos y separables, también tuvieron sus puntos de contacto innegables: el Romanticismo y el socialismo. Después de mediados del siglo, la protesta de izquierda y el pensamiento de Carlos Marx y Engels dominarán El pensamiento intelectual hasta las últimas décadas del siglo XX. Con el triunfo de la Revolución Rusa, los intelectuales ocuparon una posición peculiar. Por una parte, la Biblia socialista ya había sido escrita por Marx y Engels, y modificada por Lenin. Por otra parte, los intelectuales, pensadores, compositores musicales, cineastas, bailarines de ballet, eran necesarios para decorar los logros de la Revolución. El control sobre el pensamiento fue, naturalmente, férreo. Maiakovsky, Eisenstein, y Pasternak son sólo las personas más conocidas en estas condiciones de censura. Mikhail Suslov, fue por mucho tiempo, el ideólogo oficial del partido. Se encargó de señalar a aquellos que se desviaban de la ortodoxia. Sin embargo, Nikita Kriushev, en conversaciones con Nixon, se refirió al rol de Suslov con ironía y cierto desprecio: el camarada Suslov no tenía la menor idea del mundo real de la política internacional. En Nicaragua, Somoza utilizó a los mejores abogados, como Zurita y Quintana, para defender el régimen, como Gámez lo había hecho en tiempos de Zelaya. Los sandinistas no tuvieron necesidad de tener un consejero nicaragüense de peso. Para eso estaban los clásicos, Marx y Engels, con las directrices ocasionales de Fidel Castro y los asesores cubanos. Cada comandante se consideraba su mejor asesor. Utilizaron, sin embargo, el arte, sobre todo el folklore, como una manera eficaz para ganar simpatía y ayuda externa. Los intelectuales y la sociedad tecnológica
El capitalismo industrial, todavía más que el capitalismo comercial, requería, no solamente para una mayor producción de bienes sino también para las necesidades de administración y control del Estado, de personas alfabetas, con dominio del mundo simbólico de las ciencias y las letras. es decir de profesionales. Aunque no todo profesional se puede considerar como un intelectual, sin embargo, para efecto de las necesidades del mundo moderno, es así como se han tomado en las investigaciones sociológicas. Si se toma en cuenta el dominio conceptual que todo profesional debe adquirir con respecto a su profesión, tomar a las profesiones como parte del mundo intelectual tiene algún sentido. Por ejemplo, un juez, sea de primera instancia o de la corte suprema, tiene que sustentar su veredicto en complicados razonamientos que un lego está raramente preparado para duplicar. De manera que, para efecto del análisis sociológico, los juristas, como otros profesionales, como los ingenieros, científicos, maestros, matemáticos, y hasta los administradores de empresas, entran a engrosar las filas de los intelectuales. Y es que para los estudios sobre el mundo contemporáneo, el intelectual solitario ha sido reemplazado por grupos profesionales que tienen sus relaciones con la esfera del estado, y viceversa, sobre los cuales el estado ejerce una influencia tanto innegable como ibicua. · En una etapa de la civilización en la que toda actividad de la comunidad nacional tiende a cristalizarse en instituciones -inclusive, como ya lo estamos viendo, la gobernabilidad- es natural que el ejercicio del intelecto yo tras manifestaciones culturales deban también institucionalizarse.
· Dentro de todas las instituciones, la que más influencia ha venido acumulando a través de los años ha sido la institución universitaria. Debido a que la investigación científica requiere cada vez más de aparatos costosos y, prácticamente, de tecnología punta, el investigador solitario se vuelve con el paso del tiempo una rara avis. Laboratorios, experimentos, pasantías requeridos por la docencia moderna, investigaciones científicas y humanistas: todas estas tareas del saber están bajo la influencia de los subsidios de las organizaciones civiles y mulitares del gobierno o de organismos internacionales, como la UNESCO. Des esta necesidad no se escapan incluso las universidades privadas.
· Esto quiere decir que los antiguos Mecenas, reyes, príncipes, nobleza y coleccionistas burgueses, han sido sustituidos por el Estado y por instituciones filantrópicas (Rockefeller, Kellog, etc). · El nuevo ambiente institucional implica que existen fuertes influencias extra-intelectuales en el quehacer intelectual o artístico: por ejemplo, la elección de problemas, de procedimientos, la selección del personal, el enfoque sustantivo del estudio. Supuestamente, las burocracias estatales o privadas tratan de no introducir criterios o prejuicios políticos para otorgar ayuda financiera, pero dichas influencias no pueden evitarse en su totalidad.
· Inclusive poetas y escritores se encuentran en la disyuntiva de asociarse o quedar marginados cuando de la distribución de ayuda financiera se trata, especialmente cuado la decisión de publicar o no publicar la toman los burócratas. Las asociaciones de escritores buscan como neutralizar los caprichos de las editoriales.
· El progreso tecnológico ha provocado el surgimiento de nuevos tipos de intelectuales: aquellos conectados con el cine, la radio, la televisión, la publicidad, los servicios de información, los medios en general.
· La especialización que todas las profesiones están experimentando trae como consecuencia ciertas restricciones y limitaciones en la formación de los graduandos universitarios. Es posible que estemos presenciando la formación de una nueva sociedad unida más por sus necesidades complementarias que por una cultura compartida.
· La historia no dice que aunque se de una institucionalización generosa de ayuda a los intelectuales y científicos, no se puede asegurar la calidad del producto. Toda la manificiencia otorgada a la ciudad de Alejandría, con sus investigadores y científicos, no pudo igualar la gloria de los grandes trágicos del siglo V de Grecia, de Tucídudes, y sobre todo del pensamiento elevado y noble de Platón y Aristóteles. La experiencia del Ministerio de Cultura de Francia, ha replicado la historia de la dadivosa Alejandría. Con toda una formidable ayuda artistas, Francia se encuentra hoy postrada, incapaz de dar una figura en el pensamiento o las artes, que otras épocas si lograron presentar. La misma experiencia ha sido la de la poderosa Secretaría de Cultura de México. Las grandes figuras intelectuales, tanto de Francia como México, han surgido al margen de los Ministerios de Cultura. La calidad y el genio son caprichosos en aparecer; no se cosechan mecánicamente. · Los dirigentes de estado cada vez parecen necesitar menos de intelectuales humanistas para legitimarse frente a un electorado, frente a la nación. Las grandes directrices, tanto sociales como estrictamente económicas son tomadas por organizaciones internacionales, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Los jefes de estado y sus ministros, economistas y otros especialistas domésticos se encargan de explicarlas al país y de ejecutarlas. La globalización es, en este sentido, inmisericorde, no dejando mucho espacio para la circulación de ideas alternas, políticas o económicas, frescas, novedosas, y con cierta dosis de humanismo. Hoy más que nunca, se experimenta la necesidad de un humanismo para nuestro tiempo, un humanismo al fin. Una sociedad donde la especialización reduzca radicalmente la capacidad del discurso ciudadano, es una sociedad que renunciando a su vocación de integración, más bien busca el declive hacia lo infrahumano. No debemos tolerar que esto siga sucediendo.
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