El pensamiento de José María
Moncada vigente en el siglo XXI
El gran ideal (1908) es una obra que José María Moncada dedica a su hija Elsa Moncada de Inestroza. Trata sobre la familia, el matrimonio y las relaciones que deben establecerse en el hogar para, presuntamente, hacer la vida más plena y dichosa. La obra entera es, en apariencia, una apología del amor entre los miembros de la familia tradicional: Padre, madre e hijos. Está orientada a definir el papel de la mujer en el hogar, sea en su condición de madre, en el de hija o en el de hermana. Es una suerte de catecismo sobre el comportamiento que ella debe guardar ante las diversas situaciones que se le puedan presentar; una falsa exaltación de la madre y de la esposa. Falsa porque, como podremos constatar, en lo que a la mujer atañe, hay una posición por completo conservadora. Las reglas de lo que la mujer puede y no puede, llevan las cosas a un plano en el que ella no es más que un objeto en manos del padre o del esposo. ( ) Esta obra sería posteriormente elogiada por Monseñor Lezcano y Ortega, llamándola libro precioso por contener, según su criterio, lecciones muy benéficas, prácticas y oportunísimas sobre el matrimonio; oportunísimas porque, a su entender, esta institución social había perdido prestigio, grandeza, pureza y santidad. ( )
LA MUJER COMO ESCLAVA DEL HOMBRE Y DE SÍ MISMA
La obra de Moncada El gran ideal es pletórica de consejos a su hija. La llama a no envanecerse y a no creerse superior a nadie. Ello atenta "contra la armonía del hogar". La insta a forjar su voluntad como remedio eficaz del cuerpo y del alma. De palabra, la madre representa el más santo y dulce nombre que puede pronunciarse: No existe en el mundo nada más grande y sublime. Con la esposa pasa exactamente igual: Esposa es la otra palabra "dulce y sonora". Ella debe llenar al esposo de amor y comprensión, "adivinando sus gustos, sus afectos, sentimientos e ideales, para identificarse con ellos".
La honra ocupa un espacio de primer orden en la mujer, la que debe preferir la muerte antes que perderla. Significa resistirse a las pasiones y tristezas (aunque ello se traduzca en desgracia y en pérdida del amor de la pareja); conservarse pura y cuidar de los hijos.
Entre los consejos a la hija, el autor anota el trato digno a los criados, lo que encierra el cuidado de mantenerse a distancia de ellos, evitando igualárseles para que no se acostumbren a desobedecer las órdenes que la mujer les dé. Si quiere que vean en ella a una "ama y señora", la mujer no debe tener ninguna
familiaridad con los criados. No por orgullo lo que es propio de las "almas
ruines" sino para conservar el orden en el hogar "y una conveniente y útil jerarquía", así como para impedir que "la gente torpe y zafia" pueda influir en sus modales.
La extravagancia en el vestir es propia de mujeres tontas. La mujer debe ser hacendosa. La pereza debe combatirse por ser un "verdadero nubarrón" para el hogar, haciendo que la mujer desmerezca el cariño de su esposo y pierda el respeto de sus hijos. La mujer debe "seguir los gustos, inclinaciones e ideas" del cónyuge, siempre y cuando no estén reñidos "con la moral y las buenas costumbres". De no ser así, ella puede y debe rebelársele e incluso separársele, en aras de salvar a los hijos de la corrupción, porque "el bien y el amor son los deberes primordiales de la familia".
La mujer no debe quejarse continuamente, porque así apoca su ánimo y empuja al cónyuge a buscar alegría y distracción fuera del hogar. El hombre, por su propia naturaleza, es menos abnegado, fiel y leal que la mujer. Sus deseos inmoderados y su mayor dinamismo lo inclinan a mantenerse fuera del hogar. Y justificando esta conducta el autor agrega: "¡Hay de la mujer que no sabe retenerle entre sus brazos!".
La mirada es lo primero que la mujer debe utilizar en defensa de su honor: A través de ella, el alma femenina debe adivinarse "severa e inexorable". La mujer no debe atreverse a "dirigir miradas insistentes hacia hombre alguno, ni a expresarse bien de sus cualidades físicas". Con todo, el hombre es el único responsable de la corrupción y de la concupiscencia. Él vuelve a la mujer idéntica a sí mismo. Es perverso, la busca, la asecha y la persigue, haciéndola que lleve, en el plano social, la peor parte.
Pero si ante la mujer todo parece estar prohibido, ¿qué le corresponde hacer para realizarse como persona? La maternidad es su gran faena. Y mientras esté ocupada en ella, no debe pensar en los placeres. Y al hombre ¿qué le corresponde hacer para la felicidad del hogar? ¿Acaso nada? Muy poco, casi nada: Ser "igualmente noble (de alma) y bien nacido". Para remate, como si fuera poco el sacrifico que la mujer debe realizar en aras de la felicidad del hogar, el autor, amenazante, le expresa a su propia hija: "Mi hija eres, más si cometes injusticia estaré contra ti, y si faltas a tus deberes, a tu esposo tenderé la mano y su pena será mía". Es al marido a quien la mujer debe consultar sus dudas, porque él es su "verdadero dueño". Se puede suponer, a partir de semejante idea que, históricamente, el padre es el primer "dueño" que la mujer tiene en su vida. Y hablando al fin de un deber compartido, Moncada señala que el amor es más grande, recatado y honesto cuando se hace en soledad, jamás en público. Y de inmediato, la arremete contra el "llamado comunismo y el amor libre", a los que acusa de ser opuestos a los ideales sociales.