Aparte del recibimiento que se le tributó a su regreso triunfal a Nicaragua en 1907, ya
nimbado por la gloria y la inmortalidad, y de los homenajes que se le rindieron a raíz de
su angustioso y atormentado fallecimiento, nunca se volvió a rendir oficialmente a don
Rubén Darío un reconocimiento como el que se le dedicó en 1967, en ocasión del
centenario de su nacimiento.
Para esa oportunidad se organizaron una serie de
actividades y festejos, que si por nuestro eterno subdesarrollo no fueron tan
esplendorosos como el excelso aeda se lo merecía, al menos si tuvieron la altura y la
dignidad de quien con su obra magistral se encargaría de revitalizar y transformar la
lengua castellana.
Lo que fue, nos parece, la nota central de esa
luminosa conmemoración al más alto y más grande hijo pródigo que ha tenido Nicaragua,
es la activa participación de ilustres intelectuales de nuestra Patria, América y
Europa, quienes daristas consumados o cabales conocedores de su obra dijeron sus ponencias
en un hermoso acto celebrado durante varios días en el recién entrenado Teatro Nacional
Rubén Darío, y en otros lugares del país.
En la lista de esos invitados especiales figuraron:
Erika Lorenz, Luis Alberto Sánchez, Hugo Lindo,
Beltranena Sinibaldi, Ernesto La Orden Miracle, Guillermo Díaz Plaja, Augusto Arias,
Arturo Uslar Prieti, Raimundo Lida, Dionisio Gamallo Fierros, German Arcienagas, Charles
Arbrun, Giuseppe Bellini, Pedro Barnila, body D. Carter, Pedro Calmón René L.F. Durand,
Alfonso Junco, Carlos Jinesta, Francisco Monterde, Gerardo Mello Mourao, Miguel Sánchez
Astudillo, Jaime torres bodet, Charles D. Watland, Pablo Neruda, Baltasar Icaza Calderón.
Resalta oportuno destacar, por otra parte, que si
bien se nombró tres años antes una Comisión Especial para organizar y materializar ese
imponente homenaje a Don Rubén, alma y nervio de la misma en su etapa final, fue el
Doctor Ramiro Sacasa Guerrero, con quien tuve el privilegio de trabajar muy de cerca, en
ese entonces Ministro de Educación.
A su cargo estuvo, precisamente recoger en un tomo de lujo, los discursos y ponencias que
esa pléyade de escritores y literatos pronunciaron alrededor de la obra Adriana hace
treinta y tres años.
Seguidamente reproducimos fragmentos de la pieza
oratoria que en esa ocasión dijo el insigne creador mexicano Jaime Torres bodet:
Lo extraordinario, en el caso de Darío, es que
el lector imparcial no puede prescindir por completo ni del Darío exterior ni del
interior. La originalidad suprema de Rubén reside en una ambivalencia constante del
éxtasis y la angustia: del cuerpo ansioso de deleites, y el alma, llena de pesadumbres.
Darío no vio solamente, ni vivió solamente, ni cantó solamente uno de los aspectos de
su existencia: la luz del día, grata a los epicúreos, o la oscuridad de la noche,
inspiradora de los estóicos. Como pocos, amó la vida. La amó hasta en sus júbilos más
modestos y hasta en sus desenfrenos más reprobables. Pero, como pocos, sintió el espanto
de lo perecedero: la fa- talidad del no ser, la proximidad magnética de la muerte. En sus
poesías más ligeras hay un momento en que la elegía se esconde. Y, en todas sus
elegías, hasta en lo Fatal, hay una referencia al placer, por lo menos, una alusión a
los racimos húmedos del deseo.
Confieso que, en lo que se refiere a mis propios
gustos, me siento mucho más cerca del Darío interior que del exterior. Los Nocturnos,
Melancolía, Thanatos, Lo Fatal, La Canción de los Pinos, el Poema del otoño me dicen
más de Rubén Darío que las vastas composiciones sinfónicas en que resuena toda su
orquesta lírica. Pero reconozco que sería imposible admirar al Darío interior sin
tratar de entender al otro, a su inseparable: el Rubén Darío exterior. Este produjo a
aquél. Y se hallaban ligados ambos, indisolublemente, como el caballo y el hombre en el
ímpetu del centauro.
Preferir no ha de ser desdeñar. Resultaría una
prueba de impertinencia critica el querer escindir lo que preferimos del conjunto que hizo
posible su advenimiento. El camino que Darío siguió para llegar a la desnudez de la
estrella hubo de pasar por todas las tentaciones de los sentidos, todas las intermitencias
del carácter y todos los altibajos del sentimiento.
La poesía de Darío, como su vida, necesitó recorrer un mundo: ir de las tardes de
Nicaragua a las de Santiago de Chile; jugar al dominó con los marinos germanos del vapor
Guarda; sentar plaza de vista de aduana en Valparaíso; cantar el combate de Huáscar y el
Esmeralda: impregnarse de nuevo del aire de Centroamérica; elogiar a la luna de Sonsonaje
cual si fuera un góndola de alabastro; propugnar la celebración del cuarto centenario
del descubrimiento de América; deplorar la muerte de Rafael y contraer nuevas nupcias con
Rosario Murillo; conocer a Martí en Nueva York; atravesar París en 1893; asociarse, en
Buenos Aires, con Jaime Fryre; asomarse al parnaso hermético de Los Raros; ver surgir, en
España, otra vez a la generación del 98; unirse, en Madrid, con Francisca Sánchez;
visitar tierras solares y tierras nórdicas; panamericanizar en la Conferencia
de Río de Janeiro; apreciar la gratitud de su patria en 1907; no llegar hasta la capital
mexicana en 1910; dirigir las letras de la revista Mundial; gozar de la paz de Palma de
Mallorca; comprender, junto al mar latino, que en roca, aceite y vino estaba su
antigüedad, vagar con los corderos y con las cabras por los montes de Valldemosa; buscar,
en el refugirio de la Cartuja, la soledad que amaba Jeremías; sentir el soplo bélico de
1914; exhortar a la paz en el Salón Havemeyer, de la Universidad de Colombia; sufrir la
hospitalidad de Estrada Cabrera, y morir, en la tierra de sus mayores, el 6 de Febrero de
1916...
Hay poetas que parecen exentos de biografía. Nacen
de si mismos para morir en si mismos, serenamente. No fue ése el caso del poeta
Rubén Darío. Su obra estuvo siempre abierta a la vida, de par en par. No es posible
comprarlo con escritores del tipo de Mallarmé o de Valery. Y tampoco sería prudente
equiparlo con Paul Verlaine. En el fondo, cada poeta es único. Y Darío conseguiría su
unidad literaria fundamental mercede a una deliberada inmersión en las más torturantes
diversidades.
El mundo exterior existe, según afirmaba uno de los
primeros maestros de Darío: Teófilo Gautier. Y al mundo exterior se entregó Rubén,
escondiendo su alma durante años. Lo que nos revelan Prosas Profanas acerca del hombre
Rubén Darío es bien poca cosa., Por norma estética, por elegancia o por pudor, ese
hombre se disimula bajo el brillo de sus poemas. Esculpe, como querían los parnasianos,
de quiénes era- en aquellos día-sémulo adicto. Sólo por momentos, en algunas esquirlas
del mármol que labra, arrancadas por su cincel, sentimos rápidamente el calor de su
corazón...
En tan improcedente querer separar al Darío exterior
del otro, como lo era una clasificación de los escritores en objetivos y en subjetivos.
Objetivos y subjetivos los somos todos. En ocasiones, sucesivamente. Y, en otras,
simultáneamente. Tan subjetivo como objetivo fue siempre Rubén Darío; pero necesitó
abandonar los mitos de su primera objetividad los cisnes, los pavos reales, los
tigres de bengala, con su lustrosa piel manchada a trechos, para ir tocando la forma
oculta de su ser íntimo; aquel sobre cuya frente, traspuesta la madurez y la
madurez fue precoz en espíritu como el suyo- surgiría, por fin, el Alba de oro.
Con el tiempo, se apagaron las lámparas; emigraron
los cisnes; se marchitaron las opulentas guirnaldas de músicas y de flores; dejaron de
piruetear los bufones en los palacios de las princesas. Enmudeció el paisaje. Y, sobre un
fondo sin papemores y sin bulbules, solo ante su conciencia, solo ante su destino,
responsable ya de su poesía más descarnada, en el poeta Rubén Darío vimos al hombre:
el que advirtió la miseria de toda lucha por lo finito, el que dejó caer en la sombra
las gotas de su melancolía, el que supo medir la labor del minuto y el prodigio del año,
el que auscultando el silencio nocturno oyó cómo surgían de su prisión los
olvidados, y sintió con qué vehemencia un eco del corazón del mundo penetrada y movía
su propia corazón.
Se desmentía el poeta así? Era aquel ascenso una
traición?.. En manera alguna. Tampoco se desmiente la rama, ni se traiciona -antes se
comprueba-, al coronar con la intensa y última flor, lenta en manifestarse y rápida en
parecer, el espeso atavío de hojas con que el árbol hubo de proteger su mágico
nacimiento. No hay dos Daríos en Darío, según lo creen o lo declaran algunos críticos.
Sus extravíos no fueron óbice para sus aciertos. Sus defectos eran indispen-sables a sus
virtudes. De ahí que tanto conmueva al lector de hoy, en un poema contaminado por los
fáciles hábitos juveniles (hablo de la Canción de Otoño en Primavera), descubrir las
maravi- llosas líneas en que el poeta, con el cabello gris, se acerca a los rosales del
jardín, y confiesa que las demás mujeres, en tantos climas/, en tantas tierras, siempre
son/si no pretexto de sus rimas/fantasmas de su corazón. En esos versos
y en muchos otros, que sería prolijo citar, tocamos el punto en que el Darío institivo
del artificio y el Darío esencial del arte se comunican estrechamente. Y es que Darío no
fue jamás un poeta quíjicamente puro, como parecía pretender el Abate Bremond que lo
fueran sus predilectos. Impuro, como la vida, todo loambicionó, todo lo acarició. Y, a
fuerza de acariciarlas, no fueron pocas las experiencias que marchitó. Que lo condenen,
por esa fiebre vital, quienes juzguen su propia obra en estado onírico de pureza! Pero
los más puros de sus contemporáneos, entre los grandes de nuestro idioma, como Juan
Ramón Jiménez y Antonio Machado, no lo condenaron jamás por sus impurezas. Sabían que,
hasta en sus caídas, si hubo un alma sincera, era la suya...