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Lisandro Chávez Alfaro Páginas Verdes |
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A lo largo de
la historia human (no existe registro de otra, a menos que nos remitamos a ese
camino especulativo de la ciencia-ficción) ha perdurado el programa de someter
a quienes piensan al yugo del poder, a costa de lo que sea, los hegemonistas
necesitan de la voz preclara del
intelectual, que es todo aquel que ejerce las magias de su intelecto aplicado a
la filosofía o a la información diaria del periodismo. En cualquiera de estos
sentidos, es una voz reclamada por los poderosos, permanente inquisición de
quienes requieren de voceros con propia autoridad. Se supone siempre, desde las
fechas de la Revolución Francesa, que el intelectual debe estar situado a
izquierda o a derecha de la mesa de presidencia, y actuar en consecuencia. Entre más consecuente, más útil será. Tal dependencia voluntaria llega a confundirse con la progenie de los serviles, y si fuera necesario, a la progenie de los esclavos. Repudiar dicha esclavitud es un acto que suele encasillarse en el orden las flagrantes traiciones, porque se olvida galantemente que la única fidelidad que un intelectual está obligado a respetar es la fidelidad a su propio intelecto, con absoluta autonomía. Este supremo valor de la autonomía, siempre objeto de graves reticencias cuando de ejercerlo se trata. Será siempre objeto de conflicto porque el poder político invariablemente sostiene un conflicto básico con el poder moral. Lo sostiene y lo mantiene y lo cultiva, porque el único verdadero competidor que tiene es el poder moral. En el mismo instante en que el ejercicio intelectual pierde su contenido moral, pierde todo lo demás. Ese poder
moral se gana desde el estrato intelectual cuando se está con las causas
perdidas. Jorge Luis Borges, paradigma de intelectual, lo expresó contundente
al decir: Todo caballero está con las causas perdidas. Yo soy un caballero Se
gana también desde el status político cuando se sufre persecución y prisión, o
cuando se muere a manos de los enemigos abiertos o encubiertos. Entre nosotros
los nicaragüenses, ejemplo de este caso de sacrificio sangriento es el de Pedro
Joaquín Chamorro Cardenal, quien debió ser obligado relevo de los Somoza en la
silla del poder. ¿Quién lo mató? Quienes no deseaban que Nicaragua volviera a
ser República. Muchos crímenes atribuidos a la dinastía atribuidos a la
dinastía Somoza son de algún modo falaces. No porque había múltiples intereses
en juego. Sobre todo, los intereses de la izquierda latinoamericana puestos en
la mesa de los apostadores. Y en esa mesa, la voz del intelectual era un
peligro, era una ficha tan valiosa como oprobiosa. Orpobio es afiliarse
incondicionalmente al contexto ideológico en boga. Oprobio es plegarse al poder
porque se ha jurado en lo íntimo ser de izquierda o de derecha. Orpobio es
proclamar en farfulla caribeña: ijquielda, siemple ijquielda. Cabe apuntar
aquí que el Caribe es algo más, mucho más que aquello que Cristobal Colón, con
su mentalidad de medioso mitificador, consignó como las ante-islas, que vino a
ser igual que consignar las Antillas. El Caribe se extiende desde esa península
bautizada por los españoles con criterio mítico: el sitio de la fuente de la
juventud, la Florida, desde ahí hasta la punta de Cumaná en Venezuela. Dilatado
ámbito de la región caribeña, que por supuesto incluye en todas sus dimensiones
al litoral del oriente nicaragüense. Excelso Caribe que rebasa y sobrepasa el
arco de las ante-islas. El oriente de
Nicaragua jamás ha sido considerado más que en términos de sujeto de
colonización interna. Hace más de un siglo que Nicaragua se anexó manu
militare la costa caribeña, que no le pertenecía en el forzoso legado
español. Sin embargo, al cabo de un siglo no existe una sola carretera que una
el Pacífico hegemónico con el sometido litoral caribeño. El régimen somocista
se inventó el negocio de una carretera hacia El Rama, y de ahí no hemos pasado.
No existe ni está en los proyectos visibles una carretera hacia Bluefields, ni
una carretera hacia Bilwí, que los colonizadores internos prefieren llamar
Puerto Cabezas. Volvamos a la
médula de este coloquio, que es la relación entre los intelectuales y el poder. Si de parte del poder existe el
prurito de enyugarlo todo en su causa, de parte de los intelectuales debe
establecerse toda clase de precauciones contra ese enyugamiento. Debe hacerse
el deslinde entre la libertad individual y la posición expresa del gremio al
que pertenezca; entre lo irrenunciable y lo negociable. Suena a exigirle al
intelectual la destreza de saber caminar sobre la cuerda floja tendida a gran
altura, y su vida en algo se parece a ese milagro que siempre nos deja
atónitos. Creo que por eso, entre muchas otras razones, es importante estar
inscrito en la vida gremial. En mi caso personal, la vida del Centro
Nicaragüense de Escritoras, entre cuyos fundadores me honro en pertenecer. Managua, 30 de
noviembre de 1999.
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