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Karlos
Navarro
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FRUSTRACIONES Y FRACASOS DE UN DESTINO |
Karlos Navarro
Las palabras claves para poder entender nuestra historia es la
desdicha, la frustración y el engaño. Una gran parte de historiadores y
sociólogos le atribuyen el origen de estos males a la conquista y a la
contrarreforma católica, que trajo consigo el dogmatismo religioso y
cultural; y que para muchos investigadores, el día de hoy sobrevive de
manera oculta con el pensamiento moderno.
Sin subestimar la importancia de este hecho, está tesis parece una
explicación simplista y al mismo tiempo contradictoria. Creo que todavía
no existe una explicación convincente, para expresar la exégesis de
personajes como Antonio López de Santa Anna, el dictador mexicano que
ocupó la presidencia once veces entre 1833 y 1855, llegándose a darse
golpes de Estado a sí mismo. En la guerra de los pasteles contra Francia
en 1836, perdió una pierna, y la mandó a enterrar con honores de Estado
en la catedral de México, y la extravió cada vez que cayo del poder. La
recuperaba y la volvía a enterrar con tedeum en la misma catedral.
Carlos Fuente cuenta en su libro Valiente Nuevo Mundo que terminó sus
días como un miserable cojitranco pensionado del gobierno de Lerdo en la
Ciudad de México. Su esposa, Flor de México, empleaba el dinero de la
pensión en alquilar mendigos que hicieran antesala y llamaran al pobre
viejo "Señor Presidente".
No es menos inverosímil la historia de Trujillo: Nombró a su pequeño
hijo Rademés general y quiso canonizar a su madre. No se queda atrás la
historia de Enrique Peñaranda, dictador de Bolivia de los años cuarenta
del siglo XX, quien dijo que de haber sabido que su hijo llegaría a
presidente, le hubiera enseñado a leer y escribir.
Y que pensar de Somoza García. Cuando subió al poder, solamente tenía
una finca de café arruinada. En los tres primeros años acumuló una
fortuna de $4 millones; a su muerte su capital ascendía a $100 millones.
Los opositores nunca le probaron que "robaba". A su hijo Tachito el
columnista del New York Post Jack Anderson lo llamo "El gobernante más
goloso del mundo" debido a que tenía el oscuro mérito de ser el más
agarrón de los grandes arrebatadores. "A través de su familia y de sus
lacayos controlaba toda la industria, institución y servicios lucrativos
de Nicaragua".
En las elecciones de 1995, participaron varios intelectuales notables,
entre ellos Sergio Ramírez y Alejandro Serrano Caldera. Entre éstos dos
candidatos no sacaron más de quince mil votos. Al saber los resultados,
Sergio Ramírez, expresó sorprendido una frase ya celebre: "tengo más
lectores que electores".
En cambio, el otrora candidato Arnoldo Alemán, con dichos, chistes,
ofensas y acusaciones de corrupción llego cómodamente a la presidencia
con más del 40 % de los votos validos.
En países como los Estados Unidos, Inglaterra o Francia, estos
personajes folklóricos y descabellados jamás hubieran accedido al poder,
muchos menos la población los tomaría en serio en una campaña electoral.
Por desgracia, en nuestros países, el vivían, el que viola las leyes de
manera permanente y se ríe de la justicia; el que estafa, roba y sale
con triquiñuelas legales; o en todo caso el que pasa por el gobierno y "piñatea",
y no le ocurre nada, es el pícaro, el héroe silenciosamente admirado por
la población.
En cambio, el honesto, el que cumple a cabalidad con la Constitución y
las leyes, y actúa de acuerdo a su palabra y a una escala de valores
positivos es catalogado como tonto, baboso, e incluso es marginado de la
sociedad por considerarlo "sospechoso".
¿A que se debe esta inversión de valores? ¿Porqué el vivían es el héroe
y el villano el honesto? ¿Será acaso que esa identificación de la
población con el vivían revela el carácter común, los rasgos, los
impulsos sepultados y reprimidos del nicaragüense? ¿Es acaso esa nuestra
verdadera idiosincrasia?
Lawrence E. Harrinson, en su libro El subdesarrollo es un estado de la
mente, ha popularizado la tesis que la cultura más que otro factor es el
que determina y explica todos estos fenómenos inverosímiles; ya que la
cultura es un sistema de valores, que forman patrones específicos de
conducta, estilos de vida que se expresan en el lenguaje y que se
socializan por medio de los padres, la escuela, la iglesia, los medios
de comunicación, etc.
De ser así, los valores que han prevalecido con leves matices desde la
colonia hasta nuestros días en el mestizo y el indio ha sido el recelo,
la desconfianza; la mentira.
La dureza y el desprecio con que fue tratado el indio y el mestizo
durante tres siglos, hicieron de éstos seres personas escurridizas, de
sentimientos simulados, cerrados, desconfiados frente a los demás,
temerosos de la mirada ajena; quieren pasar desapercibidos, inadvertidos
frente a los demás para no ser objeto de ataques.
A mediados del siglo XIX, el indio por ser el símbolo de la barbarie, y
ser objeto de represión, tortura y genocidio tuvo que españolizar sus
nombres y apellidos; es decir se escondió en su silencio. Por su parte,
los mestizos se inventaron falsas ascendencias, adoptaron apellidos de
nobles. "La mentira se instala en su ser y se convierte en el fondo
último de su personalidad", escribió Octavio Paz.
Aunque el mundo colonial desapareció - de manera formal - de un solo
plumazo: el pánico, la desconfianza y la mentira persisten en la
actualidad: la yuxtaposición de valores, la persistencia de una
identidad hegemónica excluyente, el "complejo de inferioridad" y la
eterna angustia de encarar nuestro propio destino hacen de nuestras
sociedades un suelo fértil, un lugar propicio para el florecimiento de
serviles, oportunistas y el ascenso de dictadores y presidentes locos,
malcriados y ladrones.
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