Karlos  Navarro                                                                            Páginas Verdes

La mentira Constitucional


Karlos Navarro


Si alguna persona tuviera la paciencia y el tiempo suficiente para ponerse a leer las constituciones políticas de nuestro país, desde la independencia hasta nuestros días, comprobaría que en estos textos se ha venido repitiendo desde siempre los más elevados principios del derecho político, todas las garantizas imaginables a las que pueda aspirar un ciudadano y las normas más avanzadas para el buen funcionamiento de un gobierno democrático.
Esta curiosa tradición, tan reveladora, nunca ha sido rota. Aun bajo regímenes de fuerza muy abusivos y negadores de los derechos humanos como el de los Somoza las constituciones han permanecido incólumes, respetadas pero no acatadas, ineficientes pero vigentes, casi como una forma de culto semi religioso.
Esta antítesis entre el texto constitucional y la vida política y social real es una de las manifestaciones más claras de las peculiaridades y contradicciones que ha caracterizado la vida política de Nicaragua. Es como si nadie se atreviera a renunciar a los principios más altos y, mucho menos, a reemplazarlos por otros distintos y opuestos pero, al mismo tiempo, tampoco nadie pretende o cree que puedan ser aplicados efectivamente y celosamente en la vida real.
El apotegma " me harás firmar pero cumplir jamás" revela con claridad esta propensión de desnaturalizar lo que decimos y hacemos, corrompiendo las ideas y suplantando los contenidos de aquellas instituciones que regulan nuestra vida social, unas veces de manera sutil y otras de manera abrupta.
"Si las palabras en nuestra sociedad - escribió Mario Vargas Llosa- no expresan nítidamente lo que deben expresar, si no se funden y desaparecen hasta ser una misma realidad con la cosa o el acto que nombran o califican, si se las usa de manera ambigua o, peor aún, mentirosa, para pasar de contrabando algo diferente a lo que son y representan; y si las autoridades dicen cosas que no hacen y hacen cosas que no dicen, el principio básico de la democracia: el "contrato social" se vuelve una "estafa social".
El arte de mentir, de embaucar a la gente le es constitutivo a aquellos regímenes, partidos o personas, en donde el poder no lo basan en creencias o ideas, sino en el apetito crudo de llegar o mantenerse en el poder y perpetuarse en él para aprovecharlo hasta el hartazgo.
En nuestro país necesitamos sacudirnos de la mentira, limpiar el lenguaje con el objetivo de devolverle la propiedad semántica que nos permita entendernos sobre lo que queremos y averiguar lo que nos acerca, con el objetivo de diseñar un proyecto de nación en base a la verdad, a la realidad. Sin embargo, construir este proyecto, una alternativa viable al embrollo en que vivimos sumergidos cotidianamente no es tarea fácil.
Hace ya unos diez años, muchos ciudadanos pensábamos que ya habíamos aprendido la lección, y que no necesitábamos de la comunidad internacional para resolver nuestros asuntos internos, que cada día el entendimiento y la confianza entre los nicaragüenses iba a ser mayor, y que las instituciones del Estado, tendrían credibilidad, y reduciría las posibilidades de las ambiciones antidemocráticas.
No obstante, para desdicha nuestra no ha sido así. Más bien cada día que pasa se desnaturaliza el juego democrático y ha comenzado a surgir una cultura de rechazo y desconfianza de los ciudadanos hacia las entidades estatales, por considerarlas excesivamente politizadas.
Al parecer, el sentimiento de bicefalía, que se ha expresado históricamente en la imposición del bipartidismo a ultranza, el bicaudillismo, la repartición de los cargos públicos, es el día de hoy el mayor obstáculo para formar una nación pluralista y participativa; y sobre todo un sentimiento de identidad común, sobre el estrecho sentimiento de adhesión de clan, tribu, bando o partido que hemos padecido los nicaragüenses en nuestras mutaciones históricas.
Considero, al igual que muchos ciudadanos que para transcender estos obstáculos, que tanto daño ha hecho a nuestro país, es necesario superar ese sentimiento estrecho de grupo o partido que venimos arrastrando desde la independencia; separar el Estado del gobierno y del partido, como acertadamente lo ha venido realizando el presidente Enrique Bolaños; y por medio de una educación adecuada desarrollar una conciencia de nacionalidad.
Desde luego, estas tareas no son fáciles realizar en un país con profundas raíces autoritarias, en donde los presidentes han gobernados para su grupo y no para la nación y sobre todo cuando con artificio ilegales, artimañas se trata de entorpecer el pluralismo político.
Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos nicaragüenses estamos plenamente conscientes, que estas raíces de nuestra inestabilidad política tenemos, mas tempranos que tarde, que cortarlas de su fundamento para que el destino de Nicaragua por fin vea despejado su horizonte histórico; y realmente exista concomitancia entre la palabra y los hechos, entre la Constitución y la realidad, y de una vez por todas sepultemos a la mentira y a los mentirosos.


 

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