Después que las colonias de América se independizaron
de España, haya por los años veinte, se inició lo que se conoce en la
historiografía como el período de la anarquía. En esta época se
desataron pasiones, odios personales, pugnas descontroladas por el poder;
y aún más: se mezclaron interés locales y familiares, que para desdicha
de nuestro país aun persisten en la conducta de los políticos de hoy.
Según algunos historiadores los orígenes mismos de estos antagonismos y
odios congénitos, surgen primeramente entre Bolívar y Santander y
después se reflejaron con igual o mayor magnitud entre los caudillos
locales.
Luego de haber combatido juntos en la guerra de Independencia y de
mantener una amistad que lindaba con la devoción, Bolívar y Santander
los dos grandes hombres de América del sur terminaron detestándose. En
la lucha entre esto dos redentores hubo de todo. Desde escena de vodeli
como la del “fusilamiento” de un muñeco con la figura de Santander por
Manuela Sáenz, hasta tragedias como la Conspiración Septembrina.
El libertador, persuadido de que Santander había planeado su muerte lo
condenó en principio a ser fusilado y después lo desterró. Santander
nunca perdonó la ofensa y al regresar al país ya muerto Bolívar, a
posesionarse como presidente, combatió con saña todo lo que tuviera que
ver con el bando bolivariano. Para muchos, los dos grandes partidos
tradicionales de América, y su historia pugnaz, nacieron de esa
enemistad.
Cerda y Arguello: De amigos de infancia a enemigos acérrimos
Manuel Antonio de la Cerda y Don Juan Arguello, habían tenido una
amistas desde que tenían cinco años. Juntos habían aparecido como
miembros del Ayuntamiento cuando eran jóvenes, así mismo habían dirigido
la revolución libertadora de 1811 y ambos, ante el fracaso, fueron
condenados a muerte, pero después los pasaron como prisiones de guerra a
Cádiz y fueron indultados en el año de 1817.
Una vez consumada la independencia, por voto popular fue nombrado para
Jefe de Estado Manuel Antonio de la Cerna y para Vice-Jefe Juan Arguello.
No había pasado mucho tiempo de estos nombramientos cuando ambos se
hicieron enemigos. Arguello acuso a Cerda de abusos en el ejercicio de
su cargo. El poder legislativo luego de investigar mandó a suspender a
Cerda de su responsabilidad y se le trato de inculpar bajo
responsabilidad criminal.
Bajo este panorama estalló la guerra civil de 1827, con mayor crueldad y
barbarie que la acontecida en 1824. Cuenta Gámez en su historia de
Nicaragua que “los jefes militares de Cerda parecían competir con los de
Arguello, dando espectáculos sangrientos de verdadero vandalismo, que
sembraban el terror por todas partes y llevaba la consternación al seno
de las familias. En esos duros años combatieron “pueblo contra pueblo,
familia contra familias, parientes y vecinos, unos contra otros, sin
otro móvil que el insensato deseo de destruirse. El mismo Gámez escribe
que “uno de los jefes de Cerda acostumbraba presentar a éste, ensartadas
en su espada, las orejas de los infelices prisiones de guerra y de las
personas que creía enemigas; mientras los de Arguello mutilaban las
narices de muchos de aquellos a quienes se perdonaba la vida.
Cerda fue juzgado y sentenciado en 1828 por un Consejo de guerra,
compuesto de oficiales enemigos y fue fusilado en Rivas. Un compañero de
armas cuenta que “Cerda era incapaz de robar un centavo; pero sonreía
gustoso, cuando le presentaban las orejas de los enemigos, ensartadas en
una tizona”.
Por su parte Juan Arguello fue desterrado sin recursos y sin protección
por Dionisio Herrera a Guatemala y sus últimas horas las paso solo y
triste en un hospital de los indígenas. “No hubo una mano amiga que
cerrara sus ojos, ni nadie que marcara su sepultero a la posteridad”.
Un pacto digno de admiración: El Jerez-Martínez
En el año de 1853, la Asamblea declaró electo como presidente a Fruto
Chamorro, quien era originario de Guatemala e hijo de una humilde
sirvienta y un estudiante pobre. Chamorro se caracterizó por ser una
persona autoritaria y astuta, a tal punto que se las arreglo para
prolongar su período de dos años, como lo mandaba la Constitución, por
cuatro más.
Ante la maniobra de Chamorro, los emigrados nicaragüense, apoyados por
el gobierno de Honduras desembarcaron en mayo de 1854 en el Realejo,
acaudillados por Máximo Jerez. El ejercito de Jerez tomó el nombre de
Democrático y el de Chamorro el de Legitimista. De esta forma se inició
una vez más una guerra sin cuartel y un duelo a muerte entre dos
caudillos.
Tomás Ayón escribe que en ese período “las cárceles se llenaban de
hombres, muchos de ellos inocentes, a quienes se sacaba diariamente con
una cadena al pie a trabajos públicos, unidos con los criminales. El
rigor se hizo extensivo hasta las mujeres. Una infeliz, sin otro delito
que ser la esposa de uno de los revolucionarios más activos, fue
mantenida con grillos; aquella desgracia, que se hallaba en víspera de
alumbrar, no puedo conseguir, ni en el acto supremo del nacimiento de su
hijo, que le libertaran los pies. Según el dicho de un testigo
presencial, pasaron de trescientas las mujeres y de cuatrocientos los
hombres a quienes sé tubo en el presidio, haciéndose de las primeras de
todos los usos y abusos que la dementada pasión del odio pudo aconsejar”.
El 12 de marzo de 1855 falleció Fruto Chamorro, pero en vez de terminar
la guerra se acrecentó más, a tal extremo que el 13 de junio de ese
mismo año llegó a Nicaragua Willian Walker, contratado por los
Democráticos.
Al comprender el error que había cometido, al traer a un filibustero, el
12 de septiembre de 1856, los caudillos firmaron el Pacto de los
partidos a fin de lograr una causa común
Una vez despejada la amenaza filibustera, de nuevo comenzaron las
disputas entre los caudillos, sin embargo éstas no duraron mucho tiempo.
Máximo Jerez le propuso al General Martínez que gobernasen temporalmente,
y de manera discrecional el país. El crónista Jerónimo Pérez refiere el
hecho:
“Legitimista y democráticos creían inevitable la continuación de la
guerra civil, por lo que varios jefes que en la nacional habían visto el
peligro corrido, se empeñaban por una inteligencia entre los dos
caudillos...Martínez, con varios orientales, y Jerez, con occidentales,
reunidos en Managua, procuraron en vanos los arreglos. Llegaron al punto
de despedirse para recomenzar la lucha fratricida. Jerez, entonces se
dirigió acompañado de don Evaristo Carazo a la habitación de Martínez,
que estaba sólo con don Ignacio Padilla y con el autor de esta Memorias,
y le dijo: -¿Quiere Ud. Que asumamos el poder, y gobernemos la República
dictatorialmente, hasta que reorganicemos el país?- Sí, fue la respuesta;
y se redactó un convenio que resultó la Junta de Gobierno, que, a
despecho de todas las predicciones, no sólo salvo al país de la nueva
contienda que le amagaba, sino que lo condujo sabiamente a su
organización constitucional”.
La dictadura somocista y los asesinatos de Sandino, Fonseca y Chamorro
El abrazo entre Sandino y Sacasa fue salpicado de mutuos elogios.
General Sandino, le dijo Sacasa, “usted es bienvenido al palacio
presidencial de su patria y a la casa particular de Juan Bautista Sacasa.
Quién le abraza como presidente y hermano suyo en la patria y como rival
en el amor a Nicaragua y por la paz que nos brinda y con la que
corresponde”.
Sandino le contesto diciendo que venía personalmente “a hacer la paz con
el caballero presidente Sacasa y no pide nada, ni siquiera su firma”.
Sin embargo, al conocer Somoza que Sacasa había hecho la escogencia de
Horacio Portocarrero como Delegado en cuatro Departamento de las
Segovia, se dirigió al palacio de Tiscapa, “ a fin de hacer la
trascendencia de lo que significaba semejante nombramiento que ponía
toda la fuerza armada...a las órdenes del propio Sandino”. Somoza quiso
convencer al Presidente, no obstante no lo logró y “habiendo perdido
toda esperanza...tomó su sombrero y le dijo al mandatario: “He hecho lo
que humanamente se puede hacer en cumplimiento de mi deber a fin de
evitar los trastorno que acarrearía al país semejante nombramiento
y...al llevar usted a efecto el nombramiento...no me hago responsable de
lo que pueda sobrevenir”.
Después de las exitosas conversaciones de paz, el Presidente Sacasa
invitó a Sandino y todos lo que habían asistido a las reuniones a una
cena el 21 de febrero. Simultáneamente Somoza había convocado al cuartel
general de la Guardia Nacional a un grupo de conspiradores que decidió
la captura y ejecución de Sandino esa misma noche.
Alrededor de las 10 de la noche se disolvió la reunión. Sandino subió al
automóvil oficial de Salvatierra, acompañado de su padre, su escolta y
Umanzor. El automóvil se dirigía a casa de Salvatierra, donde estaba
alojado Sandino. A los pies de la colina de Tiscapa, una patrulla de la
Guardia Nacional esperaba el vehículo y lo detuvo. Sandino reaccionó
incrédulo al principio; protestó, alegando que debía ser un malentendido,
y exigió que se le permitiera hablar con el General Somoza. No fue
posible localizar a Somoza: oficialmente asistía a un recital de poesía.
Los oficiales conspiradores ejecutaron la orden de muerte. A las 11 de
la noche Sandino, Umanzor y Estrada fueron abatidos a tiros, con
pistolas ametralladoras. Cuando escucho los disparos, don Gregorio,
padre de Augusto Cesar exclamo “Ya los están matando, siempre será
verdad, que el que se mete a redentor muere crucificado”.
“Después de muerto el cadáver de Sandino fue profanado por el capitán
Gutiérrez, quien exprimió todos lo tiros de su pistola automática sobre
el rostro de la víctima y un capitán Carlos Tellería tomó del pelo el
cadáver, lo arrastró y lo pateó en la cara”, escribió Gregorio Selser.
Durante las décadas de los sesenta y setenta la familia Somoza gobernó
Nicaragua de una manera despótica. Toda persona o agrupación política
que se oponía a la dictadura familiar era encarcelada, tortura y algunas
veces asesinada.
Víctimas del asedio, acoso y persecución de la dictadura fueron, entre
otros, dos hombres que habrían de marcar el destino de Nicaragua en los
últimos treinta años: Pedro Joaquín Chamorro y Carlos Fonseca Amador.
Ambos se convirtieron en enemigos personales de Anastasio Somoza Debayle;
y sufrieron en carne propia la furia de su odio.
Narra Pedro Joaquín Chamorro, en su libro testimonio la “Estirpe
Sangrienta”, que Luis y Anastasio participaban personalmente de los
interrogatorios de los reos políticos, pateándolos, pegándole con puño
abierto o ya sea poniendo el chuzo eléctrico.
Por su parte, Carlos Fonseca en su testimonio “Desde la cárcel yo acuso
a la dictadura”, incrimina a la dictadura de los Somozas de los crímenes
y asesinatos de estudiantes y campesinos en los años sesenta.
El primero en morir en manos de los sicarios de la dictadura fue Carlos
Fonseca, en el año 74. Somoza presentó la cabeza del comandante
sandinista ante la opinión pública con entera satisfacción.
El 10 de Enero de 1978 a las ocho de la mañana, fue asesinado de veinte
disparos en el rostro, cuello y brazos Pedro Joaquín Chamorro. El
director mártir había sido finalmente fulminado por los Somozas.
Las rupturas del sandinismo
Después que los sandinistas triunfaron el 19 de julio de 1979, casi
inmediatamente comenzó la lucha por controlar el poder entre las
diferentes fracciones del frente sandinista.
El más perjudicado en esta lucha interna fue Edén Pastora, al ser poco a
poco marginado de las estructuras de decisión. El 7 de julio de 1981,
Pastora junto a doce hombres que había luchado con él en el frente sur
abandonaron Nicaragua. Después de un tiempo en el exilio el Comandante
Cero organizó un frente de guerra en la frontera norte con Costa Rica,
para luchar a brazo partido contra sus antiguos camaradas.
Ya en el noventa después que el frente Sandinista perdiera las
elecciones surgió otra lucha interna por el poder. Esta vez los
protagonistas principales fueron Daniel Ortega y Sergio Ramírez. En un
inició se llamaron “Por un sandinismo de las Mayorías” y el otro grupo
se denominó “Izquierda democrática sandinista”.
La ruptura definitiva entre estos dos líderes se dio después del
Congreso Extraordinario de mayo de 1994, al ser separado Sergio Ramírez
como jefe de la bancada sandinista en el Parlamento.
La separación de Ramírez agudizó a tal extremo la crisis interna, que el
10 de septiembre de 1994, éste anuncio la creación del Movimiento de
Renovación Sandinista.
Las represiones no se hicieron esperar: Carlos Fernando Chamorro fue
destituido del Diario Barricada, al igual que fueron expulsados de
radioemisoras, televisoras y medios impresos a todos aquellos que
simpatizaban con el MRS.
Alemán y Jarquín:
Una historia sin final
En la década de los ochenta, tanto el ahorra presidente de la República
Dr. Arnoldo Alemán, como el Contralor el Ingeniero Agustín Jarquín
fueron encarcelados por protestar en contra del gobierno sandinista.
Ambos pertenecieron a la coalición de partidos políticos Unión Nacional
Opositora que derroto al Frente Sandinita en las elecciones del noventa.
Sin embargo, su distanciamiento personal se inició poco después de las
elecciones. El ingeniero Agustín Jarquín, daba por hecho que seria el
Alcalde de Managua. No obstante, después de varias maniobras, resulto
ser electo el Dr. Alemán. Este hecho sería el inició de una lucha
personal que se trasladaría a la Presidencia de la República y a la
Contraloría, que por el momento no le miramos el fin.
Paradogicamente, el Ing. Jarquín y doctor Alemán, tienen de aliado
circunstancial a su antiguo enemigo: El Frente Sandinista. El Contralor
cuenta con el respaldo de Daniel Ortega quien ha dicho en diferentes
comparecencias públicas que lo defenderá hasta las últimas consecuencias;
y el Presidente pretende llegar a un acuerdo con el partido rojo y negro
para reformar la Constitución y formar un cuerpo colegiado en la
Contraloría y por consiguiente quitarle proyección política a su antiguo
aliado.
Por el momento la disputa entre estos dos personajes ha alterado la vida
nacional, a tal punto que alguno analistas políticos y empresarios
piensan que afectan profundamente la economía y la vida de nuestro país.
La historia dijo en alguna ocasión Marx, unas veces se repite como
tragedia y otras como comedia, por el momento nadie con certeza en que
terminará este episodio de nuestra vida republicana, pero lo cierto es
que el Libertador Simón Bolívar adolorido y enfermo camino hacia la
muerte dijo: “El no habernos compuesto con Santander, nos ha perdido a
todos”.
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