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COMPARTIENDO AMOR Y SOLIDARIDAD |
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Doctora Josefina Murillo, compartirá con nosotros sus experiencias en el apoyo brindado por el Grupo PAE al hermano pueblo de El Salvador luego del terremoto el 13 de enero del año 2001. Cuáles fueron sus vivencias y cómo se involucra en ir a dar su trabajo solidario a las víctimas?
Somos el Grupo de Apoyo Emocional, Grupo PAE, que hemos trabajado por tres años a partir del huracán MITCH que se dio aquí en Nicaragua. Al darse este terremoto en El Salvador lo primero que hicimos fue pensar cómo ayudábamos. Nos comunicamos con la Reverenda Victoria Cortés y nos pusimos a su para ir a través de la Iglesia Luterana a ese país. Ella se movilizó y se conformaron los equipos de Acción Médica Cristiana, CIET, Grupo PAE e Iglesia Luterana de Nicaragua. En menos de cuatro días se conformó la brigada, iban dos médicos por Acción Médica Cristiana y un Logístico. Por la Iglesia Luterana, el Dr. Juan Ramírez, por el CIET, Marlín Duarte y Violeta Munguía; ambas psicólogas. Por parte del Grupo PAE, Juanita Vázquez, Ninoska Ibarra, las dos sociólogas y yo como doctora en psicología. Llevábamos US$ 30,000 (dólares) en medicamentos donados por Acción Médica Cristiana e Iglesia Luterana, además de víveres. Previamente había acudido a la Embajada salvadoreña y me ofrecí como voluntaria. El cónsul, muy amablemente, me dijo que podíamos contar con transporte y estadía allá para trabajar. Posteriormente la Reverenda Cortés me invitó a sumarnos a su gran brigada multidisciplinaria. Le agradecimos mucho al cónsul salvadoreño, él nos dio cartas aval para entrar y salir de El Salvador con todo lo que lleváramos sin inconvenientes. Nos fuimos en la caravana con una ambulancia equipada para primeros auxilios. También iba con nosotros el Ejército de Nicaragua a brindar su apoyo fue muy
impresionante.
La gente nos recibió con gran alegría, íbamos dispuestos a ayudar en todo. Llegamos a la Iglesia Luterana salvadoreña, nos recibió el Obispo, Dr. Medardo Gómez, la Lic. Vilma Rodríguez y su equipo. Nos ubicaron en un refugio con 800 personas: niños, adultos y tercera edad, todos damnificados, quienes habían perdido absolutamente todo y la Iglesia Luterana los acogió. Lo primero que hicimos fue un diagnóstico rápido de la situación e inmediatamente nos dividimos en grupos de trabajo. Los médicos a atender medicina general, las psicólogas terapias familiares, grupales e individuales y Ninoska Ibarra a trabajar en la organización misma del refugio, eso nos llevó dos días. Al tercer día salimos al campo. El Grupo PAE y Acción Médica Cristiana nos fuimos hacia occidente; la Iglesia Luterana y el CIET fueron a oriente. Llegamos a Santa Elena, San Agustín, lugares que quedaron como tierra arrasada, arrancado todo de raíz. Nosotros íbamos a las comunidades donde las personas estaban en schock profundo. Lo primero que hacíamos era nuestra introducción, nombres, profesión, lugares de origen de cada uno y les explicábamos nuestra misión: darles amor, ayuda material y espiritual, les hacíamos saber lo importantes que eran todos ellos para nosotros, levantándoles la moral y su autoestima, diciéndoles que no estaban solos. Los médicos atendían a través de números. Personalmente les hacía ejercicios corporales, terapias individuales, grupales e individuales, dibujos y demás.
Evidentemente habían muchas crisis de llanto, desesperación, histeria, incredulidad...Ellos decían que si habían pasado bastantes años de guerra, enfermedades, por que ahora un terremoto nacional? Sin embargo hay que destacar el carácter laborioso de los salvadoreños,
inmediatamente todos abocados a limpiar los escombros, reconstruyendo, ayudándose mutuamente en la desgracia, lo que nos impulsaba a dar todo de nosotros en su beneficio. En Santa Elena no quedó ni una casita en pie, nosotras atendimos en la alcaldía alrededor de 150 personas en sólo una mañana. Luego fuimos a otro sitio a hacer nuestra labor y en agrade-cimiento nos convidaron a comer, en aquello derrumbado pusieron una tabla y sirvieron frijoles cocidos con un queso pasado, nosotros compramos gaseosas para todos. Ahí habían muchas personas que habían vivido la guerra y otro tipo de infortunios pero no terremotos, todos daban testimonios pavorosos de lo acontecido, todos manifestaban un trauma tremendo, que indudablemente requerirá de mucho trabajo psicológico y demás para poder superarlo. Algo
impresionante era ver a las multitudes salir a los caminos pidiendo comida, agua, lo que lleváramos. Había peligro porque a veces no podíamos llegar a nuestro destino.
Dra. Murillo, es bueno que usted comparta con los lectores de Páginas Verdes, sobre todo con los Managua, algunos de los cuales vivieron el terremoto del 31 y casi todos el del 72 y a pesar de lo infinitamente destructivo que fueron, no son en absoluto comparables con la destrucción de ciudades, aldeas, caseríos...con el hundimiento masivo de un país como es el terrible caso de El Salvador, cierto?
Efectivamente Ximena, luego del primer terremoto miramos que quedaban algunas ciudades y poblados en pie, si hubo devastación pero nunca comparable con el estado generalizado de ruinas y
derrumbes, de zanjas gigantescas en la tierra provocadas por el segundo terremoto ocurrido el 13 de febrero, exactamente un mes después del primero. Nuestra brigada ya había regresado a Nicaragua, cuando aconteció el segundo y más destructor sismo, aún no nos habíamos repuesto de las extenuantes y prolongadísimas sesiones maratónicas de trabajo, jornadas de hasta 24 horas
continuas, en medio de continuos temblores, horrores compartidos con ellos, cuando nos enteramos de la magnitud de la segunda tragedia. Inmediatamente regresamos a El Salvador, la Iglesia Luterana de Nicaragua y el Grupo PAE, con una ambulancia. Cuando entramos a ese país, la panorámica es aterradora, la nación arrasada completamente, nada en pie, no hallamos nada, los puntos de
referencia desaparecieron y otra cosa es que la tierra bajó en ciertos lugares y en otros subió, surgiendo unas grandes aperturas, inmensas zanjas por las que cabían hasta camiones, la tierra cuarteada, el vehículo tenía que caminar haciendo equilibrio para poder pasar.
Se dieron grandes deslaves en los cerros, Santa Cruz de Amalquito quedó incomunicado, los cerros se bajaron, sólo quedaron tres casitas, el deslave cubrió parte del río que pasa por ahí, el Ilopango, al tapar el río, enterró las casitas, por un lado el deslave y por el otro la inundación y el desborde del río arrasándolo todo a su paso. La desesperación de la gente que decía que la tierra había culebreado bajo sus pies, que serpenteaba, el que estaba de pie caía, se levantaba y volvía a caer, eran momentos de horror! Tuvimos que hacer las terapias sentadas en los palos igualito que aquí con el deslave del Casita. Afirmaban que era el fin del mundo, ya no querían vivir ahí. Ese tipo de traumas se encuentran en cualquier lugar de la parte rural de El Salvador, todo destruido. En un lugar que se cayó la iglesia quedaron los santos intactos, entonces la |
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