Por: Frei Betto
Doy gracias al Señor por la fe que me arrebata y me quema, que calcina
mi espíritu y me hace atravesar las noches de oscuridad, y me ilumina de
relámpagos, y dobla mis rodillas ante el Misterio, y arranca de mis
secos labios susurros orantes.
Gracias al Señor por la mirada tierna de la madre inclinada junto a la
cuna y del padre inflamado de clamores de justicia, y de la familia que
se interroga de cara al futuro, intimidada por las vicisitudes de una
política paralizante, pero sin desalentarse en la lucha ciudadana por
derechos y conquistas.
Gracias al Señor por los navíos que enarbolan banderas en el horizonte
de la utopía y desalojan de sus bodegas la memoria de los excluidos, y
por los cazadores de esperanza que nunca pierden de vista su objetivo, y
por los peregrinos que se niegan a interrumpir sus pasos a cambio de una
estabilidad tan inepta como pájaros disecados.
Doy gracias por el encantamiento de la palabra, por su fuerza creativa,
volcánica, instauradora de odios y de amores, y por su eco inaudible en
los subterráneos de la conciencia, ahí donde el verbo se hace carne
transubstanciándose en espíritu y revelando las profundidades de la
verdad.
Gracias por los que se rehúsan a hacer
guerras y exponen al ridículo la arrogancia de los poderosos, que hacen
inviables el equilibrio de fuerzas, pues saben que la paz es hija de la
justicia y que la política se cura de la locura cuando, convertida en
llave, abre los grilletes que oprimen a los pobres.
Gracias al Señor por el Big Bang y las explosiones solares, las
supernovas que reinauguran la Creación, por los quars centrados en el
misterio de la Trinidad, los fotones que nos traen luz, los teoremas de
Pitágoras, el heliocentrismo de Copérnico, la insumisión de Galileo, la
manzana de Newton y el ascensor del departamento de patentes de Einstein.
Le doy gracias al Señor por quien, desprovisto de tierra, se yergue
lleno de dignidad y se cobija bajo una lona negra para escapar de la
favelización urbana, y desenmascara la ley injusta, la prepotencia del
latifundio y la agresividad bélica de quienes se creen portadores de
escrituras divinas.
Gracias por el silencio de los monjes enclaustrados, por la quietud de
las bibliotecas abaciales, por el tono suave, repetitivo y solemne del
canto gregoriano, la sensualidad de las curvas góticas, la irreverencia
del barroco y la belleza hermafrodita de los ángeles.
Doy gracias por tanta debilidad subyacente a nuestras petulantes
apariencias, por la carencia indignada de nuestra subjetividad, cara
opuesta de la mentira, el soborno y la falsa promesa, y nos hace
alejarnos de nosotros mismos para que, distanciados por hacer lo que no
somos, seamos capaces de comenzar de nuevo.
Señor, gracias por tu amor reflejado en la cara de los dementes, y por
el tamaño inconmensurable de tu perdón para quien dobla su corazón en
súplica, y por tu complicidad con quien rompe leyes y cánones para no
traicionar nunca la propia conciencia.
Gracias por los gobernantes que tratan de quitarse la sed en el pozo
frío de la humildad y no despiden a los pobres con las manos vacías, que
plasman las promesas en compromisos, y toman decisiones, traduciéndolas
en alegrías efectivas.
Doy gracias al Señor por el trazado irregular de la vida, y por tantas
curvas en los afectos, y por las sorpresas diarias que aplacan
desesperanzas, y por las amistades indelebles, y por los encuentros de
inesperadas alegrías, por el peso leve del fardo amado, por el vigor de
los abrazos que sacramentan lazos definitivos, y por la identidad que se
traduce en la limpieza de la mirada.
Gracias por el banco de la plaza y los ancianos entretenidos en juegos
memorables, por la campana que repica en la torre del campanario, por el
heladero asediado por niños, por la joven fea adornada de belleza por un
corazón apasionado, correspondida por el galán hermoso que dio la
espalda a otros rostros que se creían bonitos.
Doy gracias por el chal que abriga a la mujer en la silla del columpio,
acunada de recuerdos, y por la carrera del niño repleto de júbilo al
encuentro del compañero, y por el florero que da color a la ventana, y
por la foto de los abuelos sobre la mesita de noche, y por el vino noble
guardado para una ocasión especial, y por el pan untado de mantequilla
litúrgicamente servido y sorbido en el café con leche.
Gracias, Dios, por la poesía y por la duda, por la matemática y tan
pocas adicciones en una vida de substracciones, por la filosofía y la
estupidez de los escépticos, por los bellos horizontes y las tardes de
rayos y truenos, por los premios y las derrotas, por el éxito y el
fracaso, por lo que se habla y por lo que se calla.
Gracias en fin por la vida y por la muerte, esa señora que nos aguarda
con los brazos abiertos en una esquina de la existencia, pronta a
seducirnos y llevarnos irremediablemente a tu presencia, donde al final
entenderemos por qué todas tus acciones son de gracia.
Traducción de José Luis Burguet. 1-Dic-03