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Freddy Quezada Páginas Verdes |
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“Marshall Mac Luhan (1971), un teórico de la comunicación canadiense, se hizo muy célebre hace algunas décadas por pronosticar que la expansión de los medios de comunicación terminarían uniformando a todo el planeta, algo asi como que todos los seres humanos de alguna manera acabaríamos usando jeans, tomando Coca Cola, comiendo hamburguesas, viendo los mismos programas y utilizando los mismos artefactos” En una suerte de “aldea
global”. Más o menos fue una idea donde planteó que el mundo iba a
sufrir una homogenización en los patrones de producción, distribución y
consumo. Al parecer, según el espíritu
de nuestros tiempos, Mac Luhan sólo obtuvo la mitad de la confirmación
de sus pronósticos o, al menos, no tomó en cuenta los efectos no
deseados de sus profecías. En efecto, estamos
atravesando la llamada “globalización de la economía” y el
envolvimiento fuerte de todo el planeta por redes mediáticas que han
destruido la noción tradicional de espacio. Es una época supersimbólica
(Toffler, 1990:283), como si Baudelaire hubiese estado dos veces entre
nosotros. El mundo ciertamente se ha reducido. Sin embargo, los efectos
esperados de la homogenización no sólo se efectuaron sino que simultáneamente
generaron el fenómeno opuesto conocido hoy como fragmentación. La internacionalización
de los medios, debido al desarrollo pujante de las tecnologías de punta,
paradójicamente estimuló un fuerte proceso de identidad entre distintos
grupos de la sociedad civil. El hecho de saber en el
mundo entero, por medio de las imágenes instantáneas, pongamos por caso,
que un hombre de raza afroamericana es apabullado por tres policías
blancos en una calle de Los Angeles, provoca inmediatamente una reacción
de profunda indignidad étnica en EEUU y en el resto del mundo, hasta el
grado de generar grandes desórdenes y reafirmar la identidad de un grupo
con características propias que reclama justicia. Otro ejemplo, de cara a la
Operación “Tormenta del Desierto”, en la cual el mundo entero fue
testigo de cómo las costumbres de la cultura árabe fueron reafirmadas aún
más, sea através del orgullo que exhibían las mujeres iraquíes con sus
velos, sea a través de la reconfirmación de creencias de su población
en sus textos sagrados. Algo parecido a lo que sucedió en Chiapas, México,
donde la despedida al Tercer Mundo de este país, para pasar al Primero,
terminó siendo devuelta, el mismo día, por el Cuarto. Todavía es menos
advertible, pero no por ello deja de estar presente, la confesión que
hizo a una revista frívola, Donna Summers, la reina de la música Disco,
irónicamente afroamericana también, cuando se quejó de que la música
Rap, con todo lo universal que hoy también es, sin embargo, guarda
fuertes acentos étnicos, a diferencia del género Disco, más bien
despersonalizado y aséptico. En el mismo orden, la modelo mejor pagada
del mundo, Claudia Schiffer, provocó una oleada de indignación en los países
islámicos por presentar en un desfile de modas de París, un traje de
alto escote con un versículo del Corán a la altura de uno de sus senos. Por último, pero no de último,
con el caso de Lorena Bobbit se efectuó una solidaridad étnica de la
comunidad hispana en todos los Estados de EEUU hasta llegar a involucrar
incluso inciativas de Estados latinos con apoyo de redes de mujeres. La
publicidad y sus subproductos acerca del caso (música, afiches, memorias,
biografías, films, reportajes, promociones, productos, etc) no se han
hecho esperar. Samuel Huntington
(1993:16-26), aventuró hace poco la idea de que las futuras guerras serían
“Guerras geoculturales” y que, sin advertirlo él mismo, en ese
sentido los medios de comunicación, inseparables de las nuevas tecnologías,
de hecho su producto, han contribuido antes que a homogenizar los fenómenos,
a diferenciarlos. Esta es la clave
fundamental de nuestra época y el resultado más visible del impacto de
las nuevas tecnologías. Este es el puente que comunica a los dos fenómenos
más opuestos o, al menos, más paradójicos de nuestra época: la
glo-balización por un lado y la fragmentación por el otro. Hay que recordar también
que asistimos al reino no sólo de las diferencias (Derrida, 1989) sino
también de las impurezas (Roca, 1993). En otras palabras, al campo de las
combinaciones, del eclecticismo, para devolver algo de limpieza a esta
expresión tan humillada por los fundamentalismos doctrinarios, donde ya
nada es puro, ni siquiera las categorías conceptuales. Y en este sentido,
Nicaragua, un país mestizo, él mismo impuro per se, es hoy el receptor
de las nuevas tecnologías. Y escenario de las seguras sorpresas que se
pueden generar cuando las tecnologías empiezen a combinarse con las
características productivas, tecnológicas y culturales de nuestro país. El tema en Nicaragua no ha
permitido el espacio suficiente a los espíritus pensantes de nuestro país
para abordar de manera serena, sin los encandilamientos producidos por el
resplandor de las nuevas tecnologías, los efectos producidos en nuestra
estructura mental y socioeconómica por el masivo y desordenado despliegue
de tales avances mediáticos. Uno que otro autor ha abordado la
manifestación del fenómeno en este ámbito o en aquél, pero como campo
específico no hay mucho. Quizás, por ello, la
biblografía nacional sobre el tema sea escasa y muy joven, incluyendo
esta que iniciaremos, a no ser las estrictamente técnicas diseñadas más
para vender el producto que para escudriñar su impacto en la vida social,
o aquellas reseñas apologéticas que lo presentan con propiedades casi mágicas
y de ficción, haciendo estéril el provecho de sus mensajes. Desde 1990, fecha muy
importante por la apertura que significó para las nuevas tecnologías,
Nicaragua no ha dejado de ser literalmente bombardeada por ordenadores,
videos, parabólicas, cables, fax, celulares, redes, etc. y las
implicancias que tal avalancha ha tenido desde todos los puntos de vista,
jurídico, político, económico, cosmovisivo, cultural, etc. Prácticamente
estos cuatro años, que coinciden también con un cambio de gobierno,
ameritan un alto en el camino para refle-xionar y medir de alguna manera
los impactos en el orden social que se han efectuado al amparo de la
inserción de Nicaragua en la llamada “tercera ola” de la humanidad.
Por todo ello, presentamos a continuación veinte hipótesis (diez de carácter
teórico y diez prácticas para el caso Nicaragua) de cara a estimular la
discusión que abra algunas luces con las cuales iluminar un camino
pocamente explorado en nuestro país, pero sospechado como muy rico y
prometedor. Desde 1990, fecha muy importante por la apertura que significó para las nuevas tecnologías, Nicaragua no ha dejado de ser literalmente bombardeada por ordenadores, videos, parabólicas, cables, fax, celulares, redes, etc. y las implicancias que tal avalancha ha tenido desde todos los puntos de vista, jurídico, político, económico, cosmovisivo, cultural, etc. Prácticamente estos cuatro años, que coinciden también con un cambio de gobierno, ameritan un alto en el camino para refle-xionar y medir de alguna manera los impactos en el orden social que se han efectuado al amparo de la inserción de Nicaragua en la llamada “tercera ola” de la humanidad. Por todo ello, presentamos a continuación veinte hipótesis (diez de carácter teórico y diez prácticas para el caso con las cuales iluminar un camino pocamente explorado en nuestro país, pero sospechado como muy rico y prometedor.
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