| Carlos Rodríguez Andrade Páginas Verdes | ||
Dr. Carlos Rodríguez Andrade Segundo Secretario Cónsul de la Embajada del Ecuador. Hace dos años, entre el 24 de abril y el 1º. de mayo de
1998, dos infaustos sucesos acaecidos en Nicaragua conmovieron profundamente al Ecuador y
a toda la comunidad internacional: la muerte trágica de veinte ciudadanos de nacionalidad
ecuatoriana, diecisiete de ellos ahogados en el lago Cocibolca, y tres accidentados en la
carretera León San Isidro, en circunstancias en que eran transportados
ilegalmente, en tránsito hacia los Estados Unidos de América, por los llamados
coyotes. Jamás podré olvidar La Noche Triste del 27 al 28 de abril/98, cuando, en los predios de la hacienda Santa Martha, propiedad del caballero nicaragüense, Don Henry Urcuyo, ubicada en el Departamento de Rivas, a diez kilómetros de la frontera con Costa Rica, procedimos a la inhumación de dieciséis de los ecuatorianos que perecieron ahogados. Fue una larga noche, tiempo al que se llegó luego de intensa jornada de lucha palmo a palmo, para conseguir, incluso, un tractor excavador concedido gentilmente por la empresa privada, máquina que aprovechó el hoyo de una antigua trinchera, a fin de cavar la fosa mortuoria. Fue una noche precedida por momentos de angustia y desesperación, porque las horas pasaban y el avanzado estado de descomposición de los cadáveres esparcidos en la playa del lago amenazaba con un inminente epidemia, razón aducida por las autoridades de Salud para realizar la cremación de los cuerpos. La Misión Diplomática ecuatoriana, a cargo del Embajador Hernán Holguín, se opuso a esta medida. Era importante darles cristiana sepultura para, posteriormente, informar a los familiares dolientes el lugar donde se encontrarían sus seres queridos. Fue una noche de penumbra, no obstante iluminada por la valiosa e incondicional labor de apoyo de los jóvenes voluntarios de la Cruz Roja Departamental de Rivas y de su Presidente, Don José María Vado, así como de los miembros de la Policía Nacional y su Comisionado Ernesto Zamora, trabajo abnegado, digno de encomio, que honra el principio universal de solidaridad y demuestra verdadera vocación de servicio, aún sin disponer de los recursos adecuados para este tipo de contingencia. Fue una Noche Triste, que marcaba cada hora u hora y media al paso lento de la muerte. Así, con este ritmo de amargura y pesar, dos o tres fallecidos fueron trasladados por vez a la fosa común, desde las doce de la noche hasta las siete y treinta de la mañana. Ese día apareció el último infortunado ecuatoriano, a la altura de la hacienda El Limón, propiedad del distinguido empresario Don Ricardo Barrios, unos pocos kilómetros separada de Santa Martha. Sus restos terminaron de ser sepultados minutos ulteriores a la puesta del sol. Recuerdo el momento en que respondí en la Cruz Roja la llamada telefónica que hacía su esposa desde el Ecuador..., tuve que decirle la verdad. Como si este trágico acontecer fuera poco, una semana más tarde el destino siempre incierto deparó la tragedia de la carretera a los migrantes ilegales ecuatorianos, quienes descansan en el cementerio de León, gracias a las gestiones del Ilustre Cabildo leonés. Con el propósito de conocer de cerca este drama, una Comisión Especial del Gobierno Nacional del Ecuador, presidida por el Gobernador de la Provincia del Azuay, llegó a Nicaragua, uno de cuyos integrantes era el Padre Fernando Vega, en representación de Monseñor Alberto Luna Tobar, entonces Arzobispo de la ciudad de Cuenca, desde donde proceden la mayoría de los migrantes. No cabe duda que la asistencia pastoral otorgada por la Iglesia, a través de Monseñor Luna, se ha constituido en un factor de gran valor de cara al fenómeno migratorio. Resulta importante destacar, además, la labor profesional
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