Sobre la Investigación y el Estudio
por Carlos Salinas |
La Investigación y la
necesidad de estudiar a fondo las cosas han sido dos temas que siempre me han perseguido
durante mi vida. Quizá porque nuestra época pide reciclarse sin pausa, o a lo mejor
puede haber influído inconscientemente mi temprana afición al género policíaco
(atracción que nunca he perdido). Con posterioridad, y ya terminados los estudios de
Sociología, me absorbí en complejos y anónimas investigaciones sobre la realidad
social. Un campo donde resulta casi imposible encontrar cosas de provecho si no se cuenta
con apoyos económicos fuertes y duraderos. Viví en carne propia que el problema de los
países económicamente débiles es desinteresarse por las investigaciónes sociológicas
de base; aunque la falta de conocimientos "de primera mano" sobre la rea lidad
social contribuya a mantener el subdesarrollo crónico. La historia de siempre: la
serpiente que se muerde la cola.
Hace muy poco, (gracias a
Jesús Bermejo) el correo electrónico me trajo las reflexiones de Santiago Ramón y Cajal
(1) que leeréis un poco más abajo. Al concluírlas no pude menos que estar de acuerdo, a
la par que lamentarme que sus críticas sigan teniendo vigencia. Hemos adelantado bastante
(comparados con nosotros mismos), pero no lo suficiente. No lo que deseamos. No lo que
necesitamos. Por eso, aunque resulten de lectura algo trabajosa por el estilo y el
voca-bulario de otra época, merecen ser recomendadas. Me atreveré a comentarlas porque
nuestro medio electrónico permite con la simple operación de "cortar" eliminar
mis elucubraciones, permitiendo que brille solitaria la palabra del maestro.
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Perseverancia en el Estudio
Ponderan con razón los
tratadistas de lógica la virtud creadora de la atención; pero insisten poco en una
variedad del atender, que cabría llamar polarización cerebral o atención crónica, esto
es la orientación permanente, durante meses y aun años, dé todas nuestras facultades
hacia un objeto de estudio. Infinitos son los ingenios brillantes que, por carecer de este
atributo, que los franceses designan esprit de suite, se esterilizan en sus meditaciones A
docenas podría yo citar a españoles que, poseyendo un intelecto admirablemente adecuado
para la investigación científica, retíranse desanimados de una cuestión sin haber
medido seriamente sus fuerzas, y acaso en el momento mismo en que la Naturaleza iba a
premiar sus afanes con la revelación ansiosamente esperada. Nuestras aulas y laboratorios
abundan de estas naturalezas tornadizas inquietas, que aman la investigación y se pasan
los días de turbio en turbio ante la retorta o el microscopio; su febril actividad
revélase en el alud de conferencias, folletos y libros, en que prodigan erudición y
talento considerables; fustigan continuamente la turba gárrula de traductores y
teorizantes proclamando la necesidad inexcusable de la observación y el estudio de la
Naturaleza en la Naturaleza misma; y cuando, tras largos años de propaganda y de labor
experimental, se pregunta a los íntimos de tales hombres, a los asiduos del misterioso
cenáculo donde aquéllos ofician de pontificial confiesan ruborosos que la misma fuerza
del talento, la casi imposibilidad de ver en pequeño la extraordinaria amplitud y alcance
de la obra emprendida, han imposibilitado llevar a cabo ningún progreso parcial v
positivo. He aquí el fruto obligado de la flojedad o de la dispersión excesiva de la
atención, así como del pueril alarde enciclopedista inconcebible hoy, en que hasta los
sabios más insignes se especializan y concentran para producir. Pero sobre los vicios de
la voluntad trataremos más adelante
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Esta dispersión que
fustiga Cajal es ahora promovida desde los mismos centros que deberían reducirla. La
necesidad de "publicar" no siempre permite el trabajo sereno y tenaz. Pueden
pasar años (si no décadas) hasta que se encuentre algo interesante digno de ser
conocido. En una investigación seria hay pocas cosas que decir y muchas que contrastar
¿pueden los investigadores hacerlo si tienen que dar señales ciertas de productividad?
La gran diferencia que veo entre nuestros países y los más avanzados es que allí se
apoyan económicamente multitud de investigaciones aparentemente inútiles y prolongadas.
¿Alguien financiaría aquí, por ejemplo, una larga investigación para conocer la
influencia del tango en la política argentina? No creo que un proyecto así llegara
siquiera a ser considerado seriamente. En cambio es mucho más probable que el atrevido
investigador obtuviera esos fondos en alguna remota universidad del medio oeste americano.
¡Ahí está la diferencia! Tiene que existir multitud de investigaciones inverosímiles
para que avance la ciencia en su conjunto.
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Para llevar a feliz
término una indagación científica, una vez conocidos los métodos conducentes al fin,
debemos fijar fuertemente en nuestro espíritu los términos del problema, a fin de
provocar enérgicas corrientes de pensamiento, es decir, asociaciones cada vez más
complejas y precisas entre las imágenes recibidas por la observación y las ideas que
dormitan en nuestro inconsciente; ideas que sólo una concentración vigorosa de nuestras
energías mentales podrá llevar al campo de la conciencia. No basta la atención
expectante, ahincada; es preciso llegar a la preocupación. Importa aprovechar para la
obra todos los momentos lúcidos de nuestro espíritu: ya la meditación que sigue al
descanso prolongado, ya al trabajo mental supraintensivo que sólo da la célula nerviosa
caldeada por la congestión, ora, en fin, la inesperada intuición que brota a menudo,
como la chispa del eslabón, del choque de la discusión científica.
Casi todos los que
desconfían de sus propias fuerzas ignoran el maravilloso poder de la atención
prolongada. Esta especie de polarización cerebral, con relación a una cierta orden de
percepciones, afina el juicio, enriquece nuestra sensibilidad analítica espolea la
imaginación constructiva, y, en fin, condensando toda la luz de la razón en las negruras
del problema, permite descubrir en éste inesperadas y sutiles relaciones. A fuerza de
horas de exposición, una placa fotográfica situada en el foco de un anteojo dirigido al
firmamento llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio más potente es incapaz
de mostrarlos; a fuerza de tiempo y de atención, el intelecto llega a percibir un rayo de
luz en las tinieblas del más abstruso problema.
La comparación precedente
no es del todo exacta. La fotografía astronómica limítase a registrar actos
preexistentes de tenue fulgor; mas en la labor cerebral se da un acto de creación. Parece
como si la representación mental, obstinadamente contemplada, emitiera, al modo de un
amiba, apéndices invasores que, después de crecer en todos sentido y de sufrir
extravíos y detenciones, acabaran por vincularse estrechamente con las ideas afines
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¡"El maravilloso
poder de la atención prolongada"! Totalmente de acuerdo, aunque me acuso del pecado
de la dispersión, del saltamontes intelectual. Las pocas veces que uno se concentra en
algo durante un tiempo prolongado empiezan a verse dibujos y diseños que antes no
estaban. Pero (me pregunto) es esa dispersión que he vivido fruto exclusivamente de mis
genes. Mi respuesta provisional es que no, no parece razonable. Los genes no se ocupan de
estas cosas.
Me inclino por pensar que
la dispersión aumenta con la inestabilidad económica y política. Cuando no existe un
apoyo económico sólido uno tiene que oscilar como una brújula buscando el norte que
permita sobrevivir; y cuándo el go-bierno está usurpado por dictadores... la política
nos busca a pesar de los intereses científicos o intelectuales. No se han hecho (que yo
sepa) investigaciones de cómo la coyuntura social puede torcer muchas vocaciones
personales. Pero no parece inverosímil que así sea. ¿Os imagináis a un joven que,
durante la revolución soviética, se sintiera atraído por el estudio de los escarabajos?
Probablemente no terminaría sus días como entomólogo.
Las anteriores reflexiones
siguen siendo válidas. Más aún, son imprescindibles para quien desee penetrar en algún
campo nuevo. A las viejas formas del "derroche de tiempo" hay que añadir las
que proporcionan los nuevos medios. Las listas, los foros, las áreas de discusión en
Internet pueden llegar a ser no una manera de estimular el intercambio y la investigación
sino un sustituto completo de esa labor. Baste con que uno se deje ganar por la curiosidad
de saber de qué se está hablando en un foro de nombre atractivo... para que nos inunde
una avalancha de cientos de mensajes que tratan todos los temas desde cualquier punto de
vista. Pero hay una trampa. La mayoría, la abrumadora mayoría, el 99,99% de los casos,
tratan esas cuestiones recorriendo carriles conocidos. Es una repetición infinita de
tópicos y trivialidades estandarizadas. El investigador corre el riesgo cierto de perder
su tiempo en la lectura, siempre amena por cierto, de las mismas ideas disfrazadas con
múltiples estilos. Si Freud hubiera estado conectado a los foros de psicología de su
época... difícilmente habría desarrollado el psicoanálisis.
¡Ojo a las facilidades de
la comunicación electrónica! Traerán tantos nuevos e interesantes amigos que ya nos
olvidaremos de aquello que nos preocupaba.
Cajal
prescribe el remedio... sólo queda tomarlo.
La receta es sencilla:
trabajo y concentración. En los momentos de descanso, poca diversión (y de calidad). No
parece mensaje popular para nuestra gente, tan amiga de las verbenas, de pasear por las
noches por los bares de la ciudad charlando amistosamente y sin despreciar un
"ligue" si la ocasión es propicia. ¿Seremos, de por siempre, el paraíso de
los turistas? ¿Habrá que mudarse más al norte para empezar a trabajar en serio?
¿Serán las personas como Cajal mutantes en su propia tierra? Todo parece indicar, me
temo, que los anteriores consejos seguirán siendo válidos al finalizar el siglo XXI.
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En resumen: toda
obra grande es el fruto de la paciencia y de la perseverancia, combinada con una atención
orientarla tenazmente, durante meses y aun años, hacia un objeto particular. Así lo han
confesado sabios ilustres al ser interrogados tocante al secreto de sus creaciones. Newton
declaraba que sólo pensando siempre en la misma cosa había llegado a la soberana ley de
la atracción universal. De Darwin refiere uno de sus hijos que llegó a tal
concentración en el estudio de los hechos biológicos relacionados con el gran principio
de la evolución que se privó durante muchos años y de modo sistemático de toda lectura
y meditación extrañas al blanco de sus pensamientos; en fin: Buffon no vacilaba en decir
que "el genio no es sino la paciencia extremada". Suya es también esta
respuesta a los que le preguntaban cómo había conquistado la gloria: "Pasando
cuarenta años de mi vida inclinada sobre mi escritorio". En conclusión: nadie
ignora que Mayer, el genio descubridor del principio de la conservación y transformación
de la energía consagró a esta concepción toda su vida.
Siendo, pues, cierto de
toda certidumbre que las empresas científicas exigen, más que vigor intelectual,
disciplina severa de la voluntad y perenne subordinación de todas las fuerzas mentales a
un solo objeto de estudio, ¡cuán grande es el daño causado inconscientemente por los
biógrafos de sabios ilustres al achacar las grandes conquistas científicas al genio
antes que al trabajo y la paciencia! ¡Qué más desea la flaca voluntad del estudio o del
profesor que poder cohonestar su pereza con la modesta cuanto desconsoladora confesión de
mediocridad intelectual! De la funesta manía de exaltar sin medida la minerva de los
grandes investigadores, sin parar mientes en el desaliento causado en el lector no están
exentos ni aun biógrafos de tan buen sentido como L. Figuier. En cambio, muchas
auto-biografías, en las que el sabio se presenta al lector de cuerpo entero, con sus
debilidades y pasiones, con sus caídas y aciertos, constituyen excelente tónico moral.
Tras estas lecturas, henchido el ánimo de esperanza, no es raro que el lector exclame:
Anche io sono pittore.
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(1)Santiago Ramón y Cajal: médico español.
1852-1934. En 1889 presentó en Berlín en la Sociedad Anatómica sus trabajos y
descubrimientos sobre el tejido nervioso; demostrando que cada neurona era una célula
indepen-diente y crucial en el funcionamiento del del sistema nervioso. Recibió en 1906
el premio Nobel (compartido con el histólogo G. Golgi) Este documento proviene de
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