|
Alejandro Serrano Caldera Páginas Verdes |
||
La relación entre el intelectual y el poder ha sido un drama, cuando no una tragedia. Sócrates, el fundador de todas las ideas que aun gobiernan el mundo y rigen la vida contemporánea, muere por defender la democracia contra la tiranía y por sostener hasta sus últimas consecuencias una ética que lo lleva a rechazar el plan de fuga que le proponen sus discípulos, según consta en el último y más desgarrador de sus Diálogos recogido por Platón. Platón llamado el divino, es su antítesis. Consejero oficioso de gobernantes, descendiente de una familia de aristócratas y sobrino del más poderoso de los Treinta Tiranos que derrocaron la democracia ateniense, escribe, a nombre de Sócrates, el demócrata, el tratado más autoritario del poder del cual se tenga noticias: República. Las ideas de un Estado cerrado donde cada quién se dedica para siempre a los oficios propios de su clase, estructuradas éstas en forma rígida y sin movilidad horizontal vertical, zapatero a tu zapato, el exilio de los poetas, fabricantes de ilusiones y de paraísos y la abolición del matrimonio, la familia, la patria potestad y de cualquier organización que pudiese, aunque en términos limitados, representar un poder paralelo al del Estado-Ciudad, la Polís, configuraron las fronteras de hierro de este reino hermético y la primer gran apología del poder de la que nuestra civilización tenga noticias. La Edad Media fue la historia de un gran poder el poder de Dios, del que derivan todos los demás. Fue una sociedad teocéntrica signada por la lucha de poderes temporales: la iglesia, la corona y los señores feudales. Esta lucha tiene dos grandes momentos: la consolidación del poder de la Iglesia en la primera parte de la Edad Media y la consolidación del poder del monarca a partir de 1303, cuando Felipe El Hermoso, de Francia, derrota al Papa Bonifacio VIII. La Iglesia fue el primer poder público establecido en la Edad Media. San Agustín en el Siglo IV y Santo Tomas en el siglo XIII son los más grandes intelectuales y exponentes de la Iglesia, sobre, entre otras cosas, la teoría del poder. La Modernidad política se inicia en el Renacimiento con El Príncipe de Nicolás de Maquiavelo, publicado en 1513. Aquí, a diferencia de la visión de los griegos y la del medioevo, la política, más que la búsqueda del bien común, es la búsqueda y al consolidación del poder. La moral del principe es diferente de la del súbdito; para el príncipe la virtud es el poder, perderlo es inmortal; el fin justifica los medios. Esta idea de la política y del poder ha denominado durante casi medio milenio el concepto y la práctica de la política. Las Revoluciones europeas, La Iglesia de 1688 y la Francesa de 1789, así como la de los Estados Unidos de 1776, marcan la ruptura con las ideas del poder de Grecia, Roma, la Edad Media y el Renacimiento. En cierto sentido es un regreso a las ideas de la democracia de Sócrates. El poder no es más absoluto, se establece la separación de poderes, la soberanía popular y el concepto de ciudadanía y de ciudadano que sustituye al del vasallaje y al de súbdito. La democracia es el esfuerzo permanente de limitaciones del poder y de priorización de la persona y del individuo frente al estado. La modernidad poética y artística en general, ha reafirmado en dos grandes movimientos, el Modernismo y el Surrealismo, la ruptura de las fronteras entre idea y realidad, entre sensibilidad y política. Al borrar los muros entre el arte y la vida y hacer de la literatura un programa de la existencia, se han pulverizado las torres de marfil y demolido, o pretendido demoler, los esteticismos, para integrar en una actitud ética y estética el arte y la política, la filosofía y el poder. La historia moderna ha sido desgarradora porque los intelectuales, creadores de universos alternativos y de nuevas opciones de realidad, se han visto inevitablemente enfrentados al poder o cooptados por este. El problema, más allá de las conductas personales es un problema filosófico que atañe a la dicotomía entre la naturaleza del poder y la de la creación intelectual. Para el poder, el poder es un fin en sí mismo, es la herencia autoritaria de Platón y Maquiavelo; para el intelectual, el poder es un medio para poner en práctica el cambio y las nuevas ideas. El poder propone transformaciones cuando no lo es todavía y no las quiere cuando ya existe como tal. El gobernante es un guardián de realidades, que no pocas veces son de ventajas, intereses y beneficios; el intelectual es, o debería ser, un creador de mundos alternativos. De ahí la función crítica esencial a su misión que no siempre se ejercita o por temor, o por comodidad, o por ingenuidad esperanzada de que en el presente los sueños no son posibles, pero que el futuro llegará y ser la tierra prometida. A uno y otro lado, el drama del intelectual ha sido lacerante; recordemos de pasada: la ruptura traumática entre el surrealismo ya el comunismo; el estalinismo y el nazifacismo de Hitler que en el fondo son la misma cosa asesinando las ideas, a los intelectuales, física o moralmente; Neruda y su triste defensa del estalinismo; Borges y su actitud complaciente con las dictaduras militares de Argentina; Octavio Paz y su lucha lúcida contra las dictaduras y los totalitarismos, y al mismo tiempo su coqueteo con el PRI y el poder; Ezra Paund y Martín Heidegger, para mencionar a dos cumbres de la poética y de la filosofía contemporáneas, cooptados por el fascismo. Las revoluciones nos han planteado a los intelectuales situaciones dramáticas, rupturas, resistencias, exilios y apoyos. Cuba, México y Nicaragua merecerían un estudio específico sobre este tema. Voces y Silencios podría ser el título de un ensayo sobre el particular. Concluyo reafirmando que solo la democracia puede permitir el espacio necesario a los intelectuales a su pensamiento y a su palabra; que es necesaria no sólo la presencia de la política , entendida en su mejor sentido como derecho y obligación de todos de participar en la vida del país, en el quehacer de los intelectuales, sino también la presencia del pensamiento, la cultura y la sensibilidad artística en el quehacer político. Ha hecho falta
en Nicaragua, y de manera un Darío de la política. Lo que Rubén hizo en la poética es un ejemplo universal.
La Unidad en la Diversidad que el realizó en su obra debe ser la divisa
del quehacer político el que no debe ser extraño a su canto y visión.
Copyright © 2000. Derechos Reservados Euroamericana S,A |