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Vidaluz Meneses Páginas Verdes |
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Cuando acepté participar en este foro sobre los intelectuales y el poder
y empecé a preparar mi intervención, decidí partir de la obviedad de mi
doble condición de ser mujer e intelectual. Para ello tracé el
itinerario personal que he recorrido con esta reflexión sobre el tema. Una
vez más ratifiqué que mi concepción del mundo parte de la poesía y
que sólo a través de ella he podido llegar a algunas claridades sobre
cosas esenciales en mi vida. Asumo
que en la mayoría de los seres humanos, salvo personas excepcionales,
su primer encuentro con el poder ha sido la experiencia.
El ser superior del reino animal, al nacer, es un absoluto
dependiente de la/el adulto/a omnipotente
que le resuelve sus carencias totales para sobrevivir, a no ser que
invadiendo campos filosóficos y psicológicos interminables
tomemos en cuenta el fortísimo mandato afectivo
que puede contener un excelente alarido de recién nacido (a). No
pretendo con esta introducción irme por la tangente, sabiendo a
qué tipo de poder nos han
convocado a referirnos. Salto
pues a mi adolescencia
en la que, a excepción de mi estricto núcleo familiar
ubicado en el poder militar que sostenía una dictadura férrea,
todo mi entorno era lucha y denuncia contra ese poder autócrata y
represor. El desafío que
me planteaba mi generación y los valores éticos en los me educaba el
colegio cristiano al que asistí lo asumí en primera instancia, remitiéndolo
a la parusía de la fe cristiana, ante
el segundo y definitivo
advenimiento de Cristo, cuando los malvados serían castigados y
triunfaría la justicia al final de los siglos. En
1973 yo escribía:
Sin embargo tú y yo, / Identificándonos en la plática casual,
/ palpándonos número en la auténtica lucha / en que ni carne de cañón
/ ni borregamente enfilados / entonaremos al final /
la verdadera canción de amor de los hermanos. Creo
que si bien ese poema que
dediqué a Pavel hijo de Pelagia, protagonista de la obra “La
madre”, de Maximo Gorki, acusaría una temprana opción por la
izquierda, el peso de la ruptura familiar aún era muy fuerte en mi vida
para optar por lo que en ese momento parecía que estaba llegando
a ser la única opción en Nicaragua: destruir y erradicar las
estructuras de poder vigentes e instaurar la nueva sociedad,
que todos sabíamos que era a través de la lucha armada.
Ese final del poema pues,
en el fondo habla de la parusía, de ese segundo advenimiento de
Cristo ya definitivo, cuando imperaria la justicia. Posiblemente
mi sentido del poder en ese tiempo estaba impregnado de la concepción
teocrática medieval, dada la educación que recibía. Por
otra parte, habría que tomar en cuenta que cuando un joven varón de mi
generación se casaba, no variaba mucho su compromiso político ni su
inquietud por el poder, pero
en una mujer sí. Lo viví en carne propia cuando me casé por la
Iglesia y me correspondió escuchar
“los salmos de rigor: / Que sea hacendosa como Martha /
Prudente como Raquel, /De larga vida y prolífera como Sarah”. El
mandato que recibí no fue el de ir a poseer y dominar
la tierra, sino a trabajarla, a servirle a otros. No fue a tomar
la palabra, sino a guardarla en el fondo de mi corazón y no fue a
reconocer y a gozar mi cuerpo sino a explotarlo como eficiente máquina
reproductora “El
poder se tiene, la autoridad se es”, aseveraba el poeta en esa ocasión. Identificada
de inmediato con esa afirmación que me pareció diáfana
y profunda, fácilmente la empecé a aplicar como un ejercicio a
los seres humanos a mi alrededor: al gobierno, a mis jefes, a familiares
con cargos, etc., los imaginaba con su investidura de poder y despojados
de ella. Así
descubría lo que quedaba de la persona. Por
esa razón me halagó y me
hizo reflexionar la opinión que me planteó mi colega, la poeta Michele
Najlis, cuando en los años noventa le pregunté su opinión sobre si
debía de aceptar la candidatura a Decana de la Facultad de Humanidades
de la Universidad Centroamericana y ella me preguntó -Qué te
va agregar ese cargo? -Pensé
y me dije: mucho trabajo y poco
salario como suele suceder en todos los cargos del campo de la educación
; sería sólo la investidura académica que siempre prestigia un
curriculum, pero realmente debía de meditar si a mi esencia de persona
le iba a agregar algo ese cargo y en ese sentido yo me debía de
aplicar de previo, el ejercicio
que solía hacer con los demás , y que en algunas ocasiones su
resultado fue que quedara lamentablemente
el despojo de la persona . Ya
en estas dos últimas décadas, tuve oportunidad de conocer el
pensamiento de sabias mujeres, quienes a través de sus escritos, me
completaron la información sobre el
verdadero contexto en el que deviene mi
condición de mujer. Teóricos
de nuevo pensamiento como Michel Foucault contemporáneo del método
estructuralista, han nutrido la teoría feminista en construcción. La
doctora Nelly Miranda, en su texto “Teoría sociológica contemporánea”
resume la teoría de Michel Foucault,
quien refiréndose a lo relevante que es el lenguaje, sostiene
que el hombre es un animal que habla y que para definir a la
sociedad hay que estudiar el lenguaje, la manera en que se producen
significados en sociedad, -según Foucault,- el sistema, a través del
lenguaje y de otras formas de control sobre el cuerpo y el espacio,
someten y moldean al hombre. Cada
época histórica tiene su propio epistema, -dice- un discurso
particular que determina la posición de los individuos en sociedad. En
relación a la identidad social, este autor establece
las prácticas divisorias, la clasificación científica y los
procesos subjetivos. Ilustraré
dos de ellas aplicadas a mi
realidad : El poder es todo
aquello que obliga a los hombres a hacer lo que no quieren . Por medio
de las leyes se controla el uso del cuerpo y el espacio. (Por aclaración,
al citar a Foucault, debo de asumir que estoy incluida cuando al
referirse a los seres
humanos, dice “hombres”., pues aún con su contribución al
Feminismo, este notable teórico se ve limitado por el el lenguaje
antropocéntrico), asunto que no es de extrañarse pues Jean Paul Sartre
en sus diálogos con Simone de Beauvior reconoció que era un hombre aún
en proceso de liberarse de
la educación patriarcal. Intuitivamente
en una ocasión yo escribía:
….Todos
los objetos jugando al cero escondido / Y yo, a la gallina ciega,
palpando el mundo, / rodeada de aparente perfección, calles delineadas,
señales precisas. / En
su obra Foucault muestra la manera en que los discursos sobre la vida,
el trabajo y el lenguaje fueron estructurados en disciplinas, que
adquirieron un alto grado de coherencia para forjar y controlar la
identidad de los sujetos sociales. Este
hecho relacionado con el caso de las mujeres es nada menos lo que
provoca invisibilizarnos. De
esa manera es lógico que
yo escribiera: Las
veredas derechas eran falsas / Las izquierdas prohibidas, / Mi cuerpo un
enajenado territorio. / Mi voz, inaudible. / Mi
nombre diluido. Por
tal razón las mujeres
hemos comenzado la maratónica carrera de visibilizarnos, ocupar
espacios de poder en un sistema creado y nombrado por los hombres.
Y lo que en muchas ocasiones resulta cargante para nosotras
mismas es cuando forzamos el lenguaje que no construimos nosotras,
precisamente para visibilizarnos. Felizmente
tenemos noticias de que las altas autoridades encargadas de redactar las
ediciones anuales del Diccionario de la Real Academia Española, han
comisionado para el tercer milenio, a un grupo de mujeres lingüistas
para revisar la edición y salvar las exclusiones, evitar las
discriminaciones y eliminar inclusive alusiones denigrantes para la
mujer, tal es el caso de la referencia “hombre público” que
inmediatamente sugiere un político y “mujer pública”,
obviamente una prostituta. Pasando
a otro ámbito, hemos vivido una experiencia histórica como el período
revolucionario durante el cual se acostumbró un lenguaje que tenía la
intención de contribuir con la igualdad de los/as actores sociales:
compañero y compañera. Se acuñó el término orientación para
suavizar el de orden. En mi
caso, al no estar formada
en el máximo, estos hechos
los interpreté a la luz de mi filosofía
cristiana: el poder como servicio, el poder desligado del
autoritarismo, el poder como motivación y no como mandato.
No obstante, muchas veces se enviaron memorandum, cuyo tono, pese
a las palabras empleadas, eran verdaderas pedradas y la práctica de crítica
y autocríta que podía haber sido un saludable ejercicio para
equilibrar el poder, se frustró. En
conclusión, pienso que haberme adueñado de mi nombre a través de la
literatura, haber forjado
mi identidad y poder
departir en este foro con todos ustedes varones, por ejemplo, es un
logro. Como intelectual me
ubico y tengo mi nombre propio en la sociedad que me ha tocado nacer. Sin
embargo en lo relativo al poder político, un contexto que desde el lenguaje no nos convoca a las
mujeres implica
un verdadero desafío. Entiendo que cuando una mujer asume la
Presidencia, tal fue el caso de doña Violeta Barrios de Chamorro, si
ella firmaba un Decreto como Presidenta, éste quedaba invalidado ya que
el cargo legalmente reconocido
es Presidente –O no es así.? No
es casual entonces, que el seno del Movimiento Nacional de Mujeres
con nuestras colegas centroamericanas estemos reflexionando sobre
otras formas de hacer política y ejercer el poder.
Quizás, si los hombres se deciden como diría Octavio Paz, a
reconocer a su otredad, logremos juntos, hombres y mujeres, gestar otra forma humana del poder que nos incluya a
todas y a todos. Bibliografía: Miranda Miranda, Nelly. Teoría sociológica contemporánea. Managua,
Editorial UCA, 1994.
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