Que el doctor Z es ilustre, elocuente, conquistador;
que su voz es profunda y vibrante al mismo tiempo, y su gesto
avasallador y misterioso, sobre todo después de la publicación de su
obra sobre La plástica de ensueño, quizás podríais negármelo o
aceptármelo con restricción; pero eso nunca, estoy seguro! ¿Cómo
negariais la luz del sol, el aroma de las rosas y las propiedades
narcóticas de ciertos versos? Pues bien; esta salva de doce taponazos
del más legítimo Roederer, en el precioso comedor rococó de ese sibarita
de judio que se llama Lowensteinger, la fil, sobre el cual, por un
capricho de la luz, se veían sobre el cristal de un espejo las llamas de
dos bujías que formaban, no sé cómo, algo así como los cuernos luminosos
de Moisés. El doctor enderezaba hacia mi sus grandes gestos y sus sabias
palabras. Yo había soltado de mis labios, casi siempre silenciosos, una
frase banal cualquiera. Por ejemplo, ésta:
Oh si el tiempo pudiera detenerse!
La mirada que el doctor me dirigió y la clase de sonrisa que decoró su
boca después de oir mi exclamación, confieso que hubiera turbado a
cualquiera.
Caballero – me dijo saboreando el champaña-; si yo no estuviese
completamente desilusionado de la juventud; si no supiese que todos los
que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma,
sin fe, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois
sino máscaras de vida, nada más... si, si no supiese eso, si viese en
vos algo más que un hombre de fin de siglo, os diría que esa frase que
acabáis de pronunciar: “!Oh, si el tiempo pudiera detenerse!”, tiene en
mí la respuesta más satisfactoria.
¡Doctor!
Si, os repito que vuestro escepticismo me impide hablar, como hubiera
hecho en otra ocasión.
Creo –contesté con voz firme y serena- en Dios y su Iglesia. Creo en los
milagros. Creo en lo sobrenatural.
En ese caso, voy a contaros algo que os hará sonreir. Mi narración
espero que os hará pensar.
En el comedor habíamos quedado cuatro convidados, a más de Minna, la
hija del dueño de casa; el periodista Riquet, el abate Pureau, recién
enviado por Hirch, el doctor y yo. A lo lejos oíamos en la alegría de
los salones la palabrería usual de la hora primera del año nuevo: Happy
new year! Happy new year! !Feliz año nuevo!
El doctor continuó:
-¿Quién es el sabio que se atreve a decir esto es así? Nada se sabe.
Ignoramus et ignorabimus. ¿Quién conoce a punto fijo la noción del tiemp?
¿Quién sabe con seguridad lo que es el espacio? Va la ciencia a tanteo,
caminando como una ciega, y juzga a veces que ha vencido cuando logra
advertir un vago reflejo de la luz verdadera. Nadie ha podido desprender
de su círculo uniforme la culebra simbólica. Desde el tres veces más
grande, el Hermes, hasta nuestros días, la mano humana ha podido apenas
alzar una línea del manto que cubre a la eterna Isis. Nada ha logrado
saberse con absoluta seguridad en las tres grandes expresiones de la
Naturaleza: hechos, leyes, principios. Yo que he intentado profundizar
en el inmenso campo del misterio, he perdido casi todas mis ilusiones.
Yo que he sido llamado sabio en Academias ilustres y libros voluminosos;
yo que he consagrado toda mi vida al estudio de la humanidad, sus
orígines y sus fines; yo que he penetrado en la cábala, en el ocultismo
y en la teosofía, que he pasado del plano material del sabio al plano
astral del mágico y al plano espiritual del mago, que sé cómo obraba
Apolonio el Thianense y Paracelso, y que he ayudado en su laboratorio,
en nuesros días, al inglés Crookes; yo que ahondé en el Karma búdhico y
en el misticismo cristiano, y sé al mismo tiempo la ciencia desconocida
de los fakires y la teología de los acerdotes romanos, yo os digo que no
hemos visto los sabios ni un solo rayo de la luz suprema y que la
inmensidad y la eternidad del misterio forman la única y pavorosa verdad.
Y dirigiéndose a mí:
¿Sabeis cuáles son los principios del hombre? Grupa, jiba, linga,
shakira, kama, rupa, mnas, buddhi, atma, es decir: el cuerpo, la fuerza
vital y la esencia espiritual...
Viendo a Minna poner una cara un tanto desolada, me atreví a interrumpir
al doctor:
Me parece que ibais a demostrarnos que el tiempo...
Y bien –dijo-, puesto que no os placen las disertaciones por prólogo,
vamos al cuento que debo contaros, y es el siguiente:
Hace veintitrés años conocí en Buenos Aires a la familia Revall, cuyo
fundador, un excelente caballero francés, ejerció un cargo consular en
tiempo de Rosas. Nuestras casas eran vecinas, era yo joven y entusiasta,
y las tres señoritas Revall hubieran podido hacer competencia a las tres
Gracias. De más está decir que muy pocas chispas fueron necesarias para
encender una hoguera de amor...
Amooor, pronunciaba el sabio obeso, con el pulgar de la diestra metido
en la bolsa de chaleco, y tamborileando sobre su potente abdomen con los
dedos ágiles y regordetes, y continuó:
Puedo confesar francamente que no tenía predilección por ninguna, y que
Luz, Josefina y Amelia ocupaban en mi corazón el mismo lugar. El mismo,
tal vez no; pues los dulces al par que ardientes ojos de Amelia, su
alegre y roja risa, su picard[ia infanti..., dir[e que era ella mi
preferida. Era la menor ; tenía doce años apenas, y yo había pasado de
los treinta. Por tal motivo, y por ser la chicuela de carácter travieso
y jovial, tratábala yo como niña que era, y entre las otras dos repartía
mis miradas incendiarias, mis suspiros, mis apretones de manos y hasta
mis serias promesas de matrimonio, en una, os lo lo confieso, atroz y
culpable bigamia de pasión. ¡Pero la chiquilla Amelia!... Sucedía que,
cuando yo llegaba a la casa, era ella quien primero corría a recibirme,
llena de sonrisas y zalamerías: “¿Y mis bombones?” He aquí la pregunta
sacramental. Yo me sentaba regocijado, después de mis correctos saludos,
y colmaba las manos de la niña de ricos caramelos de rosas y de
deliciosas grajeas de chocolate, los cuales, ella, aplena boca,
saboreaba con una sonora música palatina, lingual y dental!. El porqué
de mi apego a aquella muchachita de vestido a media pierna y de ojos
lindos, no os lo podré explicar; pero es el caso que, cuando por causa
de mis estudios tuve que dejar Buenos Aires, fingí alguna emoción al
despedirme de Luz que me miraba con anchos ojos doloridos y
sentimentales; di un falso apretón de manos a Josefina, que tenía entre
los dientes, por no llorar, un pañuelo de batista, y en la frente de
amelia incrusté un beso, el más puro y el más encendido, el más casto y
el más ardiente ¡qué sé yo! de todos los que he dado en mi vida. Y salí
en un barco para Calcuta, ni más ni menos que como vustro querido y
admirado general Mansilla cuando fue a Oriente, lleno de juventud y de
sonoras y flamantes esterlinas de oro. Iba yo, sediento ya de las
ciencias ocultas, a estudiar entre los mahatmas de la India lo que la
pobre ciencia occidental no puede enseñarnos todavía. La amistad
epistolar que mantenía con madama Blavatsky, habíame abierto ancho campo
en el país de los fakires, y más de un gurú, que conocía mi sed de
saber, se encontraba dispuesto a conducirme por buen camino a la fuente
sagrada de la verdad, y si es cierto que mis labios creyeron saciarse en
sus frescas aguas diamantinas, mi sed no se pudo aplacar. Busqué, busqué
con tesón, lo que mis ojos ansiaban contemplar, el Keherpas de Zoroastro,
el Kalep persa, el Kovei-Khan de la filosofía india, el archoeno de
Paracelso, el limbusz de Swedenborg; oí la palabra de los monjes
budhistas en medio las florestas del Thibet: estudié los diez sephiroth
de la Kabala, desde el que simboliza el espacio sin límites hasta el
que, llamado Malkuth, encierra en principio de la vida. Estudié el
espíritu, el aire, el agua, el fuego, la altura, la profundidad, el
Oriente, el Occidente, el Norte y el Mediodía; y legué casi a comprender
y aún a conocer íntimamente a Satán, Lucifer, Astharot, Beelzebutt,
Asmodeo, Beiphegor, Mabema, Lilith, Adramelch y Baal. En mis ansias de
comprensión; en mi insaciable deseo de sabiuría; cuando juzgaba haber
llegado al logro de mis ambiciones, encontraba los signos de mi
debilidad y las manifestaciones de mi pobreza, y estas ideas, Dios, el
espacio, el tiempo, formaban la más impenetrable bruma delante de mis
pupilas... Viajé por Asia, Africa, Europa y América. Ayudé al coronel
Olcot a fundar la rama teosofica de Nueva York. Y a todo esto –recalcó
de súbito el doctor, mirando fijamente a la rubia Minna- ¿sabéis lo que
es la ciencia y la inmortalidad de todo? ¡Un par de ojos azules... o
negros!
¿Y el fin del cuento? –gimió dulcemente la señorita.
El doctor, más serio que nunca, dijo:
Juro, señores, que lo que estoy refiriendo es de una absoluta verdad.
¿El fin del cuento? Hace apenas una semana he vuelto a la Argentina,
después de veintitrés años de ausencia. He vuelto gordo, bastante gordo,
y calvo como una rodilla; pero en mi corazón he mantenido ardiente el
fuego del amor, la vestal de los solterones. Y, por tanto, lo primero
que hice fue indagar el paradero de la familia Revall. “!Las Revall –me
dijeron-, las del caso de Amelia Revall!” y estas palabas acompañadas
con una especial sonrisa. Llegué a sospechar que la pobre Amelia, la
pobre chiquilla... Y buscando, buscando, di con la casa. Al entrar, fui
recibido por un criado negro y viejo, que llevó mi tarjeta, y me hizo
pasar a una sala donde todo tenía un vago tinte de tristeza. En las
paredes, los espejos estaban cubiertos con velos de luto, y dos grandes
retratos, en los cuales reconocía a las dos hermanas mayores, se miraban
meláncolicos y oscuros sobre el piano. A poco, Luz y Josefina:
¡Oh, amigo mío, oh, amigo mio!
Nada más. Luego, una conversación llena de reticencias y de timideces,
de palabras entrecortadas y de sonrisas de inteligencia tristes, muy
tristes. Por todo lo que logré entender, vine a quedar en que ambas no
se habían casado. En cuanto a Amelia, no me atrevía a preguntar nada...
Quizá mi pregunta llegaría a aquellos pobres seres, como una amarga
ironía, a recordar tal vez una irremediable desgracia y una deshonra...
En esto vi llegar saltando a una niñita, cuyo cuerpo y rostro eran
iguales en todo a los de mi pobre Amelia. Se dirigió a mí, y con su
misma voz exclamó:
¿Y mis bombones?
Yo no hallé que decir.
Las dos hermanas se miraban pálidas, pálidas y movían la cabeza
desoladamente...
Mascullando una despedida y haciendo una zurda genuflexión, salí a la
calle, como perseguido por algún sopolo extraño. Luego lo he sabido todo.
La niña que yo creía fruto de un amor culpables es Amelia, la misma que
yo dejé hace veintitrés años, la cual se ha quedado en la infancia, ha
contenido su carrera vital. Se ha detenido para ella el reloj del Tiempo,
en una hora señalada, ¡quien sabe con qué designio del desconocido
Dios!.
El doctor Z era en este momento todo calvo..
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