Hace muchos años en la comarca Pío XII propiamente
entre Nandasmo y Niquinohomo, vivía un campesino llamado Juan Blás,
campesino muy pobre, quien para subsistir salía por las noches de
cacería para llevar el sustento a su casa, en donde le esperaban siempre
preocupados la Carmela su mujer y sus dos pequeños hijos.
Una de esas noches salió a cazar acompañado de su hermano Manuel Blás,
pues se decía en la comarca que últimamente era peligroso salir de noche
por el tigre y los malos espantos que asolaban la región. Llevaban un
foco para alumbrar el camino y cada uno apretaba en sus manos un machete
curvado bien afilado como única defensa.
Iban concentrados en la búsqueda de una presa con los oídos bien
aguzados para percibir el más leve ruido en la hojarasca, cuando de
pronto al bajar hacia la quebrada se quedaron vieron un bulto oscuro
como del tamaño de un niño de 6 años profundamente dormido sobre una
gran piedra del río. Fueron a ver de qué se trataba y de pronto Manuel
pegó un grito de alarma hacia Juan, diciéndole: ¡ Mirá Juan, es una mona
y por lo grande y fea que es, debe ser la bruja que sale a robar por las
noches y que dejó “ jugados” a mis perros antenoche para que no ladraran.
Matala Juan, matala, ahorita es la oportunidad!. Viéndole la aflicción a
su hermano y conocedor de las fechorías que la bruja hacía a diario en
todas las casas del campesinado e incluso en su propio rancho y Juan no
dudó, levantando su machete para decapitar a la horrible mona que
seguramente venía de robar, pues al lado de la piedra había un saco
lleno de cuajadas, café y hasta huevos que en la carrera del robo se le
habían quebrado, y el saco hedía a suero y chiquí en mal estado.
Seguramente venía desde lejos huyendo y el cansansio y el peso del saco
la habían rendido y se había recostado en la piedra quedándose dormida.
El brazo de Juan armado del filoso machete se levantó en el aire listo
para caer con todo su peso sobre el pescuezo de la mona,...más de
repente, se quedó viéndola con lástima, pues ya comenzaba despertarse y
la vió muy fea, muy vieja y le dió pesar, quién sabe qué más... Todo
esto pasó por su mente en fracción de segundos, y le dijo a Manuel.....
No hombre, no la voy a matar, dejala que se vaya, está muy vieja y
enclenque, ......pobrecita..... y siguieron caminando por la montaña
escuchándose la refunfuñadera de Manuel y una que otra maldición contra
Juan Blás por haber dejado ir a la mona.
Meses después, Juan tuvo una gran fiebre de paludismo que lo hizo caer
en cama por varios días con sus noches y sus hijos y su mujer pasaban
hambre, alimentandose de raíces de yuca que aún quedaban enterradas en
la tierra y de frutas silvestres ya que habían terminado hasta con el
último chilote de la pequeña milpa y con el más flaco pollo que quedaba,
sin que nadie por los alrededores se compadeciera de ellos, puesto que
eran más pobres aún y no tenían nada que darles.
Para colmo de males, la Carmela también se enfermó y el pobre hombre
estaba desesperado y a como pudo salió a cazar de nuevo a la montaña,
sólo para regresar horas más tarde con las manos vacías, pues sin
fuerzas en sus enclenques piernas no podía alcanzar a las escasas presas
que habían en los alrededores del rancho.
¡¡Cual no sería su sorpresa!!, que al llegar al rancho vió varios sacos
que se encontraban arrimados a la puerta: uno lleno de maíz, otro con
café, otro con cuajadas ahumadas envuentas en hojas de plátano; una
cabeza de guineo chanco verdes y maduros, frijolitos tiernos y hasta
cocos amarillos llenos de fresca agua, suficiente comida como para
pasarla sin hambre durante más de una semana... y al entrar con los ojos
desorbitados al rancho a punto de pegar gritos de alegría para contarle
a su mujer y a sus hijos del hallazgo en su puerta, vió a su mujer
sentada en la orilla del humilde camastro, con el rostro sudoroso pero
más tranquilo, bebiéndose pausadamente un tazón de cocimiento muy bien
preparado que la hacía exudar la fiebre maligna, y a sus hijos
adormecidos en sus camastros con las panzitas llenas y sus caritas
tranquilas. Más que con las palabras, los gestos de Juan le preguntaban
a la Carmela quién había sido de tan bueno con todos ellos, a lo que
ella le contestó:
“Como a la hora que usted se fue, y como aún era temprano la puerta
estaba abierta por mucho calor y los niños jugan afuera del rancho y así
pude ver desde mi camastro venir por el camino a tres mujeres
desconocidas cargando grandes motetes en su cabeza ; ellas sin decir
palabra pusieron los sacos en el suelo arrimados a la pared: entraron,
prendieron la lumbre y prepararon comida, dándoles de de comer a los
niños que estaban sorprendidos, hasta verlos llenos y contentos y
dejarlos dormidos. Luego una de ellas que era muy anciana, me preparó un
cocimiento con unas hierbas que ella traía en un saquito y me lo dió de
beber; me alimentó con sopa caliente y me arropó hasta que el mal salió
de mi cuerpo. Con pocas palabras, pues fue la única que habló, me contó
que hace dos semanas atrás usted le había hecho un inmenso favor cuando
ella estaba más desvalida que núnca y que en agradecimiento nos traía
todos estos regalos. y mire Juan,... esa cazuela de barro que ve encima
del fogón, dijo que era para usted solito.
Juan caminó cauteloso hacia el fogón y destapó la cazuela; adentro había
una gallina henchida con verduras, hierbas y condimentos que olían
delicioso y se acordó de lo sucedido 10 días atrás y se dijo para sus
adentros: “ Verdaderamente, todo esto es un favor devuelto con mucha
gratitud”.
Managua, 16 de Septiembre, 1999
Ninozka A. Chacón B.
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