El poeta nicaragüense pasó en Asturias tres veranos
en la primera década del siglo XX, en San Esteban de Pravia, La Arena y
Riberas de Pravia.
José Ignacio
GRACIA NORIEGA
Entre los distintos personajes de diferente época y condición que
visitaron Asturias, figura en lugar destacado el poeta Rubén Darío, no
sólo por su enorme prestigio literario, sino por las páginas afectuosas
que dedicó a nuestra tierra, y también, no las olvidemos, por las
páginas ajenas provocadas por esta estancia asturiana; en primerísimo
lugar las de Azorín. Pero es de justicia destacar el artículo “Rubén
Darío y Asturias”, de Ramón García de Castro, escritor de bien cortada
pluma, poeta pulcro, colaborador frecuente en la prensa e intelectual
erudito y meticuloso, demasiado olvidado (e injustamente olvidado)
después de su muerte, que fue publicado en “Papeles de Son Armadans” No.
CXXXVII-VIII. Más recientemente, por iniciativa del abogado poeta
Heradio González Cano, se recordó a Rubén Darío en los textos
complementarios, fueron recogidos en el volumen misceláneo “Rubén Darío,
siempre”.
Rubén Darío no vino a Asturias como viajero (es decir, a recorrerla de
cabo a rabo, y a relatar sus impresiones sobre ella), sino a descansar.
“Me he venido a un rincón pequeño, solitario, sin más camino que ásperas
rocas, ni más automóviles que los cangrejos, ante el caprichoso
Cantábrico”, escribe desde San Esteban de Pravia.
Fue un turista que se dejó ganar por la belleza de la tierra, de las
ciudades y de los viejos monumentos, y que, a diferencia de los turistas
o veraneantes al uso, que no viajan para ver, sino para que los vean,
según Nietzsche, reparó en mucho de lo que se le presentaba al paso, lo
registró en su memoria y le dedicó páginas notables. Asturias, las cosas
de Asturias, la Catedral, su paisaje, etcétera, ocupan un lugar en la
obra de Darío, quien, en su retiro asturiano no sólo se dedicó a reponer
fuerzas (demasiado afectadas por el exceso de cosmopolitismo), sino a
escribir, que era lo suyo.
Todo el mundo conoce de nombre al gran poeta Rubén Darío. Pero es
posible que muchos no sepan de él más que el nombre. Amablemente, el
poeta acepta contestar a nuestras preguntas y a referirnos algunos
pormenores de su biografía y recordar las impresiones que recibió
durante su permanencia en nuestra tierra. Por ello iniciamos esta
entrevista como ya es habitual en las que yo hago, preguntándole al
entrevistado dónde nació.
-Nací en Metapa, antes Chocoyo, en el departamento de Matagalpa, la
antigua Nueva Segovia, el 18 de enero de 1867. Mis padres eran Manual
García y María Rosa Sarmiento, y mi nombre civil completo es Félix Rubén
García Sarmiento.
-Luego, ¿Rubén Darío es un pseudónimo?
-No. Una de mis tatarabuelos se llamaba Darío y a todos sus
descendientes los conocían en la ciudad de León por “los Daríos”. Mi
propio padre utilizaba el apellido Darío para sus transacciones
comerciales como regente de una tienda de tejidos. En cuanto al nombre
de Félix proviene de mi padrino, el coronel Félix Rodríguez Madregil,
que fue un segundo padre para mí. Entre mis padres se producían con
frecuencia fuertes desavenencia matrimoniales, por lo que se separaron a
los ocho meses de casados. Consecuencia de esto fue que mi madre se
fuera a vivir a Metapa, donde residía su hermana Bernarda, la esposa del
coronel, y que yo naciera allí. Más tarde, mi madre marchó a vivir a San
Marcos de León, en Honduras, y quedó allá definitivamente; yo estuve en
Honduras dos años, hasta que fue a recogerme el coronel Ramírez, y me
llevó a su hogar en León.
-¿Y en León nace usted poeta?
- En efecto, mis primeros versos fueron escritos en las ramas de un
jícaro que había en el patio de la casa de León, que se encontraba
situada en la calle Real, en el lugar conocido como las Cuatro Esquinas,
muy cerca de la plaza donde se encuentra la primera composición poética
con el nombre de Rubén Darío aparece en “El Termómetro”, de la ciudad de
Rivas, y es una elegía inspirada por la muerte de don Pedro Arguello,
titulada “Una lagrima”. Aunque anteriormente había publicado otros
versos con los anagramas de Bruno Erdía y Bernardo I:U:
- O sea, que estuvo experimentado con nombres antes de decidirse por el
de Rubén Darío. ¿Por qué eligió ese?
Había reparado usted en que muy pocos eligen su nombre, sino que la
mayoría lo recibe por azar. Félix Rubén Darío García Sarmiento es nombre
demasiado mudo que la unión de Rubén, mi nombre de pila, con el nombre
de mi tatarabuelo Darío utilizado ahora como patronímico, me sonó bien.
Es un nombre exótico, entre bíblico y persa.
-En cualquier caso, el nombre le trajo suerte, porque le dio a conocer
muy pronto.
- Ya lo creo. Con 14 años ya era conocido en toda Nicaragua. En 1882
inició mi “destino viajero”, aunque el viaje fue corto, a la vecina
república de el Salvador. Pero este viaje me resultó muy provechoso
porque gracias a la métrica de los poetas elásticos. Ambos conocimientos,
a los que permanecí fiel durante toda mi vida, pese a mis innovaciones
métricas, me resultaron sumamente útiles. Por la literatura francesa
empecé a hacerme cosmopolita, pero el conocimiento de la literatura
clásica española impidió que me convirtiera en un “snob”, como si fuera
un argentino que se aboba en París.
Pero no entiendo del todo que usted, que tanto va a París y tanto le
gusta estar allí, y que dedica “Los Cantos de Vida y Esperanza” a
Nicaragua y a la República Argentina, y que escribe el brioso “Canto a
la Argentina”, critique a los argentinos por su afición a París.
-Es que en algunos casos, lo de París, más que afición es vicio. ¿No se
da usted cuenta de que muchas personas no van a Francia, sino a París?
Yo tengo en París conocimientos literarios e infinidad de amigos. Pero
la mayoría de los que van a París, ¿a qué van? A decir que estuvieron a
las orillas del Sena y a dárselas de “snobs”.
- Todavía no hemos llegado a París, Darío. Estamos en El Salvador. ¿Qué
hace después de este primer viaje?
- Retorno a Nicaragua en 1884 y en 1886 marcho a Chile, donde colaboro
en “El Mercurio” de Valparaíso y en “La Época”, de Santiago. Este viaje
tuvo para mí trascendental importancia, por que en Valparaíso y en 1888
público “Azul”, el libro que me abre las puertas de España y de Europa
gracias a la generosa reseña de don Juan Valera. Para un joven poeta
nicaragüense ser reconocido por un escritor del prestigio de Valera, fue
la llave de oro de la fama.
¿Cuándo viaja a España por primera vez?
-En 1982, como secretario de la delegación nicaragüense en las fiestas
del IV Centenario del Descubrimiento de América; años más tarde fui el
primer ministro plenipotenciario de Nicaragua en España, presentando las
cartas credenciales a S. M. Alfonso XIII el 2 de junio de 1908.
-¿Cuando vino a Asturias?
- En Asturias estuve tres veranos en 1905, 1908 (poco después de haber
presentado mis credenciales al rey) y 1909, siempre en los alrededores
del gran río Nalón. Mis localidades asturianas fueron San Esteban de
Pravia. La Arena y Riberas de Pravia.
-¿Cómo vino a dar a Asturias?
-Porque el veraneo en el Norte, en la costa del Cantábrico, gozaba de
gran prestigio entre los intelectuales de Madrid, gracias, en parte a
que la Institución Libre de Enseñanza llevaba a veranear a su colonia
escolar a San Vicente de la Barquera. De la desembocadura del Nalón y de
esa maravilla que es el poblado de pescadores de La Arena me habló con
entusiasmo Ramón Pérez de Ayala, el cual, cuando ya me encontraba yo en
Asturias, me visitó en mi retiro, en compañía de Azorín.
-¿Qué impresión le causó esa zona de Asturias la primera vez que la vio?
- Fabulosa, inenarrable. La ría me pareció más bien un lago y me
impresionó el viejo castillo en ruinas que se ve desde ella. Ma dije:
“Rubén, de aquí sales hecho un Walter Scott”. -Lo mismo se le ocurrió a
Zorrilla cuando vino a Asturias. También pensó en Walter Scott.
-¿Ve usted? Se conoce que los poetas vemos de modo parecido.
- Sin embargo, no todo le pareció maravilloso.
-¡Claro que me pareció maravilloso todo! De mi casa se veía a las
lanchas de los pescadores luchando contra las olas enormes y se
escuchaban los gritos y los rezos angustiados de las mujeres. Yo escribí:
“Yo no puedo mirar eso”. Que me impresionaría la galerna no significa
que no admire su grandeza.
-¿Y qué le pareció Oviedo?
-Gran ciudad. La Catedral me impresionó tanto como la galerna.
-Qué me dice de los asturianos?
- Tengo especial estima hacia Pérez de Ayala y hacia Manuel Fernández
Juncos, a quien conocí allá en América, no alcancé a conocerle
personalmente y bien que lo siento.
Home
|
Conózcanos
|
Tarifas
|
Artículos
|
Entrevistas
| Escribanos
Copyright © 2000. Derechos Reservados
Euroamericana
S,A