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Karlos Navarro |
LA HISTORIA Y LOS VALORES DE LA CULTURA DE PAZ |
En
la actualidad se habla de que la historia debe necesariamente de cumplir una
función social y estar basada en la promoción de los valores de la cultura de
paz, la tolerancia, la solidaridad y paralelamente en la defensa de nuestra
identidad nacional.
Con
este nuevo enfoque, la historia es un re-encuentro, al mismo tiempo una
recuperación de los períodos oscuros de nuestro pasado y de los actores
olvidados, anónimos y silenciados por la historia oficial.
La
historia del siglo pasado, escrita por Ayón y Gámez y su concepción
arrastrada hasta el día de hoy, se
caracterizo por la exclusiva y constante exaltación del carácter épico de las
guerras y de sus héroes y ha contribuido a que la historia y su enseñanza sean
en parte, responsable de la
generación de una cultura de intolerancia, que poco h a favorecido a la
resolución pacífica de los conflictos.
El
hecho de que la historiografía haya destacado unilateralmente el protagonismo
de personajes singulares y sobresalientes, siempre relacionados con el manejo
del poder, ha minimizado, cuando no ocultado, la impronta histórica de múltiples
actores individuales y colectivos que construyeron e hicieron posible – con
sus aportes al orden político, económico, social y cultural - la existencia de
las naciones y, en no pocos casos, la convivencia pacífica.
A
esa exaltación, también en buena medida, ha contribuido el Estado, a través
del manejo y control del imaginario cívico, inclinado a conmemorar los hechos
históricos a través de los símbolos y rituales bélicos.
Sin embargo hay
que entender que la educación
del siglo pasado respondía a la necesidad de garantizar el orden social a través
de la adhesión de las normas dominantes. Este
sistema, en el fondo tenía la misión de trasmitir valores basados en el
respeto a las leyes y la lealtad de la nación, por encima de las pertenencias
culturales regionales; así mismo fomentar una conciencia de unidad nacional e
intereses patrióticos. De esta forma los contenidos en la formación del
ciudadano estaban basado en la exigencia de la nación.
No
obstante, con el nuevo enfoque que se le quiere dar a la historia no se supone
suprimir los períodos de violencia y de anarquía que hemos padecido, sino
explicarlos en su contexto y hacer énfasis en su resolución. Así mismo una de
las prioridades fundamentales es incluir en una nueva visón a las sociedades
indias, que tienen su propia lengua, religión e identidad. De esta manera estaríamos
reconociendo que nuestras sociedades no son mestizas como se ha creído, sino
pluriculturales. Este reconocimiento permitiría ir al encuentro de una sociedad
más justa, democrática y participativa.
Una
historia de este tipo ya no sería un catecismo histórico, sino una historia
para ser pensada y reflexionada; con un lenguaje lleno de vitalidad y no
excesivamente académico.
De
este modo la enseñanza de la historia se transformaría
en un verdadero proceso de aprendizaje, en el cual el alumno, bajo la
orientación del maestro va ha construir su propio saber. Este tipo de
conocimiento histórico serviría para comprender el presente y forjar una
personalidad éticamente comprometida con la sociedad.
Escribir
esta nueva historia es el reto que tiene la sociedad nicaragüense, pero sobre
todo el Ministerio de Educación, los Institutos y facultades de historia de las
distintas universidades y el Ministerio de la familia, pero sin exclusiones ni
sectarismos políticos como lo demanda nuestra época. Como dijo Oscar Wilde en
su ensayo "El crítico como artista", el único deber que tenemos con
la historia es reescribirla.
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