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Karlos Navarro |
LAS PANDILLAS, VIOLENCIA SOCIAL Y LA FAMILIA EN NICARAGUA
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El tema de las pandillas en Nicaragua se ha perfilado como el fenómeno más complejo de los últimos años y se ha llegado a un consenso que para su solución se necesita de un plan nacional que involucre a la sociedad en su conjunto.
El
elevado numero de jóvenes involucrados en está formas de organizaciones y
socialización juvenil, así como su presencia extendida por casi todo el
territorio nacional ha hecho de este fenómeno un problema de seguridad nacional
y el fenómeno más complejo cultural- generacional que el país haya tenido en
su historia.
En
los medios de comunicación e incluso en las investigaciones sociales es normal
que se refieran a estos jóvenes como delincuentes juveniles y por lo tanto la
población al verse amenazada pide a los organismos de seguridad que los
encarcelen o que los reprima coercitivamente, relegándose la posibilidad de
cualquier otra comprensión de la problemática.
No obstante, esta demostrado que ser joven en nuestro país no es una experiencia fácil; en la actualidad la juventud esta condicionada por la pobreza en la que la gran mayoría crece, por el debilitamiento de la familia como instancia socializadora, por la falta de oportunidad para el empleo, educación y de referentes (paradigmas) sólidos; así como por la cultura de la violencia que se fomenta a través de los medios de comunicación y producto de la herencia del conflicto armado que vivió el país durante una década.
Diferentes investigaciones han llegado
a la conclusión que las pandillas, al igual que los problemas de la juventud
están directamente relacionados con la miseria, la pobreza y la falta de
espacios políticos-culturales para que se desarrolle la juventud. Por la misma
pobreza no puede tener acceso a una educación mejor, a la recreación sana o
algún tipo de trabajo que lo haga sentirse útil socialmente y que le ayude a
realizar sus fantasías como adolescentes.
En este caso, los jóvenes descubren en las pandillas la oportunidad para
reconstruir su identidad social debilitada. En las pandillas los jóvenes son
alguien; son reconocidos, aunque se sabe que este reconocimiento es adverso a él
mismo. De esta forma se hace patente que las pandillas representan para los jóvenes
una forma de reacción y reproducción de la violencia a la que la sociedad
enfrenta.
En
definitiva, la violencia que caracteriza a los grupos de pandillas es una
expresión de la violencia que se generan en la sociedad; y aparece como
resultado de un proceso que lleva a los niños, niñas y adolescentes a
utilizarla de manera privilegiada en las relaciones que establecen, dándole de
esta forma continuidad al círculo de la violencia.
Los jóvenes organizados en pandillas canalizan esta violencia de diferentes
maneras: hacia sí mismos, en forma de conductas autoagresivas – drogadicción,
exposición directa de sus vidas en enfrentamientos con pandillas rivales, uso
de tatuajes; hacia el interior de su propio grupo, a través de la dinámica que
se desarrolla entre sus miembros, y en las relaciones con otros grupos de
pandillas rivales, con quienes se establece un círculo vicioso de agresión,
venganza y represión.
Sin
embargo, si analizamos seriamente la situación de los jóvenes nos percatamos
que es necesario formular nuevas estrategias de abordaje que surjan de la
comprensión de la complejidad del fenómeno y que se encaminen a superar las
concepciones que buscan las causas en el comportamiento individual de los jóvenes.
Para lograr esta nueva visión se requiere de una reflexión que integre
la globalidad del contexto social, cultural, económico, urbanístico en el que
los jóvenes se desarrollan, así como revisar la historia en que creció esta
generación de muchachos y muchachas, valorar aspectos coyunturales y considerar
la relación entre los jóvenes y la comunidad.
Para poder darle respuesta a esta compleja problemática de las pandillas juveniles es imprescindible partir de comprender y aceptar que se trata de un problema verdaderamente difícil, arraigado en la crisis de valores y que para abordarlo se requiere de la participación comprometida de todos los sectores de la sociedad
Es
importante, como primer paso que organismo gubernamentales como el Ministerio de
la Familia, Educación, y Acción Social asuman su rol de rector y conductor de
un proceso concertado que lleve al diseño de implementación de políticas públicas
en beneficio de la niñez, adolescencia y familias del país. Estas políticas
deberán dar elevada prioridad a los planes y programas basados en la protección
integral de todos los niños, niñas y adolescentes, trascendiendo las
intervenciones dirigidas a grupos específicos de riesgo, y orientarse a
responder a sus necesidades y vulnerabilidad psico-social.
Sin embargo, hay que estar claro que ninguna organización individual o
iniciativa aislada podrá ofrecer una solución completa a la problemática, de
tal forma que será necesario concretar las políticas en un plan nacional que
involucre a la sociedad en su conjunto: organismos gubernamentales, no
gubernamentales, empresa privada, gremiales, medios de comunicación social,
iglesias, agencias de cooperación, universidades, comunidad y los propios jóvenes
para superar este mal endémico de la sociedad.
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